El pasado día tres de noviembre por la mañana mirando en las redes sociales vi un vídeo que me sorprendió. Se trataba de la recreación del fallecimiento de una neurona. Si tienen la opción de verlo, háganlo, es profundamente inspirador. A veces, únicamente por mera observación, la naturaleza nos muestra estas escenas. Unas pinceladas llenas de un contenido embriagador y que nos permite aprender mucho acerca de nosotros mismos. Son escenas ordinarias y concisas. Estoy hablando de una escena que muestra la muerte de una neurona. En ella se puede ver cómo una figura que pareciera un huevo estrellado en el suelo se va contrayendo paulatina y dolorosamente. En una agónica lucha va consumiéndose. Mientras continúa rodando sobre sí misma. Achicándose. Enroscándose. Profiriendo un grito silencioso y mortal mientras sigue haciéndose más y más pequeña. Consumiéndose. Llevando su mínima existencia hacia un propio yo cada vez más básico y nuclear. Sufriendo mientras reduce su contorno. Fagocitándose. Gritando. Encerrándose en sí misma.

En una simple analogía nos vi a nosotros como sociedad representados en la muerte de esa pequeña célula. Agonizantes mientras vamos haciendo nuestro círculo menor. Contrayendo nuestra existencia en torno a una pantalla de ordenador o teléfono móvil. Rodando sobre nosotros mismos mientras nos revolcamos en nuestra existencia. Luchando a brazo partido con otros círculos mínimos por una millonésima parte de un pastel ínfimo. Sufriendo por cada “me gusta” recibido por otros mientras a nosotros no nos llega el nuestro. Llevando nuestra mínima existencia a una realidad cada vez más cerrada y oscura. Cada vez más íntima y solitaria. Menos social y, por lo tanto, menos comunitaria. Profiriendo victoriosos gritos virtuales y salvajes insultos también electrógenos. Compartiendo y departiendo con un grupo de amigos imaginarios de los que no sabemos más que su perfil y que nos siguen o seguimos. Fagocitando nuestro entorno. Gritando en nuestro cubil. Silenciando nuestra conciencia en lo más abajo del timeline. Estableciendo parcelas concéntricas alrededor de nuestro ombligo.

Somos una sociedad tan narcisista, o hemos pasado a serlo, que nuestros álbumes de fotos, virtuales por supuesto, están llenos de selfies. En su mayor parte lo componen este tipo de fotografías. En lugar de paisajes o encuadres de un grupo de personas a las puertas de un edificio o monumento histórico. Todas las fotos son iguales: dos cabezones, más o menos sonrientes, delante de algo que no podemos descifrar qué es. Aunque, en el mejor de los casos, quizá se trate de un grupo de personas. Cambiando, de este modo, dentro de las fotos que componen el álbum, las personas que componen el grupo y el escenario, pero las fotografías son las mismas. Solo sabes si se trata de Dubrovnik 2016 o Milán 2017 porque está rotulado al lado de las autofotos. Porque lo único que nos importa, y cada vez más, es nuestro propio yo. Son esos círculos concéntricos dibujados más o menos nítidamente alrededor de nuestros ombligos. Círculos que, cuánto más cerca del ombligo están, menor será la distancia entre ellos.

Además, de un modo más paradójico aún, si cabe, la protagonista de la escena antedicha era una neurona ¿ven el chiste? ¡Una neurona! Quizá sea un chiste sarcástico y duro. Provocando una risa triste y cruel en quien lo entiende y le hace gracia. Tal vez una sonrisa malintencionada en quien lo entiende y se ve reflejado o ve a algún conocido reflejado en ese chiste. Pero, en cualquier caso, se trata de un mal chiste. Un chiste que muestra una realidad distópica y terrorífica. Un chiste malhadado que trata de un futuro que mi pretérito yo, veinteañero y soñador, no había previsto en modo alguno. Un chiste que nos muestra cómo la muerte de una neurona predice la muerte de una sociedad. Tengamos en cuenta que una sociedad no es más que la multiplicación de neuronas viviendo juntas y en comunidad. Dando como resultado un número de neuronas incontable y abrumador que se asocian entre sí. Pero la visión de esta sociedad que ha dejado de expandirse me recuerda la muerte de esa neurona. Una sociedad que está retorciéndose en sí misma. Autofagocitándose y agonizando. Consumiéndose. Llevando su mínima existencia hacia un propio yo cada vez más básico y nuclear. Sufriendo mientras reduce su contorno. Fagocitándose. Gritando. Encerrándose en sí misma.

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