Fue testigo de muchos inicios, prácticamente de todos los de mi generación y algunas generaciones más. Allí se iniciaron muchas amistades. Muchos amoríos. Muchas vidas. Fue el escenario de muchas promesas que, lamentablemente, quedaron incumplidas y de otras que no; de múltiples sueños que no sabíamos inalcanzables y, por ello, se cumplieron; y, por supuesto, de todos los anhelos de cada chico del barrio. Ya digo: de mi generación y de otras más. Fue el territorio de torvos canallas, morenas preciosas y tristes rubias limón. Testigo de párvulos botellones y borracheras iniciáticas. De nuestras primarias aventuras y de las consiguientes excusas ante unos padres severos y magnánimos. Una vida que daba sus primeros pasos en una vía de tren. Una vida que se alojaba, de hecho, alrededor de las vías del tren. De ella nacían ramificaciones que ocupaban toda nuestra existencia. Unas ramificaciones nos llevaban a unos billares; otras a los bares de la zona; aquella a una aventura entre olivos, renacuajos y cuevas; y las de más allá, al Jardín del Capricho y, girando a la derecha, al Castillo de la Alameda.

Fue testigo de nuestra infancia y primera juventud. Tiempos de inocentes risas, inmaculadas alegrías, descubrimientos precoces y pecados escondidos. Época de escarceos amorosos bañados en sudor y torpe esperanza. Manoseos agarrotados y besos lánguidos con sabor a chicle de sandía. Todos los chicos de la vía hacíamos equilibrios sobre los oxidados raíles. Hacíamos puntería con las piedras buscando blancos a los que acertar, cuanto más lejos, mejor. Las tirábamos contra el raíl a ver quién lograba que saltasen más chispas. Contábamos traviesas y, cuando llegábamos a dieciocho, buscábamos un tornillo puesto por otros aventureros anteriores y seguíamos contando hasta el siguiente tornillo ¿Verdad Tutti? ¿Verdad Paco? Uno, dos, tres, cuatro… dieciocho… y a buscar. Pero también podías contar hasta cuarenta y, en ese número, había tres tableros que estaban más juntos entre sí. Hasta ese punto conocíamos la vía del tren. Era nuestra vía, como el salón de nuestra casa, como para no conocerla.

Hacíamos novillos en grupo o individualmente y nos encaminábamos a la vía. Ella nos llevaba de un lado a otro. De unos billares a una cabaña entre unos árboles. A veces, íbamos a robar barras de pan a los repartidores despistados y nos las comíamos bajo el puente de la embajada. La zona más oriental del barrio se llama popularmente la embajada porque, precisamente, hace años alojó la embajada de la República Dominicana. Bueno, pues bajábamos con un aparato de radio en el que poníamos nuestra música favorita, nuestros programas de radio preferidos. Sintonizábamos “la cadena del wáter” y “gomaespuma” nos tronchábamos con sus ocurrencias. Míticos momentos con la opera rock de Caperucita. Grabábamos cintas con esos programas y, al día siguiente, bien de pellas o bien después de clase, íbamos a escucharlos a la vía, en grupo, riéndonos. Era nuestro modo de estar al día. Nuestro cuarto de estar. Nuestra mesa camilla. Nuestro brasero encendido.

Hacíamos excursiones. Por un lado, llegábamos hasta ciudad Pegaso, y hasta Barajas, por el otro. Yendo hacia Barajas había que pasar la embajada y, por allí, había una zona de más altura en la que empezábamos a escalar y a caminar en paralelo a la vía, pero a cierta altura, lo que entrañaba un peligro que, visto con posterioridad era exagerado. Ahí aprendimos que, si te caes, hay que levantarse, porque lo importante es continuar. Ya que fue nuestra ruta de escape cuando algún repartidor del pan nos perseguía malhumorado. También caminábamos a lo largo de los raíles demostrando quién tenía mayor equilibrio y hacíamos hogueras. Algunas se nos fueron de las manos y hubo que llamar a los bomberos. En una de esas excursiones, nos encontramos una bombona de butano tirada en el suelo. La acarreamos hasta lo alto de las cuestas de la embajada y decidimos arrojarla hasta la vía el tren. Pensábamos, inocentes, que iba a producir una deflagración de las históricas. Queríamos que ocurriese algo. La bombona realizó una parábola, chocó con la vía y nada ocurrió. Fue un chasco, pero nos reímos de lo lindo.

Había noches en que, sentados en grupos más o menos grandes, sobre los raíles, alguno se arrancaba a contar alguna historia de terror. Un día, Fede, que había cazado un lagarto como un brazo de largo, trajo una calavera. No sabíamos si de plástico o de verdad, pero daba miedo. Alguna noche, tras escuchar las historias de terror que nos contábamos, recorríamos el camino hasta la zona del Castillo de la Alameda; ahí nos colábamos en el pequeño cementerio y, algunos más intrépidos, se colaban en el mausoleo de los duques de Osuna. Después, víctimas de risas histéricas y miedo a flor de piel, corríamos a guarecernos al protector Castillo donde nos contábamos la aventura recién vivida. Cada cual la decoraba a su gusto. Pero todos nos sentimos héroes algún día. Después, siempre, antes de dormir, volvíamos a la vía y, ahí nos separábamos, yendo cada cual a su casa.

Hubo una noche de luna llena en que, después de la historia de terror que tanto nos gustaba contar o escuchar, algunos se colaron en el pequeño cementerio a hacer espiritismo. Entraron con la calavera que llevaba Fede. Se sentaron sobre una tumba. Colocaron una pequeña vela de cumpleaños encendida en el hueco que antes habían ocupado unas vértebras cervicales. La calavera estaba iluminada. Era como esas terroríficas calabazas de Halloween. Su tétrica mirada amarilla y su torva sonrisa se grababan en la memoria de quien las viese. Una flamígera sonrisa y una mirada ferozmente abrasiva. De hecho, a veces, cierro los ojos y puedo ver esa imagen, y, lejos de sentir miedo, sonrío. Nosotros los vimos entrar, perfectamente ataviados y valientemente decididos, y salir poco después.

Algunos miramos por la tapia para ver la escena. Fue entonces cuando vimos esa mirada y aquella sonrisa desde fuera. Desde fuera era una imagen muy cinematográfica. Recordaba alguna novela de Stephen King. Cuatro chicos sentados sobre una tumba, en medio una calavera iluminada y todos tocándola con un dedo. La brisa era fresca y erizaba la piel. Aunque no sé si era por el frescor del ambiente o por el miedo reinante. No estuvieron más de diez minutos ahí dentro, la verdad. Salieron disparados, porque, desde afuera, algunos empezaron a hacer ruidos extraños mientras se reían. Saltaron la valla del cementerio con una agilidad digna de una gacela de esas de los documentales de la dos. Luego iban contando que el espiritismo, encima de la tumba, hacía como una especie de interferencia por la que no pudieron contactar con el más allá. Otro de ellos contaba que, al pisar encima de una lápida para subir a la valla, ésta se había movido. Dejando ver lo que había en el más allá, y soltando un olor terrible. Aunque en el más acá, las risas a costa de nuestros intrépidos aventureros afloraron y las coñas de la historia, del hedor de la tumba y de la lápida movible duraron bastante tiempo, la verdad.

Cada noche, en la vía, nos entrenábamos para las despedidas que a todos nos tocaría experimentar más tarde o más temprano. Algunas fueron de amigos, con lo que aprendimos a homenajearlos; otras de familiares, con las que aprendimos que nunca dejaríamos de añorarlos. Despedidas, al fin y a la postre, que nos endurecieron el carácter. En la vía aprendimos a enjugar las lágrimas, apretar los dientes y seguir para adelante. Aprendimos a asumir aquellas despedidas irrevocables y a digerir otras que creímos definitivas y que posteriormente nos depararon reencuentros magníficos. Unos encuentros aliñados de abrazos, besos, risas y nostalgia. Encuentros en que nos contamos las aventuras que cada cual vivimos. Unos fuimos protagonistas en las aquí relatadas, pero otros tendrán las suyas propias, más o menos parecidas. Pero en todas había un denominador común: una vía de tren.

Los caminos de la vía nunca fueron inescrutables, más bien todo lo contrario. Era rectilínea, iniciática y hermosa. Una vía que nos llevó a bordo de sus raíles a descubrir la Alameda y, por ende, la vida. Cada cual tomamos un rumbo. Cada uno decidimos vivir una vida. Tener un tránsito distinto hacia el túnel final. Pero todos los de cierta edad en la Alameda de Osuna tenemos tatuada en el corazón la vía del tren. Nuestra vía. La vía que, en un tiempo, que ahora parece muy lejano, fue nuestra sala de estar. Cada cual recuerda su vía, pero fue, en uno u otro instante, la de todos. Pues, transitando sus rincones, todos nosotros aprendimos a amar, a seguir adelante, a sentir, a llorar, a reír, a apretar los dientes, a besar, a despedir, a abrazar… a vivir.

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