La comedia nace en las komai, en las aldeas de los campesinos. Lo podemos contar como una anécdota, pero toda burla principia después de comer árboles y cicatrices o como celebración de un baile al atardecer de los pueblos que nunca serán Kansas City. La risa se produce cuando algo ridículo adquiera la transformación de lo transcendental. Pourquoi? Porque reír es un valor cognoscitivo, una metáfora de los espejos, una larva que se con/vierte en un existencialismo donde Sartre se tendría que ir a vivir a Jammu. Toda comedia se inicia en el maremoto de Yokohama y acaba distribuyéndose como drama a través de una metafísica que sólo cunde en la belleza de lo terrible, en la plazoleta de la muerte, en el zigzag de una ideación divina. Aprendimos a reír cuando aún no habíamos nacido, cuando bebíamos el ajenjo del vacío y ya pensábamos que la felicidad era todo el alargamiento de nuestras vidas. Pero siempre hay un automóvil que pasa que nos sacude el agua de los charcos, que ya es el pánico, el estertor, aquellos que se en/cargan de plegar nuestra alegría con tensiones ideológicas que sacuden la pelota de los niños y la mandan a las piedras de la Estatua de la Libertad. Si reímos, somos libros, somos somos, somos nosotros, con nuestro epicúreo plenilunio perchado sobre la otorrinolaringología de las bicicletas. Si reímos, como hemos reído hasta ahora, antes que Homero compusiera sus versos, rendimos inteligencia a la vida, palpitamos como elegantes señores del agua que nos cubre, otoñamos la ova con estos labios que más bien parecen esculturas de Henry Moore. Sin embargo, qué más da. ¿Por qué no reírnos de nosotros mismos, de lo que decimos, de lo que callamos, de lo que nunca diremos?

Aristóteles propuso la comedia como un modo de enfrentarse a la debilidad, a la corrupción, a la insipidez de nuestra carne. Se trataba, en todo caso, de conferir licencia al borracho para que vanagloriara a los sátiros, a toda oploteca, a un infierno al cual nos intentaban conectar con cables de tabletas de Microsoft. Pero Microsoft, las tabletas, no llevan cables. He ahí la risa. Humores del hígado que son amarillos como las novelas de Faulkner.

Hemos definitivamente dejado de reír. Nos lo han prohibido. Hay vallas publicitarias por Múnich que dicen: “Sé triste y podrás cotizar en los mercados”. La politización del mundo nos ha de/vuelto al tedium de los bohemios, a la nasalidad de las vocales, al disfraz griego de Lord Byron. Sólo los tibetanos realizan ciertas experiencias con los que han perdido la sonrisa y se evaden con alcohol y clorhidrato para escapar de esta morenez daimónica en que seguimos estando atrapados como oboes en la nieve de Siberia. La risa ha sido anulada porque coincide con el muslime del miedo. Es el miedo. No lo dudemos. Un Mus músculus que tiembla. Por todas partes, en los aeropuertos, en los libros políticos, en el Ojo de Internet, en la teología matemática, se intenta militarizar el miedo para que olvidemos la milonga, el tiempo, la virtud, la protesta, los milímetros del milord. Qué risa da morirse de miedo.

Nos disparan con aire helado para que no alcancemos el sindicalismo-de-los-payasos. Somos circo y ya sólo nos resta la alegría, un motorismo de labios que se abren y se cierran como las puertas de los as/censores. Pero ya en la Edad Media, en los monasterios donde la muerte se mimbaba en las tinajas con manuscritos de letras de colores, se prohibió la risa de Aristóteles, cuando Umberto Eco a la hora del ángelus estaba escribiendo “El nombre de la rosa”. Todo efecto del tiempo, desde el nisperero de los monoteísmos –Abraham, San Gregorio VII, Elohim-, se concentró en las Peñas de un equipo deportivo, la prohibición de reír, porque ese cúmulo no era santo, ni niño, ni la naturaleza de San Agustín. Fijémonos en el Pantocrátor. ¡Qué pánico da mirar a Dios¡ Este Pan-Pánico nos ha llegado ahora con esta mímica de ideologías neourbanas en las que nos están continuamente instalando ante nuestros ojos imágenes de la militarización, atroces televisiones, en donde aparecen todos los combates, las heridas, los milhombres que cortan las petunias con unos ministeriums de defensa que controlan todo secreto de este ADN que sólo somos. ADN. Pourquoi?

El ADN debe reír, para invertir los bonos basura en museos de Odilon Redon y Constable en donde nos quedemos a dormir. Este onirismo de la risa debe irruir en esta cotidianidad de velocidades de huesos, las isobaras de la belleza, el liquen islándico de la libertad, una canción de Jim Morrison. Es necesario que no nos dejemos engañar, en todo caso, es necesario que no nos dejemos engañar, porque todos los monasterios del Císter –Abadía de Boyle o Port Royal des Champs-, que son donde se leen los informes de las petroleras, de la publicidad de las campañas presidenciales, de un economista con su Yihad de magíster dixit, están pro/curando y con/siguiendo lascar los libros de Aristóteles en Amazon.es. El piyama rosa mira el revólver de Bernardo Provenzano.

Riamos, pues, riamos, porque ya existe el-Club-de-las-emisoras que nos anuncia que no lardemos la Laquesis. Los labios. Así pensamos. Una amende hohorable. Los labios son nuestros, tan anchos como una portería de fútbol, como la edad que tenemos, como el tiempo que está dentro del vino, del Mar Caspio, de una metáfora de Vladimir Holan. Des/cifremos bien los mensajes con que inter/dicen todo ejercicio de pureza y de bonhomía. Nosotros somos mejores que ellos, que ellos, solos ellos en el office, puesto que editamos estos músculos que nos aconseja el mudéjar, el amor optimista, el borborigmo que des/echamos, ya que todo es absurdo y un Berlín sin huelgo. Practiquemos las cosas sencillas, el aceite de Jaén, los besos en los soportales, los hijos on the hill, el interdental que diga los platos de los filósofos desalojados de la creme. Debemos estar pre/para/dos para hincar los cuerpos en la loxodromia de un sonido libre, completo, luciferino en blanco, lucubración de Klimt, para lozanear esta vida que tenemos por delante, tan próxima siquiera, que es para nosotros, porque el pan siempre sale de los hornos calientes y la parola cunde en los paisajes en que habitamos, habitaremos, sin ser habitados, riéndonos del terror, de los atavismos, de los cuadros que cuelgan en el gran salón de la ONU. Porque nos/otros somos todos y ellos ninguno, sólo una parotiditis que llantea en enfermedad, una muerte que alguien ya des/broza, para sí, contra sí, pues no hay ni inteligencia ni parnasianismo. Única/mente colonización del parqué, un intento nulo. No llegarán. Decimos que no llegarán. Están ahítos de furia, de gases lacrimógenos con que desean situar un Parkinson en nuestra risa. Pero la risa. Aristóteles. Y el libro de Umberto Eco.

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