Inventamos términos para sentirnos mejores personas, más cómodos con nosotros mismos, acallar nuestra conciencia o sosegar nuestra moralidad. Aunque partamos de premisas equivocadas o medias verdades. Buscamos premeditadamente otras acepciones de algunos términos para, intentando conseguir lo antedicho, conseguir la adhesión de los míos. El asentimiento de mis afines. Aunque usemos para ello la demagogia más rastrera. Utilizamos la lengua para lanzar un mensaje burdo, y con frecuencia mediocre, disfrazándolo de una verdad irrefutable. De estas maneras ensalzamos nuestros principios para arengar a los nuestros. Satisfechos al verse obsequiados con nuevas soflamas y consignas que decir. Descansamos, después, por el trabajo bien hecho. Pedimos un whisky acodados en la barra de cualquier bar; otros prefieren ir a sus casas. En cualquier caso, podemos imaginarlos sonriendo, nerviosos, esperando ver el resultado obtenido tras el mensaje lanzado. Asentimos sonrientes. El mensaje ha llegado. Se expande. Sobrevuela nuestras cabezas. Alcanza algunas conciencias. Moverán, pues, el vaso de whisky escuchando satisfechos el tintineo de los dos cubitos hielos entrechocando. Miramos al trasluz y vemos el mundo tras una pátina ocre. Sonreímos porque el objetivo se ha alcanzado.

En cambio, desde el otro lado, leemos los mensajes lanzados y nos llevamos las manos a la cabeza. Claro, nos dirán más o menos airados, como no somos de los suyos. Negamos con la cabeza y, con un gesto preñado de miedo y tristeza, nos mordemos el labio inferior dejando entrever nuestros dientes. Leemos una y otra vez lo dicho por gente que ha sido usada por la relevancia que tiene. Por lo conocida que es. Porque eso les garantiza un seguimiento masivo del mensaje. No podemos creer que haya quienes aplaudan tantas patochadas, bravatas y tonterías, dependiendo del tipo del que se trate. Según sea el mensaje y la penetración social que quieren conseguir, utilizan a unos u otros personajes. Miramos incrédulos cómo el mensaje lanzado se repite por allá y acullá cual mantra. Propagándose como un virus contagioso. Escuchamos tristes los ladridos de perrillos de Pavlov adoctrinados que les sirven de altavoz. Gracias a los suyos, a sus hooligans incapaces de pensar por sí mismos, el eco de ese mensaje rebota y rebota hacia más allá de nuestra vista. Miramos atónitos, rascándonos la frente pensativos y tristes, cómo el mensaje parte incansable y se pierde en las profundidades del abismo.

Da igual que se parta de una premisa equivocada para otorgar a nuestro mensaje cierto regusto a verosimilitud. Es lo mismo que se ninguneen o se salten normas lingüísticas básicas, por el simple hecho de parecernos más sutil a nuestros sensibles oídos. Tienen la potestad de sesgar los mensajes de grandes pensadores para que sus premisas tengan un aroma intelectualoide. Son capaces de desgajar la historia de nuestro idioma para así proferir exabruptos que dotan a su discurso de cierta altura de miras. Dan por hecho todas sus premisas, sean o no equivocadas y descontextualizadas, para seguir eruptando sus verdades absolutas. Otras veces, en cambio, es más sencillo el trayecto recorrido, ya que se parte de una verdad incuestionable desde la que se hace un alegato simplista pero, viendo el resultado que obtiene, eficaz. Desde nuestra posición enfrentada a los que así usan el lenguaje para tergiversar, endulzar, falsificar, blanquear o mentir descaradamente, no podemos rascar ese mensaje y mostrar a la enfervorecida masa aborregada que su premisa es errónea. Que su mensaje es intencionalmente protector consigo mismo. Que se han utilizado de un modo incorrecto los principios lingüísticos. Que nuestra lengua proviene de determinado lugar y, por lo tanto, de donde parte la premisa introducida para llegar a la conclusión es equivocada. Haciendo que todo lo dicho posteriormente esté equivocado.

Porque hablar con hooligans, sean estos políticos o deportivos, es imposible. Razonar con muros de contención es una tarea inútil. Intentar demoler a cabezazos la regia puerta en que esconden la verdad sólo te reporta chichón, sangre y dolores. Mostrar la realidad al abducido es una afrenta y, por lo tanto, responden de manera airada. Que los perrillos de Pavlov solo atienden a la campana esgrimida por sus amos. Que, por más que les muestres la verdad que les ocultan, no la creerán. Asentirán atentos al nuevo toque de campana para ladrarte la consigna con espumarajos en los hocicos. Pues lo único que se consigue con ello es que te digan que los equivocados somos nosotros. Que son ellos quienes están en posesión de la verdad y quienes saben de lo que hablan. Señalas el cielo y te preguntarán por el largo de tu uña, o los callos en tus manos. Para ellos lo importante es lo que está de su ojo hasta donde alcance el largo de su nariz. Cual topos de sus creencias infumables. Como enceguecidos soberbios por las verdades absolutas. Es decir, como anatemas de la coherencia.

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