La abuela le dijo a su vecina que el nieto leía mucho mientras acariciaba la cabeza de su nieto. Le dijo que le encantaba leer. De hecho, el nieto siempre andaba enfrascado en la lectura de tebeos de Astérix, Tintín, Corto Maltés, El guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Purk el hombre de piedra, Mafalda, Mortadelo y tantos otros. La vecina los miró sonrientes y asintió. La abuela abrió la puerta de la casa y entraron los dos. El nieto se sentó en la mecedora que había al fondo del pasillo a la derecha, justo debajo del carillón y a un lado de la terraza. Siempre absorto en sus lecturas, siempre disfrutando de las aventuras de sus héroes.

Después de comer, la abuela le dijo al nieto que se echara la siesta. Pero él tenía otros planes. Se tumbó en la cama y siguió leyendo el tebeo que tenía entre las manos. Creo recordar que era un tomo de los de “súperhumor” bastante ajado y manoseado. Cuando, de repente, sonó un timbrazo. La abuela salió de la habitación en zapatillas y el niño se puso a su retaguardia. Es la vecina, dijo la abuela abriendo la puerta. Efectivamente, era la vecina que traía un regalo envuelto. Alargó el paquete hacia el niño y este musitó un tímido: “gracias”. La abuela obligó al niño a darle un beso a la vecina antes de cerrar la puerta.

Al niño el paquete le pesaba un poco y se lo llevó emocionado a la habitación. Se sentó en la cama con las piernas cruzadas y se dispuso a abrir el paquete. De él emergió un libro de tapa dura con los lomos rojos. No era un libro nuevo. Era uno que ya había sido transitado, vivido y recorrido por otros ojos y otra alma. No tenía dibujos ni adornos. El papel era robusto y la letra de máquina de escribir. Sin pensárselo dos veces comenzó a leer: “El año 1866 quedó señalado por un fenómeno inexplicable, que seguramente no ha olvidado nadie…” Cerró los ojos. Olió las páginas del libro como queriéndose embriagar de ese momento tan íntimo que es abordar un nuevo libro. Miró el libro buscando una pista y ponía entre unos adornos dorados: Jules Verne. 20.000 leguas de viaje submarino.

Ese fue mi primer libro. Esa fue la historia sobre cómo llegó hasta mi este tomo que ahora tengo en mis manos. Tiene las páginas amarillentas, un olor a libro viejo, con poso, de aventuras de las de verdad. Una maravilla de libro. La primera novela que leí en mi vida. Mi primera aproximación a la literatura “seria” era, ni más ni menos, que con un libro del magnífico Julio Verne. Cada vez que escucho ese nombre una sonrisa preñada de nostalgia curva mis labios. Después de las leguas submarinas, vino Miguel Strogoff, las cinco semanas en globo, el faro del fin del mundo y fui creando un universo en el que me muevo y del que tomo mis valores y educación.

He intentado romántica e infructuosamente que la primera incursión novelística de mi hijo fuese con el mismo libro, pero he fallado estrepitosamente. Aunque, sé a ciencia cierta que acabará leyéndolo y dándose cuenta de por qué su viejo quiere que se adentre en el magnífico mundo del capitán Nemo que transite el reino abisal a bordo del Nautilus y que se convierta en uno de los nuestros. Porque la literatura hace grupos. Crea tribus nuevas de lectores compulsivos con gustos comunes. Con valores y educación comunes. Aunque hay que tener paciencia. Basta inocular el virus de la lectura en nuestros hijos, después, ya habrá tiempo para Conrad, Salgari, Verne, Melville, Wells, Poe y tantísimos otros. Ya llegará el momento de luchar contra corsarios, arañas gigantes o viajar en un globo. Tengo el carné preparado con su nombre y su fotografía. Tan solo espero que llegue el momento de que entre en el club.

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