Veo por todas partes caras crispadas por el odio que nos rodea. Han ganado, es el primer pensamiento que me trae esa visión, han ganado. Los políticos, con sus vómitos de odio, han ganado la partida a una población que ya dijo en la transición que las aristas se tenían que limar para poder acercarnos unos a otros; que las brechas había que cerrarlas con perdón y diálogo. Ahora no, ahora nos hemos olvidado de dónde venimos, de lo que dijimos y de lo que pensamos. Lo que gusta a los políticos es tenernos anestesiados creando a nuestro alrededor un escenario en el que nos suministran pequeñas dosis de felicidad inmediata y enlatada. Una felicidad que nos hace sentarnos cada vez que digan: “¡seat down, Manolito!” Nos amaestran con consignas facilonas. Esas consignas hacen que nos encerremos en una pecera redonda que nos ponemos en la cabeza. Pecera en la que solo caben los nuestros. Pecera en la que rechazamos a los que no lo son. Así, animados por los políticos, estrechamos nuestra pecera cada vez más. Una estrechez que nos hace mirar con odio al diferente. Veo odio, sí, y me imagino a mucha gente frotándose las manos. Se frotan las manos mirando con una sonrisa malévola, porque estrechando nuestra pecera consiguen que focalicemos el odio en la dirección deseada. Haciendo que nos hayamos olvidado de los desmanes que hicieron. Desmanes como el caso tres percent, Gürtel, Palau, Eres, o la puñetera madre que los parió, porque aquí nos roban todos mientras nos distraen con odios infundados. ¿Dónde está la galletita, Manolito?

Nos lanzan consignas y aplaudimos como focas en el zoo. Se lo perdonamos todo porque son de los nuestros. Es decir, de los que molan; de los que molamos. Están dentro de nuestra pecera. Por cierto, ¿se han fijado lo mal que huelen los de la pecera de enfrente? Así, poco a poco, hemos ido ensanchando las grietas que antaño intentamos soldar. El objetivo de quienes manejan nuestra conciencia es agrandar esas grietas. Porque les gusta mucho hurgar en la diferencia. Su caladero de votos se sitúa precisamente en esa diferencia. Nos hacen creernos mejores que el de enfrente. Cuánto mayor sea la diferencia, mejores seremos nosotros porque ellos son malísimos. Eso es lo que les gusta a los políticos que tenemos. Porque son tan incapaces de, como dijo Unamuno, convencer usando el arte de persuadir, han idiotizado a la sociedad para que sea más fácil de adiestrar. Nos han idiotizado con las nefastas políticas educativas con que nos han obsequiado. Haciendo una sociedad adoctrinada e idiota. De este modo, somos incapaces de criticar su discurso, un discurso nada profundo y con un contenido escaso pero que apela a nuestra diferencia. Un discurso que nos lanzan estos políticos incapaces y obtusos que tenemos. Que son la peor generación de políticos que ha tenido nuestro país en toda su triste historia.

Vamos a ver si nos enteramos. Los políticos no son más que empleados de la ciudadanía, es decir, que son nuestros empleados. Los de todos. Unos empleados a los que hemos puesto ahí para que solucionen problemas. Para que consigan llegar a acuerdos. Para que consigan, con las políticas con que nos convencieron y que prometieron llevar a cabo, hacer que nuestro escenario vital sea más cómodo. Para eso elegimos que se pongan en la poltrona. No para ir a conciertos en Falcon, ni decir hoy A y mañana B ni tampoco para que hagan amnistías fiscales a sus amiguetes, mientras nos fríen con medidas absurdas. Si yo soy incapaz en mi puesto de trabajo, me echan a la calle. Pero, claro, como nos tienen metiditos en nuestras peceras para que no pensemos más que en las consignas que nos lanzan, si yo digo que este es malo el de enfrente, indefectiblemente, dirá que es bueno. Por lo tanto, no podremos jamás mandarlos a tomar por saco como se merecerían. En España, además, se da la circunstancia de que, si critico a un político, automáticamente me cambian la pecera, porque consideran que cada una son compartimentos estancos y, si pertenezco a un grupo, no me puede hacer reír un payaso, ni me puede gustar lo que diga un actor, escritor, una película o un filósofo que ideológicamente esté posicionado en la acera de enfrente. Lo de ser librepensador en un país en el que hay que etiquetar todo y poner fronteras a todo, no gusta. De modo que el único afán de nuestros políticos es alentar la diferencia. Hacernos ver lo mal que huele el de enfrente y lo que molamos nosotros. Sin solucionar problemas, pues ellos están siendo, de hecho, el problema.

Ahí estamos nosotros. Estúpidos adoctrinados. Somos tan imbéciles que nos dejamos engañar por tipos que viven de lanzarnos consignas como quien lanza la galletita a la mascota de turno. Para que deje de ladrar y molestar. Nos creemos las patrañas que nos dicen por ignorancia. Siempre he dicho que la ignorancia es, de hecho, el pecado capital español. Ahora bien, el otro día, hablando con mi amigo César Alfredo, me mostró que no debía olvidarme de la pereza. Si lo pensamos fríamente, la pereza es otro de nuestros pecados capitales. Somos el país cainita que somos por nuestra pereza, nuestra ignorancia y nuestra proverbial envidia. Pues bien, por pereza, dejamos que se ponga en la poltrona el político imbécil. Por pereza no hacemos el esfuerzo necesario para quitarlo de ahí y poner a alguien capaz. Por pereza también nos vamos encerrando en nuestro círculo de redes sociales y nuestra vorágine vital. Un círculo que solo está habitado por gente de nuestra cuerda, que piensa como nosotros. Es mucho más fácil vivir así, sin discutir, sin disentir. Alimentando nuestro ego con me gustas y retuits. Así, poco a poco, vamos creando en nuestro entorno una uniformidad de pensamiento, de credo, de gusto artístico en el más amplio sentido de la palabra y de ideología. Una uniformidad que rechaza todo lo distinto. Un rechazo que es lo que nos hace mirar al de al lado con cara de odio, como estamos viendo estos días.

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