Al final ella tenía razón y tenía que ser menos cabezota. Imposible entonces. No tenía nada mejor a lo que abrazarme: era o yo o el vacío y nunca he sido un suicida.

Todos creemos en lo mas profundo que los demás son tontos. Los demás son los que no nos dan la razón, claro. O a los que no se la damos nosotros. ¿Si no para qué vamos a hacer lo que hacemos y no otra cosa?

Escribía el fin de semana pasado un artículo precioso Lorena G. Maldonado en El Español sobre la ausencia y la sobra de palabras. No se cuantas veces me he quedado callado esperando no cagarla, esperando que lo que pudiera hacer o pensar sería mucho mas importante que lo que podría decir. Al final me llamaban reservado y yo pensaba que estaba hablando de más. A veces, sorpresa, hace falta hablar.

Nunca sabes quién está esperando qué, ni cuándo.

Igual que parece que, poco a poco, estoy aprendiendo a hablar, quiero creer que poco a poco estoy empezando a hacer caso. A dejar de ser la única persona a la que escucho, a no permitir que un mal sueño estropee los días que nos quedan. O lo que es peor, que disminuya el número de noches.

Por eso, por fin, muchos años después de haber visto la película y de haber aconsejado hipócritamente a mis seres queridos como Mariel Hemingway a Woody Allen en Manhattan, puedo decir que estoy aprendiendo. Y no lo digo de otra forma que como alguien que prueba las drogas por primera vez o como alguien que se quita para siempre. “You need to have more faith in people”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here