Hace unos días, el reconocido actor Michael Caine aseguró que no volvería a trabajar junto a Woody Allen nunca más. Con este propósito se suma a la causa, apoyada por otros cineastas, como Ellen Page o Colin Firth, de no colaborar con un director envuelto recientemente en un escándalo sexual. La polémica y los descubrimientos (y encubrimientos) machistas en Hollywood salieron a la luz a raíz del caso de Harvey Weinstein, que fue acusado por multitud de actrices de haber abusado de ellas. A partir de noviembre del año pasado se destaparon varios casos en los que se vieron involucrados grandes personalidades del mundo del cine. Después de Weinstein, se descubrió a Kevin Spacey y a Dustin Hoffman; otros, como Louis C.K, admitieron su culpa, al haber utilizado su posición privilegiada con fines sexuales. Hoy, los casos siguen saliendo, descubriéndose una verdad del mundo del cine, oculta durante décadas, reveladora de una triste realidad que mucha gente del gremio está dispuesta, por fin, a combatir.

La reciente acusación hacia Woody Allen es una de las más polémicas, debido a que no admite su culpa y a que es un icono importante de la historia del cine. Además de los cineastas que se han negado a trabajar con él, las palabras de su hija adoptiva, Dylan Farrow, han suscitado otro tipo de contradicciones. En Oviedo, por ejemplo, la Plataforma Feminista de Asturias barajó, sin éxito, retirar la estatua del cineasta, erigida en 2003. Por otro lado, personas como Alec Baldwin, Kate Winslet o Diane Keaton han salido en su defensa, cosa que ha generado discusiones entre varios actores. Este panorama de polémica generalizada me ha hecho reflexionar sobre su figura, llegando a la conclusión de que la controversia se debe a que se confunden términos a la hora de juzgarle por sus hechos.

Allen tiene un largo recorrido como director; desde 1971 ha dirigido, como mínimo, una película al año, siendo muchas de ellas parte fundamental de la historia del cine. El problema de juzgar a un director con tantas y tan buenas películas a la espalda es que se puede confundir la acusación de su persona con el valor artístico de su obra. Después de ser señalado por Farrow, los hechos que se le atribuyen se deben cuestionar e investigar (volver a investigar en este caso), pero eso no le quita ningún tipo de valor a sus películas pasadas, aunque sí pueda quitárselo a las futuras. Es decir, Annie Hall va a seguir siendo Annie Hall sea Allen culpable o inocente; y Manhattan seguirá siendo Manhattan. Pero estas son afirmaciones que nos conducen a un debate sobre la autonomía del arte, que no viene ahora al caso. Lo que sí se verá afectado, seguramente, es su próximo proyecto, debido al evidente vacío que puedan hacerle las productoras. De hecho, Amazon, la encargada de financiar Wonder Wheel, su último trabajo, había firmado un contrato con él para realizar cinco proyectos y, ahora, se está pensando si estrenar el siguiente, ya terminado, pagar una indemnización a Allen y acabar con la colaboración. Además de reflexionar sobre la separación entre su vida y su obra, tanta noticia sobre Allen me ha recordado que se encuentra entre uno de mis directores de cabecera y he querido saber por qué.

Lo descubrí en la Universidad, mientras estudiaba la carrera de Filosofía. Había oído hablar de él y tenía la noción de que era un director significativo para la historia del cine y del humor. Un día, confesé a uno de mis compañeros que todavía no había visto ninguna película suya y, sorprendido, me dijo que cuando lo hiciera no iba a poder parar, porque era tan divertido que resultaba prácticamente imposible no desternillarse con las reflexiones metafísicas y absurdas sobre la existencia, plasmadas en sus cintas. Ahora, después de haber visto varios trabajos, entiendo por qué un director como Allen llamaba la atención de mi compañero y capta la del público estudioso de las humanidades, ya que introduce continuamente referencias a filósofos, literatos, músicos, cineastas, pensadores y personalidades del mundo de las letras y de las artes, que gustan y atraen a un estudiante de primero de Filosofía o de una carrera similar.

Pero volvamos al descubrimiento. Me fui a casa con el consejo de mi compañero en la mochila y, a pesar de que me habían dicho cuáles eran las mejores de sus películas para iniciarme en su complejo mundo, decidí empezar por el principio. Vi las cintas del primer periodo, desde 1969 a 1975, y me quedé hechizado con lo absurdo que parecía ser todo. Experimenté una sensación inquietante porque, detrás de todas las bromas absurdas de filmes como Toma el dinero y corre o Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar, parecía esconderse algo. Era como si, de repente, el absurdo tuviera sentido. Eso me fascinaba. Aquellas películas rebosaban un humor que era hijo del cine de los Hermanos Marx y que marcaría las bases narrativas de sus trabajos venideros. De esta etapa me gustaron especialmente Bananas y, sobre todo, La última noche de Boris Grushenko; película que he visto en multitud de ocasiones y de la que nunca me canso. Es un trabajo que recoge varios de los elementos del primer periodo del director y en el que el protagonista, Boris, interpretado por el propio Allen, es inseguro, cobarde y reflexivo; un hombre obsesionado con el amor y con la muerte, por supuesto, que habla con mucha timidez y que, además, es neurótico. Este papel será recurrente, interpretándolo él mismo en la mayor parte de las ocasiones. Por otro lado, en La última noche de Boris Grushenko, además de mostrar todas las preocupaciones existenciales y metafísicas sobre la vida y la muerte, introduce referencias a El séptimo sello, de Ingmar Bergman, homenajeando a otro de los cineastas más influyentes en su cine. Con este film completé la visualización del primer ciclo de los trabajos de Allen y me divertí tanto que decidí continuar.

A los siguientes proyectos me acerqué poco a poco, de forma más pausada y sin un orden tan claro. Sin embargo, aunque he de admitir que muchas de sus películas pasaron desapercibidas y son repeticiones argumentales y temáticas de otras más originales, las principales y más reconocidas me marcaron profundamente, convirtiéndose en unas de mis grandes referencias cinematográficas. Mi película preferida, sin ninguna duda, es Annie Hall, porque con ella ocurre algo similar a lo que sucedía con La última noche de Boris Grushenko: deja marcadas las pautas temáticas y argumentales de todo el cine que Allen hará después. Si en Grushenko el director plasmó los tormentos existenciales que rondaban su compleja cabeza, en Annie Hall expondrá los sentimentales: todas sus películas pueden reducirse a la muestra de estos dos problemas. Por un lado, esto es positivo, porque le dota de un estilo propio e inconfundible y, por otro, negativo, ya que debido a ello cae en continuas repeticiones. Lo que quiero decir es que, viendo Annie Hall y Manhattan, te puedes ahorrar el visionado de otras como Recuerdos o Maridos y mujeres, por ejemplo, y que viendo La última noche de Boris Grushenko y Delitos y faltas ya has visto gran parte de Match Point y de Irracional Man, pues tratan los mismos temas y poseen la misma base argumental. Las películas en las que expresa el tormento existencial se basan en la muestra de la angustia de los protagonistas al haber cometido un acto moralmente espantoso. Allen vuelca en los personajes el pensamiento de sus pensadores y literatos preferidos, como Camus y Dostoyevski, que formarán parte importantes de sus películas existenciales. Sin embargo, el tormento expuesto en Annie Hall, y en todos los sucedáneos, es el de la imposibilidad de mantener una relación sentimental duradera, bajo la idea de que el amor no es eterno. El protagonista, el cómico Alvy Singer, después de fracasar en su relación con su querida y anhelada Annie, se da cuenta de que las relaciones de pareja perfectas existen únicamente en el teatro y en las artes, y que, aunque sean absurdas e irracionales, son necesarias porque sin ellas la vida carecería de sentido. El resultado, veas la película que veas, es la exposición de las alborotadas y espantosas ideas de Allen, la aparición  del tormento, de la angustia y de la desesperación, ya sea existencial o sentimental.

Veo que no acabo, que la reflexión sobre Woody Allen se me está yendo de las manos. Parezco uno de los protagonistas de sus filmes que, inseguros, quieren condenar y cuestionar a su creador por las recientes acusaciones, pero de ninguna manera pretenden juzgar moralmente sus películas. Hoy mi compañero de clase estaría orgulloso al ver que su consejo no solo me sirvió para acercarme al absurdo y a la angustia, tan característicos de su cine, sino también para reflexionar sobre ello y, entre otras cosas, compararlo con diversas formas artísticas, así como con pensadores, escritores, músicos y… agoreros en general.

¿Qué pensará él acerca de todo esto?

 

 

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