Tendemos a etiquetar todo para definirlo. Libros, películas, obras de arte, periódicos, opiniones, creencias, ideologías y, por supuesto, personas. De este modo colocamos un chip en nuestro cerebro que nos señale si la persona que tenemos delante es buena o mala. Para saber si es de nuestro círculo. De nuestra misma opinión. De nuestra chupipandi. De los nuestros. Si pertenece a nuestro grupo. Para satisfacer nuestra necesidad de pertenencia a una tribu.

Si la justicia se representa con una balanza, lo más justo será que ambos platillos estén con el mismo peso. Equilibrados. A la misma altura. Para lo cual llenaremos con los mismos privilegios y valores en uno y otro platillo. En eso es en lo que se basa la igualdad. En mantener el equilibrio de la balanza. Pues para que uno avance no debe retroceder el otro. Igualar no es eso. Igualar es poner más peso en el platillo que está desequilibrado por su ligereza y no en quitar del más pesado. Igualaríamos restando y eso no es favorecer a todos sino favorecer a unos en detrimento de otros. Nadie debe dar un paso atrás para que otro lo alcance, sino favorecer que el que está más atrás llegue. Así equilibraremos la balanza de manera más positiva.

Mirar el mundo de este modo es una cuestión de educación. En nuestras familias siempre nos hablaron de personas. Sin diferenciar en nada. Nunca hablaron de rojos, verdes, rosas o azules, tan solo hablaban de personas. Creemos que esa es la manera de educar en que todos somos iguales. Es un error, por lo tanto, querer dar la vuelta a la tortilla, sin más, lo que estaba arriba ponerlo abajo y ya está el problema de la injusticia previa solucionado. Es un error porque se traslada el problema y no se avanza en su solución. Hay que favorecer que se recorten las diferencias sin menoscabo de nadie. Menoscabar, en el contexto en que lo hemos puesto, se refiere a que no hay que frenar el impulso de unos para que los otros lleguen a su altura, facilitando que se equilibre así la balanza. Lo que hay que hacer es impulsar al desfavorecido para conseguir que lleguen ambos a la misma altura y vayan los platillos equilibrados y todos de la mano.

En el momento en que para hablar de cualquier problema dejemos de pensar en términos sexuales, raciales, religiosos y políticos hablaremos en términos puramente humanos. Hablaremos de personas. De todos por igual con independencia de tendencias, credos, gustos e ideas. De personas sin más. No de heterosexuales, gays, lesbianas, transexuales, negros, chinos, gitanos, católicos, musulmanes, rojos, fachas, etc. Únicamente de personas. Así es como entendemos que debe ser la igualdad. Ese valor democrático tan denostado y manoseado por unos y otros lograría, al fin, recuperar su esencia.

El problema es que sabemos que nosotros estamos diseñados para sentir y actuar de acuerdo a esos sentimientos. Estamos llenos de filias y fobias y será imposible que dotemos del significado aquí propuesto a los términos igualdad y justicia. Es ideal y utópico. Prácticamente imposible de aplicar en nuestro devenir. Ahora bien, esta es la manera en que entendemos que la Administración debe fomentar y practicar la igualdad y la justicia. Abarcando a todos. La sociedad la componemos todo tipo de personas y la hacemos funcionar entre todos. Por lo tanto, la Administración no debe tener prioridades, sino mirar a todos por igual. No olvidemos que su labor es servirnos a todos y no, cómo pasa ahora, tenernos secuestrados pagando su rescate en forma de impuestos ineludibles para su propio beneficio. Reparten algunas migajas cuando se acuerdan de nosotros que suele coincidir en periodo electoral, porque necesitan de nuestro voto para subsistir. Olvidando favorecer el bien común. Su peor error ha sido olvidar que su misión es poner al ser humano en el centro de toda decisión y medida a aplicar. Descubrir las incógnitas de cada ecuación que se les presente para obtener el mayor beneficio para todos. Despejar la X y que esa X seamos todos y cada uno de los ciudadanos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here