Hablábamos en el anterior artículo de rebañabraguetas que viven arrodillados delante de los gurús políticos que los utilizan, dependiendo el caso, como mamporreros o yeguas. Pero hemos recibido alguna pregunta al respecto pues parece ser que no dejamos claro sobre qué o quién hablábamos. Bueno, para ser más concisos, diremos que hablamos de todo aquel que trabaja en España como agnotólogo a sueldo. Es decir, enturbiando conciencias y saberes. Idiotizando la sociedad y creando perrillos de Pavlov incapaces de pensar por sí mismos. No trabajan en beneficio de argumentos y la razón sino que apelan a sensaciones, sentimientos y, en España, a resarcir heridas pretéritas que debían estar cerradas hace tiempo pero permanecen abiertas porque dan un rédito político más que evidente a sus jefes. Ahora bien, como homo quaerens que somos, o nos definimos, nos interrogamos continuamente sobre cuánto nos rodea, recibiendo a modo de respuestas cada vez más certezas sobre nuestra idiotez, adoctrinamiento e ignorancia. Haciéndonos caer en un profundo cráter de ignorancia teledirigida ante el cual, quien no se interrogue en busca de la auténtica verdad, caerá en el absoluto aborregamiento al que someten estos rebañabraguetas a sueldo al individuo medio patrio.  

Hablábamos, después de tener una discusión breve, pues el disenso en lugar de provocar debate hace que haya insultos y bloqueos masivos en las redes sociales, de un enjuagavergas profesional que se dedica a verter basura en todos nuestros cerebros. Una basura de donde no brotará más que un páramo de absoluta ignorancia y algún que otro capullo adoctrinado que le seguirá, como el lerdo del dicho, con el dedo metido en la linde de sus certezas aunque esta se haya acabado antes del inicio. Si esa linde fuese su trasero estaría dando vueltas sobre sí mismo semanas enteras con el dedo metido en su culo. Hablábamos, decimos, de una discusión que derivó en otras que crecieron, como ramas de un sauce llorón (pues no puede ser definido de otro modo lo que protagonizamos con algunos de sus acólitos) y que fueron igual de enriquecedoras que golpear nuestras cabezas repetidas veces contra una pared. Nos preguntamos, al ser insultados y vilipendiados por discrepar y responder a los insultos recibidos por el enjuagavergas antedicho y sus borregas amistades, cómo puede una persona con un mínimo de sensatez estar continuamente haciendo propaganda de una ideología determinada. Todo bajo el paraguas de la opinión. La opinión se crea pero, cuando lo que se dicen no son más que las proclamas y consignas señaladas, se trata de propaganda y no de opinión. Defendiendo como verdades absolutas una cuestión y la contraria dependiendo del mandato recibido. No sabemos si hay promesas bajo cuerda, si hay algún sobresueldo, o, lo que sería aún peor, si se creen verdaderamente las patrañas que aspersorizan sobre este fértil caladero de estultos que es nuestra sociedad. 

Somos un país que vive en una democracia relativamente joven. Que salió de una dictadura hace relativamente poco. Porque, si veinte años no es nada, que decía el tango, cuarenta años son dos veces nada. Una democracia que, estamos convencidos, debido a las nefastas políticas educativas que han perpetrado contra nuestra propia historia y cultura los distintos gobiernos por un deme usted unos escaños, ha ido involucionando y degenerándose a pasos agigantados. Una degeneración que, fagocitándose un poco más a cada instante, se ha acelerado por la cada vez más menguante capacidad de nuestra sociedad. Una sociedad de la que, no lo olvidemos, son reflejo nuestros políticos. Una sociedad ignorante e inculta y, por lo tanto, aborregada. Motivo por el cual ahora tenemos la peor generación de políticos de nuestra historia. Unos políticos que son, paradójicamente, poseedores de un brillante currículum y de un enorme mérito según nuestras propias universidades. Lo que muestra muy a las claras lo que vale la opinión de nuestras más altas instituciones educativas. Saquen de ello sus propias conclusiones. 

La democracia cuando degenera, decía Aristóteles, se convierte en demagogia. Una demagogia, como la nuestra, fuertemente degenerada, es un magnífico caldo de cultivo para el populismo. La demagogia aderezada de populismo, por su parte, derivará en una tiranía. Porque, lejos de vivir en una democracia, vivimos en una agnotología. Lo que nos lleva a lo señalado al principio del presente artículo. Pues se conoce como agnotología al hecho de inducir ignorancia o duda culturalmente en la sociedad. Robert Proctor, su ideólogo, indicaba que este fenómeno se da principalmente en ciencia y tecnología. En nuestro país, como tenemos unos pseudoperiodistas  rebañabraguetas, enjuagavergas y, en consecuencia, absolutamente entregados a los principios agnotológicos, vivimos en un páramo intelectual que beneficia a unos en detrimento de otros. Siempre a los mismos. Siempre en favor de la progresía. Pues la tiranía antedicha en nuestro caso es ideológica y cultural. Pero no sólo, porque también es del aborregamiento, del adoctrinamiento, de lo políticamente correcto, del pensamiento uniformado, de la conversión de ocurrencias en certezas absolutas, de los nuestros y los vuestros o lo que es igual: de los buenos y los malos. 

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