Una parte considerable del poder del pensamiento ecologista murió cuando los políticos lo incorporaron en su discurso. Ocurrió porque la política contemporánea es una fábrica de ideas que duran muy poco. La velocidad de nuestra sociedad hace que el ahora nos parezca insuficiente y el ayer una cosa añeja y medio olvidada. Las noticias, por tremendas que sean, han llegado a ser juguete de un día, por la sencilla razón de que mañana nos entretendremos con otra cuestión. Nuestros líderes (y ahora hablo en una perspectiva global, no refiriéndome sólo a nuestra vieja España) se han convertido en una especie de rey Midas: gente con mucho poder que destruye cuanto toca.

“Una parte considerable del poder del pensamiento ecologista murió cuando los políticos lo incorporaron en su discurso. Ocurrió porque la política contemporánea es una fábrica de ideas que duran muy poco.”

Todo es viejo en un mundo que se actualiza en cada instante, y el hecho de que nada permanezca tiene la nefasta consecuencia de que arrincona los procesos largos, las medidas que necesitan mucho tiempo para obtener resultados. El cortoplacismo habitual de la política ha evolucionado hasta instalarse en el instante, una estrecha grieta en la que no caben las grandes decisiones, que son las que podrían salvar el planeta. Por ello me apena profundamente percibir que la ecología y el desarrollo sostenible, uno de los mayores desafíos que tiene la humanidad (si no el mayor) está perdiendo importancia y presencia en nuestra vida diaria.

No se nos dice que los esfuerzos tan buenrollistas como miopes de los responsables de educación por crear una verdadera conciencia ecológica en nuestros jóvenes sencillamente no funcionan. Mucho póster chachipiruli y mucha campaña de apaguemos luces y salvemos el planeta, pero después echen un vistazo a la basura esparcida por cualquier patio en cualquier colegio y contemplarán el horror. Sensibilidad ecológica cero, la de nuestros niños. Paseen por un parque después de un botellón, o caminen cualquier día por la arena después de un domingo de playa. No hemos aprendido nada de nada, hemos fracasado rotundamente en nuestro intento de cambiar mentalidades, de manera que hay que reiniciar el sistema y pensar despacio qué hacemos para educarnos en la salud de la Tierra.

“Mucho póster chachipiruli y mucha campaña de apaguemos luces y salvemos el planeta, pero después echen un vistazo a la basura esparcida por cualquier patio en cualquier colegio y contemplarán el horror.

La clave de la decadencia ambiental del planeta sigue estando en el origen del problema, por otra parte. Ese origen es de manera fundamental la industria y las grandes corporaciones, esos culpables muditos y silenciosos a quienes no les interesa que reconozcamos la enfermedad del planeta y a la humanidad como virus de la esfera en que vivimos. Seamos serios: las campañas que se dirigen exclusivamente a la población (cierre el grifo, apague la luz) son profundamente hipócritas. Una hora de aire acondicionado a climatización polar en una gran superficie (empleados que tienen que llevar rebeca y camisa larga en pleno agosto) consume más energía de la que usted y yo podamos ahorrar en una vida. Los embalajes de plástico de los productos siguen siendo un derroche obsceno, porque continuamos anclados en la mentalidad de que cada producto es una valla publicitaria. Miren un simple yogur: cartón a todo color que sostiene envases con tapa polícroma enfundados en una o más etiquetas. Un derroche de recursos para guardar en el interior unos gramos de yogur. En la industria contemporánea, hasta el objeto más sencillo nos llega envuelto en una orgía de recursos naturales.

He tenido la suerte de pasar gran parte de junio en una localidad costera de mi Andalucía. Un lugar que alguna vez fue un ecosistema sagrado, y ahora es un litoral urbanizado en cada centímetro. El clima se serenaba y anunciaba el verano. Después de un invierno inusualmente crudo y lluvioso, uno notaba que la gente tomaba el cambio de estación y la llegada del calor con verdadero entusiasmo. El ayuntamiento del pueblo en el que estaba (qué más da su nombre, pues de lo que quiero hablarles sucede en todas partes) invertía no pocos recursos en tener el paseo marítimo listo, pintado, arreglado, maqueado como un novio que se prepara para recoger a su chica. Operarios pintaban los bancos y las farolas, de ese blanco inmaculado que hace de Andalucía una antesala del cielo. Ese mismo ayuntamiento, como tantos en todo el litoral español, se preocupaba de cada pequeña papelera, de cada detallito de mobiliario urbano y cada deseo funcional del turista, pero se la traía al pairo la fuente real de toda la riqueza del municipio: el mar. El mar de esa localidad, la mitad de los días, es un vertedero de excrementos y desechos porque no hay una depuradora de residuos en el municipio o la que hay no es eficaz. Las farolas, efectivamente, están pintadas, los paseos listos para el desembarco de turismo, pero el mar es el trapo sucio de nuestras viviendas. Nuestra costa se degrada cada día, y a nadie parece importarle lo más mínimo. Estamos extenuando nuestro Mediterráneo, y no sé cuánto tiempo hace que no oigo a nadie hablar en serio de qué hacer para salvarlo. La mayor parte de los españoles se hizo ecologista de lance y oportunidad, sin demasiada convicción, más por un arrebato de modernidad (¿qué hay que ser ahora, ecologista? ¡Pues lo somos! ¡Más que nadie!) que por verdadera convicción. Pero hay que recordar a la gente que no se puede salvar el planeta haciendo clic en me gusta cuando un osito hace carantoñas.

“Nuestra costa se degrada cada día, y a nadie parece importarle lo más mínimo. Estamos extenuando nuestro Mediterráneo, y no sé cuánto tiempo hace que no oigo a nadie hablar en serio de qué hacer para salvarlo.”

Que nadie me hable de competencias, por favor. Que nadie me recuerde el ministerio de no sé qué o la concejalía de no sé cuánto. La naturaleza es competencia de todos, siempre. Nos preocupamos de mantener un litoral de servicios, que convierte las playas en pequeños hoteles, con duchas y papeleras, algo que por otra parte es ecológicamente más que dudoso, porque una playa tiene que ser eso, una playa. Cuanto menos urbanizada mejor, y el que quiera una acera que se quede en la ciudad. Nadie se preocupa suficientemente de la calidad del agua o de la salud de nuestro Mediterráneo, que va pareciéndose cada vez más a una charca sucia. Pasarán los años y seguiremos mirando al mar, porque es imposible que nuestra vista no se dirija a algo así. Pero en un tiempo, si no hacemos nada al respecto, lo que veremos será un enorme vertedero.

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