El conejo blanco vestía de forma elegante, como su condición de banquero requería. Siempre estaba nervioso, aunque eso nunca pesaba en su conciencia inexistente. Siempre elegía trajes ingleses que hicieran juego con su puntualidad exquisita. Siempre corriendo, dando la sensación de que llegaba tarde. Lo raro es que siempre corría en espiral, dando vueltas alrededor de sí mismo, como hace siempre el capital. Ahí fue donde me di cuenta que no estaba llegando tarde a ningún sitio, sino que lo que estaba era harto de tener que esperar a su cita. Alicia, que es quien sabía que estaba llegando tarde se recreaba en esos meses, semanas y días que tardó en llegar al encuentro. Era la bolsa o la vida y nunca mejor dicho. Alicia ponía en valor su vida mientras el conejo blanco le buscaba la bolsa al cadáver. Solo la propia Alicia y el conejo blanco sabían que ella llevaba tiempo muerta. Llevarla a la realidad para los demás solo era cuestión de una simple formalidad. Alicia eligió el vuelo sin motor. Llegar al portal de su casa de la manera más rápida sin tener que utilizar ni el ascensor ni las escaleras. La vida de Alicia ya no valía nada y la de su casa lo valía todo como había demostrado el conejo blanco y su nerviosismo exagerado durante todos estos meses. Cuando Alicia despertó, el conejo blanco aún seguía allí. Agarró sus manos muertas e hizo que le siguieran junto al resto de su cuerpo destrozado. El conejo blanco abrió la alcantarilla que buscaba y tiró del cuerpo de Alicia para introducirla también en ese agujero. Descubrió que en ese lugar, algunos colegas de profesión del conejo blanco preparaban sus negocios mientras se llenaban de mierda hasta los dientes. Algunos de sus compañeros eran expertos en reptar por las tuberías que conectaban con las cañerías del Estado, otros eran carroñeros y se habían especializado en hacerse rico a costa de quitarle lo poco que tenían a las clases más desfavorecidas. Alicia recuperó la consciencia que había perdido en cuanto se metió en la alcantarilla, ese agujero le había provocado tal miedo que tuvo que matarse por segunda vez o eso cree que hizo. Lo único seguro es que estaba muerta, buscó al conejo blanco pero no lo encontró. Le gritó con la esperanza de que si la escuchaba volvería a por ella. Tuvo que morir para aprender que el conejo blanco solo le ayudaría si podía sacar algo de sus huesos mortecinos hasta hacerlos desaparecer.

El conejo blanco había desaparecido sin dejar rastro, se había esfumado dejando un gran dolor, pero que como todos es imperceptible para los demás. La empatía es otra de las cosas que nos han quitado los bancos y la clase política a los ciudadanos. Ha sido un trabajo sordo, delicado, fino, hecho a largo plazo, pero que ahora se ven los resultados. Alicia abría los ojos al nuevo mundo que se abría ante ella. La muerte respiraba por sus pulmones destrozados y exhalaba su fragancia desde su nariz atrofiada y aplastada. La muerte danzaba con ella de la misma manera que ella lo buscaba en los salones de baile cuando estaba viva para todos menos para el conejo blanco. Era una experta en engañar a su propia felicidad. En pensar que la poseía. Cuando la realidad era demasiado dolorosa empezaba a hablar con ella y entonces la felicidad no podía ocultar su tristeza. Alicia bailaba con ella, daba vueltas y más vueltas y cuando conseguía marearse, hacía como que se enfadaba por no poder atraparla. Era el momento de volver a casa, sabía que si podía entrar en ella, la felicidad volvía en forma de esperanza.

Alicia disfruta de su muerte. Se siente liviana, como si en ese vuelo sin motor que hizo desde el balcón de su casa, su cuerpo hubiera desaparecido y se hubiera transformado en parte del viento. Intenta palparse y busca sus diferentes partes del cuerpo. Han desaparecido. Siente el frío o el dolor pero de una manera incorpórea. Alicia se ha convertido en un espíritu libre que vaga por la parte subterránea de la vida. Piensa que está bien que la ropa no sea ya un problema en su “vida”. Ella, que aunque fuera la única que supiera de sus penurias económicas junto al conejo blanco, le gustaba donar  ropa y parte de su comida a la iglesia. Se sabía privilegiada. Sabía que estaba en la parte de su vida regalada. Disfrutando de los minutos de descuento y controlando el marcador del partido. Solo ella iba a decidir cuándo iba a empatar el partido. Vivir como vivía era perder el partido y “liberarse” dejaba el partido en tablas, en un empate, donde perdían las dos partes o ganaban las dos. Alicia es una mujer elegante y la ropa que donaba era bonita y resultona. Las mujeres que acudían a la iglesia para quedarse con esa ropa se la probaban en los confesionarios y sentían la elegancia de la pobreza generosa,  decente y callada. Se sentían disfrazadas cuando se miraban en el espejo retrovisor de algún coche. Sus ropajes no ligaban con sus caras demacradas y sus pelos despeinados. No sabían que toda la ropa es un puto disfraz. La única bonita es la interior y que cada uno se lo tome como quiera. Acertará siempre.

La reina de corazones tiene la cabeza con forma de televisión y en su pantalla se ha quedado congelado un corazón negro. Tiene muy mal genio y no le gusta sentirse juzgada. Alicia intenta encenderla para que la eternidad que tiene por delante sea algo más llevadera. A la reina de corazones no le gusta que la manipulen, que intenten jugar con ella. Ella, que es la reina precisamente por esas cosas. Sabe manipular como nadie y solo se lleva bien con el conejo blanco. La reina intenta convencer a quienes la rodean que el mundo de los vivos y de los muertos es el mismo. Que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que todo son flores, pajarillos y ríos que fluyen alegremente por sus caminos. Que los conejos blancos son nuestros mejores amigos. Las serpientes administran nuestras energías buscando el bien común y que las aves carroñeras son las que vuelan por los aires para tragarse los malos humos de los que somos culpables el resto de la población. Mientras la reina de corazones prepara las coartadas de éstos, Alicia le tira una piedra que despedaza en cristales su cabeza y raja su corazón oscuro. No hay sangre, solo gasolina con la que incendiarlo todo.

Alicia se pone melancólica, estar muerta ayuda mucho a estarlo. No puedes alcanzar la vida, y la muerte, tan presente, acaba por ahogar un poco. Busca un poco de aire en este ataúd donde “vive”. Cuando vivía “más”, encontraba ese oxígeno en las amigas con las que quedaba a merendar. Pero ahora ya ni tiene hambre ni tiene amigas. Las ratas y las serpientes lo intentan, pero ella las pisa y les da una patada para que se vayan. No las tiene ningún miedo. Ya está muerta.

Este cuento va a tener un final feliz. Alicia se lo merece. He organizado una merienda de locos, en la que quedaremos a partir de mañana, El Sombrerero, Alicia y yo. Merendaremos sapos, culebras y ratas. Cuando no se tiene cuerpo, el estómago lo resiste todo. La locura no es un problema cuando estás muerto o quieres escribir algo y escuchas cómo voces muy nítidas van dictándote lo que tienes que poner. La vida cuerda es una soga que hipoteca todo lo demás.

Cuando Alicia despierte, nada de lo aquí escrito habrá sido un sueño. Es la realidad ficcionada. La vida más auténtica.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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