Saber todo de todo el mundo, en todo momento. Ver a todo el mundo, todo el tiempo, en todos los lugares y actitudes. El mayor deseo del siglo XXI es el voyeurismo, que por magia de Internet ha llegado a ser la pulsión más extendida del planeta. Políticos y deportistas que se tapan la boca mientas hablan porque de lo contrario una legión de ángeles del periodismo leerán sus labios para contar a quien le interese y a quien no qué pasaba por su cabeza en el campo o en la cámara. Nos debería dar igual, pero queremos saber qué brama un jugador en la banda. Y encontramos un periodista que nos descifra que el deportista, efectivamente, ha mencionado a los fallecidos de algún rival. Famosos que otean el cielo porque en cualquier momento un dron puede fotografiarles desnudos, asomados al balcón, haciendo el amor, jugando con sus hijos. Actrices que tienen que elegir muy bien la playa para no ser portada de revista. Individuos anónimos que muestran todo de manera gratuita, y famosos que muestran lo que quieren, según tarifa vigente. Bienvenidos al siglo del voyeur.

«Individuos anónimos que muestran todo de manera gratuita, y famosos que muestran lo que quieren, según tarifa vigente. Bienvenidos al siglo del voyeur»

Como el exhibicionismo gratuito y voluntario es una cuestión mucho más pensada e industrial de lo que en principio pueda parecer, las redes sociales se especializan. Twitter, de momento, está en lo de la exhibición verbal, e Instagram es el palacio del culto a la imagen. Para este tipo de exhibiciones sin demasiada recompensa la ancestral chispa creativa española ha creado la palabra perfecta: postureo, el neologismo más brillante y acertado del siglo XXI en nuestra tierra. Tenemos tan interiorizado este comportamiento (mostrar a todo el mundo nuestras fotos, relatar al universo nuestra vida, hablar para el gran público de política o religión) que nos ha llegado a parecer perfectamente  normal, aunque no lo sea. Y la consecuencia léxica es que palabras como “indiscreción”, “imprudencia” o la mismísima “privado” están envejeciendo a una velocidad pasmosa. Ya nadie utiliza la palabra indiscreción, y la explicación sencilla es que muy pocas situaciones nos han llegado a parecer merecedoras de ese calificativo. Todo, hasta lo más íntimo, puede mostrarse en cualquier lugar y momento. Porque otra verdad de esta fiebre entre exhibicionista y voyeurista es que los privilegios de información se igualan, lo que quiere decir que tiene el mismo derecho a ver tu fotografía del fin de semana tu hermano que aquel fulano que agregaste hace mil años a una red social aunque apenas le conocías y no has vuelto a verle.

«otra verdad de esta fiebre entre exhibicionista y voyeurista es que los privilegios de información se igualan»

Estando así las cosas, nuestras vidas transcurren en el intercambio de roles entre exhibirnos u observar. A ratos somos voyeurs de las vidas de otros y a ratos ofrecemos la nuestra, porque esa es otra diferencia notable respecto al voyeurismo tradicional, que por otra parte debe ser tan antiguo como la humanidad. En el canon clásico, el voyeur era alguien que observaba la vida de los otros para lascivia o cotilleo propio, y que normalmente permanecía recluido en su propio trauma de vividor de las vidas de otros. La actitud nos parecía entre morbosa e infame, una especie de apetecible enfermedad. Sin embargo en nuestro orden de cosas contemporáneo el voyeur con frecuencia trabaja a un mismo tiempo los roles de observador y observado, fluyendo la electricidad del morbo en ambas direcciones y creando esa especie de tráfico denso del postureo que es Internet.

El XXI es el siglo de la propaganda de uno mismo, pues sin darnos demasiada cuenta nos hemos convertido en vallas publicitarias de nuestras vidas. Se nos ha creado la necesidad de exhibir que nuestras vacaciones son las mejores, nuestra familia la más molona y guapísima, nuestros cuerpos lo mejor que se despacha, y cada perfil en una red social es una oportunidad de abrir escaparate y ofrecer tu interior al mundo, para que la gente mercadee como guste con tus fotos y tus recuerdos.

«El XXI es el siglo de la propaganda de uno mismo, pues sin darnos demasiada cuenta nos hemos convertido en vallas publicitarias de nuestras vidas»

El director de cine Alfred Hitchcock poseía unos traumas personales suficientemente modernos como para regalarnos esa biblia del voyeur que es La ventana indiscreta. Si nos embarcáramos a realizar un remake contemporáneo (algo que nunca se debe hacer con una obra maestra, pues el resultado siempre va a resultar ridículo en comparación con el original), el papel de James Stewart tendría que  alternar espionaje y exhibición, por eso de que nuestro siglo ha inventado la corriente alterna del voyeurismo, que consiste en ser objeto de exhibición y fisgón a un mismo tiempo. Gay Talese, uno de los mejores escritores americanos en activo, ha escrito mucho y bien sobre este deseo omnipresente del voyeurismo. Publicó hace unos años El motel del voyeur, una historia sobre el dueño de un hotel que espiaba a sus inquilinos,  y antes La mujer de tu prójimo, un análisis pormenorizado de todo deseo, el que nos avergüenza y el que no. Cuando entrevistan a Talese, este dandy de Nueva Jersey suele decir que todo buen periodista tiene mucho de voyeur, y lleva razón, pero eso es lo que ocurría antes de que todo el mundo se convirtiera en hurón de lo banal. El periodista clásico (una profesión que se muere, pero eso es tema para otro artículo) hizo del espionaje su oficio, y eso funcionaba razonablemente bien hasta que cada hijo de vecino ha hecho de la exhibición y la vigilancia de la vida de los demás un modo de vida.  La norma es que si todo el mundo mira ya nadie lo hace, si todo el mundo habla ya no hay nada que contar.

«En toda esta fiebre de intercambios banales, se olvida que nada puede ni debe reemplazar al deseo en tres dimensiones. Las relaciones cara a cara no son una posibilidad, son la posibilidad»

En toda esta fiebre de intercambios banales, se olvida que nada puede ni debe reemplazar al deseo en tres dimensiones. Las relaciones cara a cara no son una posibilidad, son la posibilidad. Las fotografías apenas se parecen a cómo somos realmente, si uno lo piensa bien. Los vídeos son retales deshilachados de nuestras vidas que no llegan a contar nada, que no nos representan. Nuestro pensamiento en Internet no suele ser nuestro, sino plagio de lo que hemos leído aquí y allí. La vida de verdad, la analógica, contiene la mayor de las magias: parecer bastante más gris que la virtual pero es en realidad mucho más excitante. Nacemos y morimos analógicamente, no lo olvidemos. También nos enamoramos así, sin electrónica de por medio, y de esa forma deseamos.

Si todo sigue este camino errado de la extinción de la privacidad, habrá que introducir una materia nueva en el currículum de los escolares, para que aprendan los límites y uso de la vida. Yo llamaría  a esa nueva asignatura simple, cariñosamente, intimidad.

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