Cuando morimos no es que acabemos la vida, sino que finalizamos por fin el contenido de la muerte. Estar vivo no indica que vivamos hacia la muerte, pues ésta no está mientras permanecemos despiertos, lo único que ocurre es que, cuando abandonamos este mundo, ya estamos en otra cosa, que es el morir, una realidad que ya no tiene que ver con nos/otros mismos, pues entramos en una cosificación que nada tiene que ver con lo que hemos hecho, con lo que hemos crecido, con lo que hemos amado, todo aquello que ha formado parte de un tiempo que de repente se con/vierte en otro tiempo, en todo caso, mudo, silencioso, infinitesimal, perdido, para otra di/mensión, en otro lugar que jamás hemos sos/pechado.

Dicho esto estad seguros que muerte no es el final, pues morir no es acabar con algo, dado que todo lo re/corrido en realidad ha formado parte de nuestro presente y de nuestra memoria, y lo único que pre/supone dejar de sentir, de pensar, de gozar o sufrir es un punto y final ya para siempre hacia el infinito, nunca más, hacia siempre, aunque, todo hay que decirlo, per/manecen nuestras obras, nuestros cuerpos vivos atenazados por una simple derogación, por una región que jamás habíamos sospechado.

Hasta aquí todo lo escrito -después de muchas lecturas y visitas a los brujos- es cosa manida, repetida, absurda, al fin y al cabo. Tal vez -y decimos tal vez- pueda concurrir algún tipo de nueva versión de lo que es mortal y que puede dejar de serlo. No aplicamos a lo que viene a continuación el sentido de la razón ni el de la imaginación, ni siquiera el de supuestos científicos. Dejémoslo en una fábula que pueda ser real, como lo que escribió Don Juan Manuel en su El Conde Lucanor. En el fondo -pensamos- todos somos Petronios o sobrinos de Alfonso X El Sabio. Veamos:

Tras dar el último suspiro -algunos, en vez de suspirar, braman, bufan, se cagan en los calzones, echan fuego por la boca, es decir, se encabronan, pero no como el Cabrón, sino como los políticos cobardes- y pudrirnos como se pudren las mejores ideas que alguna vez pudieron cambiar la Historia de la Humanidad, nuestro ADN sigue manteniéndose en la osamenta -cadáver bello y muy sensual, empalmado a veces-. A partir de ahí sucede que en las moléculas de eternización palpita el más allá del todo. Torpe será el que insista en la incineración, pues polvo será, más no polvo enamorado, pues el polvo entre los paisajes del mar o las colinas ya sí que es la nada, según nos lo advirtió hace demasiados siglos el Oráculo de Delfos, y -creemos recordar- también algún gilipollas disfrazado de Ave Fénix y muy jodido tras el fracaso. La nada. Ah, La Nada. ¡Qué horror¡ ¡Qué miedo¡ ¡Cómo se nos encogen los testículos con sólo pensarlo¡ Escribamos un símil por ver si se entiende. Escribió E. M. Cioran: “Por haber escrito ‘Nada’ el día en que estalló la Revolución, Luis XVI es tachado de imbecilidad desde hace dos siglos. Si ello es cierto, todos somos imbéciles, pues ¿quién podría jactarse de haber distinguido el comienzo exacto de su propio desmoronamiento”. Pero no La Nada de Sartre, ni si quiera la novelita de Carmen Laforet. Oscar Wilde es el que acierta: “Cínico: un hombre que sabe el precio de todo y el valor de la Nada”.

La Nada es la Nada y chimpún, una Nada en/trampada que des/aparece entre los mistrales de los vientos, mientras que -y aquí viene el éxito revolucionario de la muerte como algo deseable- si nos interdentamos en la calavera, en ese materialismo científico ya estudiado por Demócrito y su posterior escuela, iniciada quizá por Leucipo, en/tendemos que morir no es otra cosa que dejarse llevar por la concurrencia de los átomos que continúan formando parte de nuestra identidad, una película despojada de las cosas, en efecto, pues ya no hay la emoción, el dolor, la alegría o el deseo, pero pre/domina la combinación de la materia enmudecida por los ojos, la carne, la boca, los poros, la sangre, el agua, todo lo que nos completa. Pues ya nadie duda -ni siquiera el Pato Donald- que las moléculas continúan existiendo, como una forma de eternidad que jamás será arrebatada de ese tiempo profundamente irreal, cansado, absorto, diluido en la paradoja de la dietética. De modo que, intentamos decir, y sólo lo intentamos, que la muerte no es el auténtico final, y no nos estamos refiriendo a la entraña lúdica de asistir como bovinos a un cielo o paraíso –fotograma de la cobardía y de los que no saben afrontar la vida al desnudo, con la causalidad racional y el vértigo que nos asiste cuando pensamos en ese más allá definitivo y perdurable en la historia infinitesimal-, por si acaso, estamos intentando deducir que la nada existe ante un público que reside en nuestro molecular cientifismo que perdura y atraviesa los campos vacíos que definen siempre la última palabra.

Por tanto, necio será el que asista a la in/corporación de la existencia con la subjetividad de un alma que recorre aquellos sitios donde el cuerpo desiste y nos deja solos con todas las generaciones del futuro. El alma no es. Sólo el cuerpo se emploma la entre/mar de las partículas lisas y esféricas que se ex/travían desde la motricidad y las estructuras pitagóricas que nos siguen animando y re/convirtiendo en una especificación somática que tal vez no sea tal, aunque tenemos claro que lo material, en tanto en cuanto memorización de la auténtica fuerza que nos acompaña, nunca se des/truye, pues todo sigue pre/figurando en ese huelga general que es la muerte.

Ya lo hemos dicho aquí y lo reiteramos. Llegarán los siglos en que esa materia, ese ADN localizado en la calavera sean devueltos a la vida a partir de la evolución sistemática de la ciencia y la tecnología. No cabremos todos en esta tierra donde los Neardentales, que somos nosotros, seguiremos vivos. No perdamos más tiempo. Nos resta el sinfín de las estrellas y ese Multiuniverso que ya empezamos a entender para dis/gregar todas las generaciones, toda la Historia en la especifidad de nuestra agitación filosófica y molecular. La futurización del hombre inteligente, una vez extinguido el homo sapiens neardentalesco –todo lo que evoluciona siempre desaparece-, detendrá la nada, el vacío, los tribunales de la des/composición, para restaurar en el atomismo que nos caracteriza y que perdura hasta re/establecer, como una sábana con carbono 14, la memoria y lo todo aquello que fuimos, que vivimos y que con la adivinación de la eternidad seguiremos siendo.

Por eso, insistimos, no caigamos en el error de deparar en ese polvo lanzado desde la vasija por los alrededores de los árboles, pues en el polvo ya no hay materia, ni atomismo, ni ciencia posible. Sólo des/perdicio y un adiós a todo eso. Esta actualidad de la pulverización, como logro de la no existencia, nos deriva plenamente a todo concepto filosófico, pues de la nada completa, el viento, las aguas, la destrucción del Todo, no hay forma de ficcionar una realidad virtual, un proyecto de supervivencia, pues la partícula de Dios está demostrando que el Multiuniverso es masa, contenido, exordio de un infinito que, con el canódromo de la investigación y con la llegada de la inteligencia al otro ser humano que seremos, nos será reservado no para una resurrección en albatros o en gato de los tejados, sino en el hombre mismo que reanudará todo ese potencial de su propia voluntad.

De modo y manera, lectores crédulos o incrédulos -allá cada cual-, que Dios no existe, en el siglo XIX ya le dieron muerte, sin materia posible, en el XX se le enterró en las tumbas de la isla de San Michele y en estos precisos momentos ya ha quedado incinerado para siempre en las playas del mar de la Spezia, como el cuerpo de Shelley, pero a Shelley, según Byron, le quedó el corazón con su sangre viva. Dios, en embargo, no tiene sangre, ni moléculas, ni pensamiento, sólo es la fabulación de la instauración de las religiones que a falta de respuestas indagaron en las grandes preguntas: ¿qué somos?, ¿por qué vivimos?, ¿hacia dónde vamos?, aplicando las estructuras del miedo y del exorcismo del cuerpo como un veneno que había que depurar, que denostar, que des/preciar, pues toda teología –desde el budismo hasta la ceremonia de las ofrendas tribales- siempre ha convocado a la in/corporación del alma como instituto de un presente que no disponía de una explicación racional y de una per/manencia de la alegría, del placer, del gozo en esta vida tan corta y en donde el tiempo transcurre a una velocidad de galgos en plena carrera.

Durante tantos siglos hemos anulado todo proceso de in/corporación de la inteligencia y de la sabiduría para dejarnos arrastrar por la inmolación de los monoteísmos o de los panteísmos. Todo eso queda ya defenestrado, anulado, comprobado, analizado y explicado. La única divinidad que nos asiste y, como decimos, será la que se enfrente a esta escrófula que es el morir, viene dada desde los laboratorios y la entibación de la tecnología, la física y el acorralamiento de la velocidad de la luz. La ficcionalidad, que hoy creemos como tal pero que será posible en la fisicidad de un futuro, atravesará los tiempos de atrás y de adelante. Estamos hablando de algo tan alegórico como cuando miramos hacia el cielo y observamos cómo diferentes puntos de luz nos asombran y seguimos creyendo que son mecanismos éticos de otros universos. Constatamos aquí, como una fábula de La Fontaine, que ese Universo somos nosotros, y que, en un detectivismo del lanzamiento del tiempo hacia un infinito que hoy todavía no comprendemos, nos vigila y nos explora para deducir cual útiles todavía podemos ser. [Pero siempre seguirán con nosotros los inútiles, los de toda la vida, los de todos los tiempos, los de hoy mismo, a esta misma hora, en este mismo minuto, en este segundo preciso, zas]

El átomo es inmortal y sólo eso nos debe hacer pensar que esta vida a la que asistimos, tan reivindicativa de dolor, de enfermedades, de políticas nefandas, de prehistoria del ser humano que todavía no somos, está siendo convocada por la aceleración de una moral científica que lo explica todo, el amor, la decadencia, los tsunamis, la geología, el terror, la tristeza, la deducción del cerebro. Una vez superado todo eso y, como decimos, desaparecido el homo sapiens neardentalesco, toda pregunta será cíclicamente respondida, y será entonces cuando nos demos cuenta de la absurdidad de la Historia, de este hormiguero en el que estamos, en el que seguimos pensando, en el que continuamos buscando. Asistimos a la infancia del Universo, o lo diremos mejor, asistimos con perplejidad imperpleja al Neonato de lo que seremos. Pero. Pero. Sí. Pero no queremos darnos cuenta de ello, por eso continuamos intentando desyerbar la percepción del Mito, cuando éste no es otra cosa sino un puchero caliente donde está hirviendo una moda, sólo una moda, como un vestido de Candice Swanepoel.

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