Cuando Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), recibió hace unos meses el Nobel de Literatura 2017 ¿a quién no le vino a la cabeza su novela más aclamada «Los restos del día»?, ¿y la imagen de Anthony Hopkins como el impertérrito mayordomo Stevens? Pero con independencia de la popularidad que suelen generar los premios y las adaptaciones cinematográficas, voy a tratar de convenceros en las próximas mil palabras de lo que tiene de especial esta obra literaria y por qué vale la pena adentrarse en ella.

Tal vez sea propio de viajes como el que realizo que uno se vea incitado a replantearse, desde perspectivas sorprendentemente nuevas, temas que ya creía superados

Mister Stevens, protagonista y narrador en primera persona de la novela, ostenta el puesto de primer mayordomo de Darlington Hall desde hace casi cuarenta años. Acaba de tomarse (por ofrecimiento de mister Farraday, el nuevo dueño de la mansión) cinco impensables días de vacaciones y su reflexión nos muestra que el hecho de salir de su zona de confort está empezando a causar efecto en él.

Tanto en la literatura como en el cine, un viaje (el arquetipo argumental del viaje iniciático) suele funcionar como detonante para que sus protagonistas inicien un proceso interior paralelo que les obligue a revisar su vida y así poder evolucionar y seguir adelante. Pero ¿qué acontecimientos en la vida de un entregado mayordomo, vocacionalmente aislado del mundo, tendrían necesidad de ser revisados? En primer lugar, la multitud de hechos sucedidos en Darlington Hall durante los más de treinta y cinco años que estuvo a las órdenes de lord Darlington: reuniones y movimientos estratégicos de alto nivel relacionados con la delicada y compleja situación política de Europa antes y después de la 2ª Guerra Mundial y en los que su (admirado) señor jugó un importante papel que le valió su posterior hundimiento social. En segundo lugar, el cúmulo de encuentros y desencuentros vividos en el pasado con miss Kenton, antigua ama de llaves de Darlington Hall.

Pero la promesa de conocer dichos hechos no garantiza en sí misma el interés del lector a lo largo de las más de doscientas páginas. Hay un elemento mucho más poderoso que es la voz del narrador, la voz de ese mayordomo educado, reflexivo y consecuente que, sin embargo, va cayendo de manera puntual y a veces casi imperceptible, en pequeñas contradicciones. Y son dichas contradicciones las que sacan a relucir el complejo conflicto interno que se urde en las entretelas del personaje.

Porque Ishiguro sabe que las cosas no son blancas o negras, y su literatura así lo refleja

Stevens se halla enredado en el clásico debate entre el deber y la voluntad con una particularidad: que él mismo se sitúa entre ambos extremos (y también en el mundo) no como hombre sino como mayordomo. Y todo buen mayordomo solo tiene una postura frente a todo lo que quede estrictamente fuera de sus obligaciones: la indiferencia (lo que él denomina «dignidad»). Esa actitud combinada con otros rasgos de carácter, como su escasa empatía, hace que viva en una perpetua  desconexión emocional con el mundo, no solo el que hay más allá de las paredes de Darlington Hall, si no el mundo próximo de las personas con las que trabaja a diario codo con codo. Los recuerdos de su relación en el pasado con miss Kenton (una mujer de firme personalidad y carácter emocional) ponen de relieve no solo la tensión sexual no resuelta que había entre ambos, sino que contribuyen a reforzar aún más la imagen contenida y esforzada del mayordomo. Relacionado con esto, el autor introduce un apunte a través del retrato del señor Stevens padre (también mayordomo, también «digno») sin aclarar si se trata de una particularidad genética, si es producto de la mímesis o si ambos son el triste resultado de una educación empobrecida por la ausencia de contacto o de cariño. O todo junto. El caso es que el autor nos sumerge con toda su mala intención en ese mar de grises para, después, abandonarnos en él. Porque Ishiguro sabe que las cosas no son blancas o negras, y su literatura así lo refleja.

El título «Los restos del día» se refiere a esos momentos fugaces de reflexión en los cuales uno decide si indaga en el pasado o disfruta del momento que se le brinda justo en ese instante

Por otra parte, la idiosincrasia de Stevens destila una especie de inocencia que impregna muchas de sus reflexiones y a menudo el lector percibe los hechos que relata con mucha mayor claridad que él mismo. Se trata, por tanto, de lo que se conoce como un «narrador no fiable» con la característica de que, además, no es consciente de ello. Una apuesta técnica de gran dificultad que no admite fisuras y que Ishiguro ejecuta con maestría.

La estructura de la novela es la de un diario de viaje en la que los días se numeran metódicamente. En cada jornada se alterna información diversa: los lugares que ha visitado ese día o con quién se ha encontrado, sus reflexiones sobre su profesión y lo que se debe considerar o no un buen mayordomo y los recuerdos de los días gloriosos en Darlington Hall con todos aquellas personalidades, invitadas por lord Darlington, que iban a cambiar el curso de la historia, así como sus propias idas y venidas con miss Kenton. Toda esa información aparentemente desconectada entre sí, se va hilando de un modo natural y pertinente a través de las reflexiones del narrador con el objetivo de ir adentrando un poco más al lector en la psicología del protagonista, sus contradicciones y su particular percepción de los hechos. De esa sutil amalgama es de la que empiezan a aflorar las contradicciones de mister Stevens y, a continuación, las dudas.

El título «Los restos del día» se refiere a esos momentos fugaces de reflexión en los cuales uno decide si indaga en el pasado o disfruta del momento que se le brinda justo en ese instante. Stevens ha pasado todo su viaje mirando hacia atrás, ha descubierto cosas que no son de su agrado y la pregunta es ¿en qué va a emplear sus restos del día?. Os adelanto que Ishiguro no es un autor complaciente en su mensaje y que esta no es una obra en la que al final todo encaja a la perfección. La evolución del personaje no es redonda ni completa, porque la vida no es así y aunque él toma conciencia de los errores cometidos no puede dejar atrás su particular idiosincrasia y decide seguir adelante con ella, sin embargo ¿podrá hacerlo con la misma frialdad ahora que sabe que con su labor sirvió a la causa de un simpatizante nazi o que pudo ser feliz junto a miss Kenton pero las oportunidades de tenerla a su lado ya están definitivamente agotadas?

Por último, en relación al dardo que menciono como título de la reseña, animo a aquellos que os embarquéis en esta lectura a que, una vez finalizada, releáis con especial atención la frase que abre la novela. Una frase que se enuncia con un desproporcionado esfuerzo oratorio para transmitir un mensaje absolutamente simple, y es que lo que pretende en realidad es condensar el espíritu de ambigüedad, contradicción y desafección del protagonista que condicionará todo su relato. Os la podría haber transcrito pero entonces ya no tendríais tanta curiosidad ¿no?

Que aproveche.

Los restos del día
Kazuo Ishiguro
Anagrama, 2015
253 páginas

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