Todo aquello que inspira lo marginal, lo olvidado. Lo invisible como fuente de energía y de empoderamiento. La nostalgia. La cultura pop como un recurso inagotable de historias y personajes que dentro de unos años recordaremos como iconos de la pequeña pantalla millennial. Empiezo a odiar a Los Javis porque solo tienen buenas ideas, porque solo saben contar buenas historias, a través de una marca que ya es reconocible en el panorama nacional.

«Empiezo a odiar a Los Javis porque solo tienen buenas ideas, porque solo saben contar buenas historias, a través de una marca que ya es reconocible»

Cristina Ortiz fue un juguete que murió envenado por todos aquellos que lo crearon y eso es lo que muestran, con el respeto de quien, ante todo, venera al personaje que plasma en la pantalla, Javier Calvo y Javier Ambrossi. Los directores han bebido del libro de memorias de La Veneno, (¡Digo! Ni puta ni santa) escrito por Valeria Vegas. Veneno es el punto de inflexión en la carrera de los Javis, porque supone un paso más allá en la construcción de su imaginario y en su manera de narrar. En Veneno hay una madurez que no habíamos visto antes, hay una evolución en el costumbrismo españolito, para reflexionar entorno a la supervivenvia de los perdedores y de los personajes trash que se esconden tras hileras de focos y sesiones de terapia. Es importante, también, la oda a la defensa de la identidad y de lo que supuso La Veneno para el orgullo transexual a partir de los 90. Veneno es un homenaje a los olvidados.

La fórmula del éxito de Paquita Salas sigue funcionando, pero esa mezcla de drama y humor sube de nivel en Veneno. Los Javis tienen un compromiso especial por el mundanal ruido de la calle y por eso sus guiones provocan carcajadas y lagrimeos. Así es la vida de los mortales. Es imposible no encariñarse con sus personajes, cuando, a veces, nos sentimos tan identificados con sus pecualiaridades y sus rarezas. Esto acaba de empezar (solo podemos disfrutar de un capítulo), y la serie no puede ser más prometedora.

En el primer episodio nos trasladamos a los bajos fondos de La noche que cruzamos el Mississippi, el programa de Pepe Navarro (magistralmente interpretado por Israel Elejalde). Pero también, vamos al Parque del Oeste, a observar cómo la televisión construye mitos para el divertimento de una opinión pública atrapada en un sofá clasista sustentado en miles de prejuicios y memes, mientras enmudece a grupos minoritarios, que tienen que verse obligados a prostituir su alma para ser escuchados. Algo que ya planteó Elisabeth Noelle-Neumann en La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social.

«Hay un flechazo con sus personajes, y en Veneno, hay un amor inconmensurable por su hermosa criatura. Por aquella que no fue ni puta ni santa, sino a veces Cristina, y para siempre La Veneno»

La noche que cruzamos el Mississippi abrió la puertas a muchos extraterrestres. Algo por lo que también nos acordaremos de los Javis dentro de no mucho, porque, desgraciadamente, no hemos cambiado tanto. Somos una sociedad a la que le cuesta reconocer que puede haber vida en Marte. La visibilidad, otro aspecto clave que los creadores clavan y estimulan. Hay un flechazo con sus personajes, y en Veneno, hay un amor inconmensurable por su hermosa criatura. Por aquella que no fue ni puta ni santa, sino a veces Cristina, y para siempre La Veneno.

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