En el sol hay hoy un poco de oscuridad. La soledad soleada. De la belleza solo me quedo con sus partes feas. No hay nada interesante. Yo tampoco lo soy y por supuesto vosotros tampoco. Que yo no lo soy me lo habéis demostrado vosotros con vuestra indiferencia. Que vosotros no lo sois lo  han demostrado vuestros actos. Sois aburridos aunque creáis que sois especiales. Pensáis que hacéis cosas interesantes. Otras, creéis que lo interesante es lo que pensáis. Creéis que pertenecéis a un grupo, que hay más gente que piensa y actúa como vosotros. Pero nadie os cree, solo soportáis el peso de vuestras soledades individuales de manera grupal. Yo por lo menos sé que estoy solo. Que ni siquiera hacéis la intención de mostrar un mínimo interés en mí. Parece que pudiera echarlo de menos, pero nada más lejos de la realidad. Es un descanso vuestra lejanía, a veces elegida, otras impuesta. No siento nada y eso está bien.

Ayer se suicidó una mujer en Madrid porque la iban a desahuciar. Vivía en el barrio de Chamberí. Barrio de clase media, más o menos acomodada. Me gustaría saber lo que es ser clase media. ¿Tener trabajo?, ¿Tener un sueldo que dé para pagar el alquiler y comer tres veces al día? ¿Tener pareja? ¿Tener amigos? ¿Qué la familia te entienda? ¿Sentirse aceptado por la sociedad?. Yo siento un vacío que lo llena todo. Más profundo que el agujero que originó el cuerpo de esa mujer al impactar con el suelo. Lanzarse al vacío desde una terraza para que el vuelo sea eterno y por fin deje de dar miedo. Esa mujer no decía nada, supongo que tampoco lo hacía cuando hablaba. Todas nuestras palabras están carentes de sentido. Por nuestras bocas solo salen las cosas que no nos importan y los demás lo saben y por eso no nos escuchan. Todos hacemos lo mismo. Nos protegemos de los demás por si acaso un día les da por escucharnos y además hemos elegido ese día decir algo que nos importa y que muestre nuestra esencia. Eso sería horroroso, mostrar una debilidad donde el otro no hará nada por hacerla más confortable. Se quedará callado o peor aún dirá palabras que estábamos esperando que dijera. La gente no te ayuda. La gente dice que te ayuda. Estar no es ser. La cuestión es que esa mujer murió de la misma manera que vivía, sola, disimulando que lo estaba, haciendo cosas que no llenaban sus carencias económicas y afectivas. No pidió ayuda o eso queremos creer. Seguramente lo hizo, puede que no con palabras, o también, pero su lenguaje no verbal seguro que hablaba por ella. Su tristeza sería evidente, de ojos caídos y sonrisa olvidada. Su belleza nacería de la paz que da no esperar nada de nadie. Su elegancia vestida de discreción. He leído que algunas tardes iba a merendar con algunas amigas. Tomaba un café, cuyo sabor era el menos amargo del día. Los días donde la falta de dinero era lo que más le importaba, pedía una pieza de bollería, y esos días siempre invitaba a sus amigas. Ahorrarles unos euros a sus amigas, los caprichos en forma de napolitana de crema hay que pagarlos al contado. Las deudas con la mafia solo terminan de pagarse con la vida.

Camino por ese barrio de Chamberí por si me encuentro con esa mujer muerta que está más viva que nunca, más olvidada que cuando vivía, mañana habrá otro tema de “actualidad” que tape la vulgaridad del ayer en forma de mujer liberada. Una que decidió que volar sería la mejor solución a sus problemas.  Se habla de ella para no hablar de nosotros, para que la pena extraña tape la que conocemos demasiado bien. Hablaremos sobre ella pero poco, no vaya a ser que el tema se lleve a lo personal, que pueda tocarnos de tal forma que duela. La verdad es lo que tiene, por eso la solemos esconder. La mentira es nuestra mejor cara y el culo el sitio por donde mejor sale. Sé que es desagradable, pero ser sincero lo requiere. Chamberí es un barrio como los demás, la gente deambula entre ella sin mirarse, se cruzan unos con otros en todas las direcciones posibles sin chocarse. Seres perfectamente estructurados para saber de la existencia de los otros mientras no paramos de mirarnos a nosotros mismos. Nuestros zapatos sucios reflejan la claridad de nuestra nula empatía. Mirar al suelo para no pisar a la siguiente persona en suicidarse. Es muy desagradable manchar las suelas de los zapatos de casquería humana. Al no sentir nada es una cosa más a la que tampoco daría importancia.

Hace aproximadamente un mes en una reunión, una persona empezó a hablar conmigo. Se trataba de una especie de gurú motivacional para empresas. Me dijo que su trabajo consistía en conseguir la máxima motivación en los trabajadores, que éstos encontrasen las partes de su trabajo donde se sentían más plenos y realizados. Me preguntó que a qué me dedicaba y le dije que a nada. La verdad es que le dije que no me dedicaba a nada en concreto y que además no quería decírselo. Me miró muy serio, como si al hacerlo de esa manera fuera más fácil para él hacerme su diagnóstico. Me dijo que así no podía ayudarme y yo le contesté que tampoco se la había pedido. Respondió que estar a la defensiva es una manifestación clara de no ser feliz y de no estar satisfecho con mi vida. Palmeé levemente su espalda en señal de valorar el lince que tenía ante mis ojos. Me preguntó si me gustaba hacer algo en concreto. Le dije que lo único que me calmaba era escribir. “Pues hazlo”, me dijo. Si estás en esta reunión y vienes invitado de parte de la escritora (era la presentación de un libro), es que algún tipo de talento tienes para ello. “Deja el resto de lo que estés haciendo, es más vete de este acto, deja tu sexta cerveza sobre la mesa y vete a tú casa a escribir”. Bebí un trago, y la soledad que siempre siento no me abandonó. Sus consejos vacíos solo hicieron que me entristeciera más. Escribir es un acto solitario que no da para comer, pero en el que siempre te entran ganas de beber. Cogí mi séptima cerveza de una bandeja donde solo estaba yo alrededor de ella. Los demás estaban en la zona de canapés. El ego y el miedo a perder tu cuota de influencia en este mundillo dan mucha hambre. El gurú volvió a molestarme con su presencia demasiado cercana. Con su mal entendida ayuda en la que la empatía faltaba por todos los sitios. Lo digo yo que como no siento nada, soy el primero en darme cuenta cuando está cerca. “Sé valiente, al principio te costará, pero pronto alguna puerta se abrirá y alguien querrá leer lo que escribes”. Le contesté que el problema era que yo escribía para los muertos, las únicas personas que me interesaban y que  podían entenderme. El olor de los vivos es muy desagradable, sobre todo cuando hay varios juntos mintiéndose, sin soportarse, pero a los que les da miedo convertirse en uno de nosotros, los muertos visibles, los peores, los que estorban con su presencia, su respiración, su independencia.

La mujer de Chamberí cuando llegaba a casa por las noches respiraba profundamente cuando no veía a la policía en su portal. En su cabeza, en su bendita imaginación de muerta en vida cambiaba el coche de la policía por una ambulancia. Tumbada sobre una camilla intentaban reanimar su muerte, algo de lo que todavía no se conocen casos de que haya ocurrido. Y en España, que se sepa, solo han resucitado los bancos, y con la ayuda de los “vivos sociales”, los muertos como yo, y la clase superior, a la que desde ayer pertenece la mujer de Chamberí. Cenaba mientras veía el telediario. Le gustaba ver como dentro de ese electrodoméstico, la persona que hablaba también se olvidaba de ella. Los desahucios fueron una realidad que desapareció cuando algunos descubrieron que la moqueta masajeaba los pies mejor que el duro asfalto de la calle. Para escribir en libertad, hacerlo sobre ella, y que todos puedan disfrutarla, solo se puede hacer desde la acracia ideológica, intelectual y filosófica. El presentador del telediario hablaba de cosas incomprensibles, del PIB, del techo de gasto, que el Barcelona iba a fichar en una gran operación a un brasileño por solo cien millones de euros, que Gran Bretaña se quiere salir de la Unión Europea, que la industria del coche y de sus combustibles tiene miedo a que sus ganancias millonarias mermen algunas décimas cuando se imponga el coche eléctrico. Ella se prepara un sándwich de jamón y queso y no puede evitar reírse al escucharle. Al hacerlo, algunas migas van a parar a la cara del presentador. Las migas bailan nerviosas con la corriente eléctrica que transmite el aparato, se esparcen por toda la pantalla y blanquean los dientes putrefactos del que está diciendo todas esas mentiras. Pocos mentirosos peores que los que las envuelven en forma de información. Como yo no siento nada, miro las noticias como si la televisión estuviera apagada. Otras veces la tengo apagada y creo que acabo de ver las noticias. Cuando la noticia es sobre una guerra y ha habido cientos de muertos, cambio de canal buscando una película, muchas son violentas, y las prefiero porque así no noto la diferencia. Sé que pronto olvidaré las dos. Y vosotros, los vivos sociales, aunque creáis que no, sabéis que también. Yo tengo la excusa de no sentir nada, ¿Y vosotros?

El día que murió la mujer de Chamberí, la luz apenas era perceptible. Las persianas en su habitación estaban bajadas, como lo estaban últimamente. Siempre era noche en su agujero. La luz se veía a lo lejos, como en ese túnel del que todos hablan y ninguno vuelve. Seguro que tenía algo de hambre y miró lo que quedaba en su nevera. Un huevo, dos lonchas de jamón de york y un limón aburrido que exprimía su tristeza en un goteo continuo que agriaba el sabor del jamón. Se preparó una tortilla, quería comerse algo que fuera lo más parecido a la luz de la que huía. La tortilla amarilleaba la vida que se iba. Hay quienes solo ven la vida de color de rosa cuando hay dinero para comprar unas cuantas lonchas de jamón york. Su vida empezaba a colorearse el día que terminaba. En el balcón que daba a la calle las palomas desteñían la barandilla con sus excrementos. El teléfono empezaba a sonar como todas las mañanas a partir de las nueve. Ella hacía tiempo que sabía que  al fijo solo te llamaban para darte malas noticias o para venderte algo. Lo descolgó de manera pausada, elegante, una mujer preguntaba por ella y le decía que contestara que sabía que la estaba escuchando. Una ráfaga de viento abrió el ventanal que protegía el balcón. Un soplo de aire fresco que tenía tal fuerza que pensó que podría volar sobre él. Lo intentó y parece que lo ha conseguido. De momento no hay noticias que digan lo contrario. Su televisión sigue encendida, las palomas se comieron las migas y yo sigo aquí sin sentir nada, al igual que vosotros, pero por suerte, bien alejados. La distancia que separa los vivos de los que morimos todos los días. No siento nada pero ahora escribir tampoco me calma.

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Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

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