En Madrid a las bibliotecas sólo vamos los vagabundos y los que no tenemos dinero para poder comprar todos los libros que quisiéramos tener. Ambos grupos estamos unidos por nuestra falta de liquidez y porque nos ahogamos en una sociedad que siempre nos deja a la intemperie. El único techo con estrellas que conocemos es el de la biblioteca, siempre acogedor. Los vagabundos acuden a guarecerse contra las inclemencias del tiempo, a protegerse de la lluvia escupida por un cielo nada protector con ellos, una riada de vagabundos que buscan secar su pobreza entre libros usados y gastados como sus ropajes. Yo que sólo voy a buscar libros, intento tapar las goteras de mi mente, una cabeza sin dique, en donde siempre llueve sea verano o invierno. Mi pelo sólo se seca cuando pongo un libro sobre ella y la imagen es ridícula. Hojas secas que absorben mis miedos, mis desganas, mis miserias, mis alegrías, mis ilusiones y sobre todo mis ganas de querer seguir viviendo, aunque a veces lo más cómodo fuese dejarse morir en este mar de inseguridades que es la vida.

“En Madrid a las bibliotecas sólo vamos los vagabundos y los que no tenemos dinero para poder comprar todos los libros que quisiéramos tener”

Morir ahogado, bebérselo todo, encharcarse por dentro hasta que mis órganos naden en un agua turbia, arenosa, y choquen entre ellos intercambiándose los lugares que les corresponden, crear un caos interno que provoque el vómito. Una salida por la boca de los riñones, qué ironía, mi boca haría la función que ellos no habían sabido llevar a cabo, filtrar los líquidos dañinos a través de una orina que ahora saldría por otro conducto. La boca puede con todo. Lo que hay en la boca siempre es asqueroso, por eso la utilizamos para hablar, para escupir esas frases llenas de bacterias, saliva envenenada disfrazada de mensaje.

Los vagabundos también van a las bibliotecas a lavarse. Acicalarse es una muestra de querer seguir luchando, de no rendirse ante esas miradas que los miran con desprecio. Ellos piensan: “Sé que me crees feo y sucio pero es sólo un reflejo de tu alma”. Los vagabundos no tienen espejo, porque ellos lo son en sí mismo, y ellos no se quieren mirar, se tienen tan vistos que cubren su realidad de una suciedad que difumine la verdad de lo que realmente son. Yo me he encontrado con varios en los baños de la biblioteca, y se observan en el espejo como quien no se reconoce, se acercan y tocan el cristal con cuidado y van ejerciendo fuerza hasta romperlo levemente. Cada grieta se confunde con sus ojeras y arrugas, su rostro vuelve a partirse entre esos cristales, pero ellos casi nunca se cortan, sólo algunas veces los dedos, manos que sangran y en las que se confunden el color blanco del jabón de manos con el rojo que destaca entre los cristalitos del  espejo. Se lavan la cara y superficialmente el cuerpo, los brazos y algo el cuello mientras yo utilizo el urinario de pie. Me saludan siempre que me ven y agradecen con una sonrisa de dientes estropeados que les haga compañía en su menester. Tienen más educación que los que se esconden tras el espejo.

“Los vagabundos también van a las bibliotecas a lavarse. Acicalarse es una muestra de querer seguir luchando, de no rendirse ante esas miradas que los miran con desprecio”

No se está más solo que en la calle. Ellos saben que son invisibles para todos menos para los que vamos a la biblioteca. Todos los que vamos a una no hacemos otra cosa que buscar cobijo. Después de lavarse buscan un asiento donde descansar de una jornada agotadora. Se duermen y sueñan. Igual que hacemos los que vamos a leer o a estudiar pero en distinto orden. Soñamos con un mundo mejor que el real, un mundo el de los libros donde todos dejamos de ser mendigos y nos convertimos en personas iguales.

Mientras, las ratas siguen ahí fuera, de un lado para otro, sin leer, sin ser libres, sin pararse a pensar, criticando a los que han tenido mala suerte en la vida o a los que quieren evadirse de ella a través de la lectura. La biblioteca es nuestro reducto, los lectores volamos, las estudiantes brillan y los vagabundos reinan. Las ratas se multiplican a cada momento y el raticida se encuentra entre las estanterías.

Compartir
Artículo anteriorAquí y ahora: Conversaciones con una narradora oral (I)
Artículo siguienteAquí y ahora: Conversaciones con una narradora oral (II)
Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here