Que las dos sesiones de investidura que hemos vivido en la última semana no hayan dado un resultado positivo es una mala noticia para cualquiera. España no tiene una alternativa viable al mal llamado ‘Gobierno Frankenstein’, por lo que todo lo que no camine en esa dirección, por suerte o por desgracia, será poco menos que una llamada a la desilusión de la mayor parte electorado.  

El bochornoso espectáculo que ha supuesto la negociación entre Unidas Podemos y el PSOE -por las formas, que no por un fondo que demuestra que, con una disposición verdadera al entendimiento y miras estadistas y no partidistas, se podrían llevar a cabo políticas de peso para el conjunto de la ciudadanía– ha sido una piedra más en la mochila en la convivencia de las dos principales fuerzas progresistas del país a nivel estatal.  

Es importante la apreciación y el adjetivo “estatal”. En las últimas horas PSOE y Unidas Podemos -o sus delegaciones regionales- han alcanzado acuerdos tanto en Aragón como en Navarra para llevar adelante las investiduras de los equipos de gobierno autonómicos. Con la excepción de La Rioja (un impasse extraño que seguro se revertirá, no puede ser de otra forma) las negociaciones entre ambos partidos suelen llegar a buen puerto. En Navarra, incluso, con Geroa Bai en la ecuación. Un símbolo de esas fuerzas nacionalistas con las que parece imposible el entendimiento en el Congreso de los Diputados. 

No queda muy claro el motivo de esa imposibilidad de tener un diálogo maduro con esas fuerzas nacionalistas o regionalistas. Tanto Aitor Esteban, al que se le podrá reprochar lo que uno quiera (sus ambiciones presupuestarias para Euskadi o un cierto veletismo, por ejemplo) pero que es un político centrado e inteligente, como el “nuevo” Gabriel Rufián, con los mismos planteamientos pero con un tono menos combativo, dieron dos magníficos discursos en la sesión de investidura apuntando directamente a la incapacidad de rojos y morados para ponerse de acuerdo. En dichos discursos hicieron gala de una visión -por lo menos de una dialéctica- comprometida con el acuerdo. 

Resulta curioso como ambos políticos apuntaron especialmente como culpables del fracaso de la negociación a Unidas Podemos. Las declaraciones de Rufián -en las que le decía con otras palabras a Iglesias que de qué iban, que hace cuatro años no existían y que podían hacerse con tres ministerios y una vicepresidencia, que demostraran que podían ser mejores que el PSOE gestionando esos ministerios, que solo de vender humo, Pablo, no se puede vivir- sorprenden por la mayor sintonía habitual entre UP y ERC. Incluso con la promesa de Sánchez de servir a España vio el catalán unos modos más responsables desde el PSOE que desde el partido a su izquierda. 

Algo así deben pensar también en Izquierda Unida. Solo un día después de la segunda y definitiva por fallida sesión investidura, el grupo confederal se pronunció poco menos que renunciando a un Gobierno en coalición y proponiendo un acuerdo programático y de gobierno con el PSOE. El llamado acuerdo ‘a la portuguesa’, que tanto mentó Podemos cuando no tenía opción de tocar poder y del que se olvidó nada más terminar las elecciones del 28A. 

Pero no se libra el PSOE de su asumir sus responsabilidades con respecto a su fracaso. El tacticismo exacerbado de Sánchez auspiciado por Iván Redondo -que va camino de convertirse en un nuevo Godoy, en una Soraya sin carnet- le ha llevado a garantizarse solo el apoyo de un diputado, el del PRC, que además se convenció por el pacto de gobierno en Cantabria. De nuevo lo regional sobre lo estatal.  

Si hubiera habido una voluntad real de llegar a acuerdos se habrían logrado. Parece mentira que desde Moncloa vean a la derecha ponerse de acuerdo con suma facilidad en todos aquellos lugares donde tienen ocasión de hacerlo (lo que por otro lado es absolutamente normal y entendible conociendo sus intereses) y Sánchez, Iglesias y sus respectivos equipos sigan empeñados en el más difícil todavía. A diferencia de sus votantes, por supuesto. 

Sigue sorprendiendo el insolventable problema de actitud de la izquierda. Como comentó Rufián en el hemiciclo, la izquierda está acostumbrada a perder. Si en lugar de discutir entre ellos por el relato intentaran construir uno en el cual hubiera capítulos de gobierno exitosos, los precedentes para las futuras votaciones no serían un mirar atrás con nostalgia y estrecharle la mano al rival aceptando la derrota con deportividad. 

A pesar de todo esto, el detalle más significativo de la sesión de investidura de las izquierdas lo puso sobre la mesa el PP de Casado. En un clima polarizado con Ciudadanos convertido en un partido extremista -de momento solo en las formas- y Vox añorando un nacional-catolicismo tan arcaico que hasta suena obsoleto en lugar de preocupante, el PP da un paso al centro abiertamente y le pide a Sánchez que haga lo mismo. Tirar hacia el centro para volver a quedarse con el tablero, pactos de Estado en cuestiones claves y una oratoria, tanto en el cómo como en el qué de política de verdad. Nada que ver con naranjas o verdes. Los primeros sumidos en una dinámica por la que parece que, en unos meses, no les va a reconocer ni la madre que los parió.

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