“Te arranqué el corazón del pecho, y lo reemplacé con la explosión de una granada. Los bomberos me empaparon. No importa, me quemaré de todas formas. Es la alarma de emergencias, chica, aquí no hay nada que ver. Escucha las sirenas como vienen por mí. Le diste una dosis de gasolina a mi alma, y arrojaste una cerilla dentro de mi cerebro. Incinerar, incinerar, incinerar, incinerar. Los bomberos son tan amables, y a ti te recuerdo tan fría como el hielo. Ahora hay llamas lamiendo tus pies. Las sirenas vienen a sacarme de la miseria. Agitas tu antorcha dentro de mis ojos. Lanzallamas de amor ardiendo mi mente. Incinerar, incinerar, incinerar, incinerar…”(“Incinerate” de Sonic Youth).

 

Esta canción de Sonic Youth me ayuda a que me apague de manera tranquila. Cuando fumaba quemaba sin querer las cosas que escribía. La ceniza tapaba mis palabras y hacía que su grisura fuera más nítida y perceptible. Las frases perdían consistencia y se precipitaban al vacío. Yo me caigo al abismo de no poder escribir. Intento fumarme el bolígrafo o el teclado, pero de ellos no sale nada, ni humo, ni tinta, ni una leve corriente eléctrica en forma de idea. Cuando fumaba intentaba construir mis escritos haciendo aros que formasen palabras simples, pero apenas me salía la “o” y casi nunca la terminaba de hacer bien. Si era torpe con las manos “cenizas” que tenía, más lo era con esta boca que no sabía que lo era, y que me mordía enfadada.

Los camiones de la basura son la única alegría de esta ciudad. Todas las palabras escritas acaban en uno de ellos y las pocas mías que quedan acabarán en el contenedor de reciclaje convertidas en oxígeno, aire puro que limpiará los pulmones enfermos de mi ordenador. La pantalla es el espejo del alma y lo escrito en ella la peor de las cirugías estéticas a las que nos sometemos. Lo más bonito de mí es lo que nunca me he atrevido a escribir. El camión de la basura hace un ruido desagradable, redundancia puesta por escrito para ser la primera de las muchas que vendrán detrás. Los basureros cogen los cubos con nuestros desechos, nuestras novelas imaginadas, que son las mejores escritas, nuestros textos hablando de amor, de filosofía, de política, nuestros diarios cuyas mejores partes son esas mondas de los frutos deglutidos con rabia cuando las palabras no salían y nos comíamos su parte más real y dulce. Los basureros saben que cargan con lo mejor de nosotros, si pudiéramos nos separaríamos de nosotros mismos para introducirnos en esos cubos, pero eso no podemos hacerlo, debemos llevarnos encima y solo podemos separarnos de lo que mejor nos representa que es nuestra parte sucia, inservible, la que mejor nos representa y nos dice quiénes somos.

Hoy mis palabras nacieron sabiendo que lo hacían muertas. En el hospital de mis dedos siempre estarán por si algún día quieren ser reanimadas, mientras tanto el cementerio se llenará de lo que pudo ser y no fue, de esas inquietudes que quemaban en mi cabeza y se hacían fuego en las yemas de mis dedos y quemaban la fría hoja en blanco llenándola de chispas que prendían en juegos de artificio, que como venían se iban, y no había pasado nada en medio, solo la ilusión de llenar el tiempo soñando, mientras la realidad se quedaba ahí fuera molestando a los que se preocupaban mucho por ella.

Mis palabras se han hecho mayores, se sienten doloridas, les duelen las articulaciones, se quiebran con facilidad y no se sostienen por sí mismas. Necesitan de un bastón que me niego a llevar. Prefiero vivir sin necesidades que sufrirlas por no poder llevarlas a cabo. Escribir es un acto de libertad y cuando no lo sientes así se convierte en la peor de las condenas. La motivación también es importante y hay lugares oscuros donde hacerlo se convierte en el sitio más triste del mundo. La luz es necesaria, que enciendan las bombillas que hagan de tus palabras velas de cera eterna. No está pagado escribir sintiéndote bien contigo mismo, los demás no importan, y que no se entienda esto como un acto de egoísmo, eso es cosa más propia de los ciudadanos oscuros, con su liberalismo económico, naranja podrida, y que no hay dios que se la coma. La palabra escrita nunca miente o yo por lo menos la siento así. Escribir es un esfuerzo que algunos necesitamos hacer y seríamos muy imbéciles si lo que contamos no nos representa, si no nos desnuda como la chica que te gusta y lo hace con gracia y cariño. La literatura te dice las verdades que el poderoso siempre oculta.

Muchas de mis palabras nacieron en el barro. Desconfío de los escritores que nunca se han manchado las manos, que les huelen a jabón neutro, como esa agua en la que se mojan y que se seca cuando pasan ellos. La neutralidad también puede cortar como una navaja suiza.

Escribir debe ser declarar la guerra a lo que no te gusta, al poder mal entendido, a las injusticias, al amor no correspondido, a la soledad que no deseas, al dolor que no has pedido sufrir, que no solucione ninguna de estas cosas, pero que por lo menos te calme y el nerviosismo, la pulsión que te lleva a hacerlo no te destroce por dentro y te haga doblemente infeliz o demasiado consciente de tus realidades no deseadas. Yo escribía para borrarme del mapa. Para no pertenecer a ningún lugar, mi patria eran mis textos y ahora que sé que todo terminará pronto me doy cuenta que no he sido nunca de ningún sitio. Un nómada que caminaba por encima del suelo con la pretensión de caer, dándome igual el lugar.

Bailaré con mis palabras que pronto serán olvido. Las que sobrevivan sufrirán mi torpeza y serán pisoteadas por mis zapatos cuya cualidad es que flotan sobre la parte líquida de la realidad. Mis parejas de baile se llevan pisotones y cariño por partes iguales, y eso ha sido siempre lo que he hecho al escribir. No he sabido hacerlo de otra manera. Tampoco sé si hubiera querido. Que el fuego no se apague nunca.

 

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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