No te miento, tengo miedo. Tengo mucho miedo a que las cosas salgan mal. A que todo lo que construyamos no sirva para nada. El miedo es una mano helada recorriendo mi espina dorsal cuando menos lo espero. El miedo atenaza mis sentidos y me hace mirar sin ver. No logro ver con claridad. La nitidez huye de mis ojos para difuminar el paisaje. Un paisaje que se estrecha. Tengo visión túnel. El miedo hace que una brisa sobre mi piel sea un aliento tumefacto. Tengo miedo. Mucho. De verdad. No hay que negar la evidencia. Uno no es más duro por negar que siente miedo. El valiente es el que, conociendo el miedo, lo afronta y, a veces, lo vence. El cobarde, en cambio, es el que nunca ha vencido a sus miedos. Tengo miedo, sí. Pero quiero pasarlo contigo. Te doy la mano. La otra mano la aferra mi hijo. Miro al frente y el blanco pasillo se alarga hasta el infinito. Tomo aire y camino. Con vosotros. Contigo.

“Contigo el miedo se va agrietando. Destruyendo. Dividiendo. Se disipa. Se diluye”

Contigo el miedo es menos. Se va alejando. Ese aliento gélido se va calentando y se convierte en una hermosa brisa marina que trae los ecos de tiempos mejores. El paisaje va volviéndose nítido a medida que te acercas y el horizonte brilla con tu sonrisa. La niebla se disipa. Contigo el miedo se va agrietando. Destruyendo. Dividiendo. Se disipa. Se diluye. Verdes plantas y flores coloridas con maravillosos aromas pueblan nuestro alrededor. El sol bañando nuestra piel arropa el frío y acaba con la última voluta de miedo. La sonrisa queda prendida en nuestros labios. Un “te quiero” flota entre nosotros. Ese beso maravilloso que es un interruptor para mis sentidos. Contigo un amanecer es tener otro día por delante en que cumplir los sueños o, al menos, que no te importe ser incapaz de cumplir alguno. Pero contigo. Todo contigo. Vivir contigo. Con vosotros.

Contigo la alegría siempre es inconmensurable. Es esa estrella fugaz que alcanzas y te lleva en volandas a recorrer mundo. La alegría complementa cada rincón de nuestra existencia. Contigo la alegría se multiplica. Se convierte en miríadas de brillantes ecos de una sonrisa. Siempre. Se agranda. Aumenta. Se yergue entre nuestros miedos y nosotros como el escudo de San Jorge entre su cuerpo y la llama del dragón. Los enfrenta. Los arrincona. Hace que se alejen y, finalmente, los vence. Haciendo que se vayan para siempre. La alegría siempre hace huir tus miedos. Cuando sientas que tu cuerpo se atenaza por el miedo, sonríe. Intenta sonreír. Esa sonrisa es como una llamarada en un túnel oscuro. Todo lo ilumina por un instante. La alegría es el mayor enemigo del miedo. Como la luz lo es de la oscuridad. En una casa alegre nunca hay miedo. Y, de haberlo, se afronta con una sonrisa. Es difícil. Lo sé. Vaya si lo sé. Pero, cuando el tono de mis paredes se va coloreando en tonos grises, te miro. Huyo hacia ti. Me acerco a tus labios. Sonrío. Sonríes. Nos besamos. El miedo desaparece.

“Contigo la vida crece. Se expande. Como la planta mágica que llega hasta el cielo. Llegas a lo sublime”

Contigo la vida crece. Se expande. Como la planta mágica que llega hasta el cielo. Llegas a lo sublime. A lo magnánimo. Haces vida. Porque diste vida al fruto de nuestro amor. Milagro. Eso es un milagro. Hiciste una obra magnífica. Los dioses te envidian. Empequeñecen. Nos envidian. Miramos de tú a tú a cada uno de ellos. Sentimos el universo como si fuese el patio de nuestra casa. Si intentan jugarnos una mala pasada, sonreímos. Una sonrisa que los desarma y los vence. Tenemos al niño. Su risa es la misma vida. Contigo y con el niño la vida se hace mucho más vida. La luz brilla más. El calor nos mece y nos sosiega. El viento apaga nuestras llamaradas iracundas. El llanto no tiene cabida. Porque, contigo (con vosotros), la vida asciende a la enésima potencia. Mi vida crece. Tú la haces más vida.

Así, de la mano, vamos los tres juntos por ese pasillo blanco. Afrontamos el miedo. Sentimos el viento helador en nuestro rostro. Las paredes blancas van perdiendo nitidez. Su luz disminuye. La boca se nos seca. Miramos nuestros pies. Cuesta andar. Apretamos los dientes. Tragamos saliva. La vida es luchar. Transitar ese camino difícil. Mirarnos. Nos miramos a los ojos y nos abrazamos. Nos besamos. No por miedo, ni para despedir nada, por amor. Por puro amor. Sentir amor de verdad hace que todo cobre sentido. Miramos alrededor y todo lo que era un paisaje terrorífico deviene en un inocente pasillo con una hermosa luz y preciosos cuadros en sus paredes. El amor todo lo puede. Por amor, el miedo se divide, la alegría se multiplica y la vida se eleva a la enésima potencia.

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