Estoy dando vueltas alrededor del mismo círculo y solo me mareo si paro. Mi ciudad se ha convertido en un laberinto desconocido. En el mapa no existe y en mis ojos se difumina borrosa como un sueño que no logras recordar. Me siento melancólico en este sitio tan reconocible y tan inestable para mí. En esta grisura de vida los colores estallan mis sentidos y lo ponen todo perdido. La felicidad, como siempre, se ha colocado a mi espalda. Lo bueno es que no pesa nada porque no la llevo encima. Ella quiere que sepa que está ahí pero que no la vea. Todo está en paz, no suena ni el piar de los pájaros. El ruido es mi cerebro dormido. Hay tanta belleza extraña imposible de normalizar. Puede que necesite dormir un poco más. Automedicarse hasta la sobredosis de inconsciencia.

No me gustan las ciudades demasiado reconocibles donde perderse es encontrar el destino. Prefiero el vagabundeo errante del que se convierte en una parte más del mobiliario urbano aunque sea de forma temporal. Las cosas duran lo que estás en ellas. Las huellas de mis zapatos se borran a cada paso que doy. Ando como si quisiera desaparecer al hacerlo. Camino por las calles buscando la extensión al suelo de mi casa. Mi hogar es lo que ven mis ojos y no pueden tocar. Cuando cierro los ojos sé que no estoy en ningún lugar. Me gusta esa sensación de invisibilidad alrededor de mí.

Al llegar a una plaza, las palomas muertas vuelan porque no conocen su realidad. Ellas viven en el batir de sus alas manchadas. La muerte viaja en un vuelo que no conoce. Las palomas se acercan a los niños, envidiosas. Les picotean sus cabezas. Los niños solo tienen en la cabeza una idea que está llena de vida. Hoy es un día feliz en el infierno de las palomas.

Fuera de la ciudad las carreteras nocturnas me miran con sus ojos de búho. En los límites es donde la oscuridad se toca con la luz. Los conductores de los vehículos no saben dónde van, pero la única realidad es que cada vez se alejan más de mí. La velocidad es una sensación que se aleja de mí con rapidez. Las autopistas son ríos de vida que van a parar al horizonte que es el morir. Me gusta caminar por el arcén y sentir la ráfaga de viento que dejan los coches al pasar por mi lado a gran velocidad. Alguna vez me he caído al suelo y me he quedado unos minutos tumbado mirando a las estrellas. Algunas hacían hueco a los aviones. Otras echaban a las palomas muertas para hacerme sitio.

No siento la estabilidad. Soy un astronauta que deambula por territorios inexplorados y endebles para mis sentidos. En la fragilidad me sostengo. Soy la sangre antes de que los cristales de los que estoy hecho se rompan. Me acaricio la cara hasta agrietarla. Me desfiguro con la idea de hacerme irreconocible. Una cara anónima. Una cara de nadie.

He vuelto a hablar con las paredes. Es evidente que necesito a alguien. Agarrarle de la mano hasta que se me pierda disuelta entre mis dedos. Estoy solo, pero tengo todo lo que necesito para estarlo. Nada.

Todo va bien aunque pareciera que no es así. En el centro comercial la gente sigue haciendo su vida como si tal cosa y se comportan de manera maravillosa para seguir dándole un sentido a mi existencia. Sois la figuración perfecta a la película de mi vida. Estáis sin estar y yo me escondo en vosotros de manera perfecta. Os besáis y compartís helado. Compráis camisetas y pantalones, zapatillas de deporte y colonias. Cogéis una mesa y pedís refrescos, cervezas. Otros piden tintos de verano, horchata. Hace calor y en la terraza se está muy bien. Los niños hacen ruido y mi cerebro se despierta. Le quitáis el plástico a las compras. Desprecintáis vuestras ilusiones puestas en esos artículos. Porque no hay nada más que hacer, bueno si, ver Netflix.

Necesito algo antes de que se me apague el alma para siempre. No encuentro el interruptor y la última persona que lo hizo, lo cambió de sitio al marcharse. En la ducha los hilos de lluvia me electrifican el cuerpo. Mi alma hace cortocircuito, una pequeña explosión que vuelve mi piel de goma. Soy un muñeco con corazón de trapo.

La arquitectura de mi cuerpo se desmorona. Ella sigue estando en mis huesos. Ella sigue siendo mi médula. No puedo evitarla. Está en el aire. En medio de las moléculas de oxígeno y dióxido de carbono. Está fuera de mi alcance, pero cuando despierto todo se ha borrado y aparece de nuevo la belleza extraña.

Floto en el aire y todo lo hermoso se quiebra en mil pedazos. El lugar que se forma es el mío. Yo soy un fragmento que quiere pertenecer a esta belleza, a este sitio extraño donde lo raro es lo que se queda fuera. El mundo ha girado y me ha dejado aquí. Un movimiento de traslación que me ha dejado en el mismo sitio para mover al resto.

Hemos hecho conexión. Una reacción química producida por una intervención oscura divina. Se ha producido la epifanía. Bajo este manto de estrellas, los coches siguen sin atropellarme y las palomas continúan muertas.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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