5 de mayo de 1956, estadio de Wembley. Faltan unos minutos para que termine la final de la FA Cup. Peter Murphy, delantero del Birmingham City, se interna en el área del Manchester City buscando un gol que meta a su equipo en un encuentro que pierden por tres goles a uno. Entonces Bert Trautmann, portero de los del Mersey, sale a su encuentro a toda velocidad. El choque es terrible, y el portero queda tendido unos minutos sobre el césped. Al levantarse su cuello está girado de una forma extraña, con un enorme bulto asomando por la nuca. Acabará el partido y se proclamará campeón de la Cup. Unos días después las radiografías muestran que ha jugado varios minutos con una vértebra rota. Trautmann, que no retornará a la portería en casi un año, no se inmuta. Volverá a escaparse de la desgracia, como lo hizo antes tantas veces. Porque, con todo, la historia anterior no es la más interesante de Trautmann, ni mucho menos. Y es que este hombre poseía un bagaje vital de tal magnitud que bien puede ser tomado como espejo de la Vieja Europa a mediados del siglo XX. Un año antes, en 1955, Trautmann había sido el primer alemán en jugar la final de la FA Cup. Y es que Bert se llamaba en realidad Bernhard, y había llegado a Gran Bretaña de forma muy diferente a como lo hacen en la actualidad los grandes futbolistas…

“Bert Trautmann poseía un bagaje vital de tal magnitud que bien puede ser tomado como espejo de la Vieja Europa a mediados del siglo XX. Había llegado a Gran Bretaña de forma muy diferente a como lo hacen en la actualidad los grandes futbolistas…”

Año 1944. Bernhard Trautmann es sargento de la Luftwaffe y uno de sus más experimentados paracaidistas. Ha completado misiones exitosas tanto en el Frente Oriental como en Francia, a resultas de lo cual fue condecorado con la Cruz de Hierro e, incluso, escurridizo e inteligente como era, ha logrado escapar tras ser capturado tanto del Ejército Rojo, primero, como de la Résistance francesa después.

Pero ya estamos, como dijimos, en 1944, parece claro que Alemania va a perder la guerra y el sargento Trautmann decide desertar del Frente Occidental, donde está destinado, y volver a pie a su Bremen natal. A nadie puede sorprender a estas alturas que consiga fugarse cuando, finalmente, es apresado por una patrulla estadounidense, pero su suerte parece acabar allí. En su huida salta una valla y se topa con un par de soldados ingleses, que, sardónicos, le ofrecen tomar una taza de té y le apresan como rehén. Esta vez Trautmann, quizá cansado de correr, asume su condición.

Es trasladado primero a Bélgica, para más tarde pasar a sendos campos de prisioneros en el norte de Inglaterra, primero en Marbury Hall y mas tarde en Ashton-in-Makerfield, donde empieza a jugar al fútbol. De portero, allí donde su agilidad, esa que le permitía zafarse de todo y de todos, era más útil. La guerra acaba y un completamente libre Trautmann, que ya ha sido rebautizado como Bert dejando atrás su germano Bernhard, entra a trabajar en una granja mientras juega en sus ratos libres en el modesto Saint Helens Town, equipo de una pequeña localidad del Merseyside. Y ocurre que Trautmann es bueno, muy bueno, tanto como para atraer las miradas de equipos profesionales. Y, al final, acaba fichando en 1949 por el Manchester City…

¿Cómo? ¿Un soldado de la Luftwaffe jugando en Inglaterra en 1949? El asunto no podía ser más polémico, y Trautmann fue inicialmente recibido con hostilidad en todos los campos que visitaba, candente aun el recuerdo de una tragedia que había terminado menos de un lustro antes. Las pancartas, los abucheos, las provocaciones de los contrarios y la inquina apenas disimulada en el resto de los conjuntos (algunos amenazaron con no jugar frente al City si insistía en alinear al “cerdo alemán”) eran constantes.  Con todo, Trautmann fue bien recibido en su vestuario, en gran parte gracias al fabuloso capitán del Manchester City, Eric Westwood, un veterano del Ejércio Británico que había participado en el Desembarco de Normandía y que dejó para la posteridad una frase inmortal sobre el verdadero significado del fútbol: “En el vestuario no hay guerras”.

“¿Cómo? ¿Un soldado de la Luftwaffe jugando en Inglaterra en 1949? El asunto no podía ser más polémico, y Trautmann fue inicialmente recibido con hostilidad en todos los campos que visitaba”

No las hubo para Trautmann durante más de quince años, hasta ese 1964 en el que se retiraba del fútbol en activo convertido en toda una leyenda de la portería. Durante ese tiempo fue considerado uno de los mejores porteros del mundo…y cargó sobre sus espaldas con una de esas historias que merece la pena contar.

Compartir
Artículo anteriorDemoscopias
Artículo siguiente“Fangfang”; una muy interesante novela
Marcos Pereda
Marcos Pereda (Torrelavega, 1981) es escritor profesor. O al revés. Ha publicado "Arriva Italia" (Popum Books, 2015) y "Periquismo. Crónica de una pasión" (Punto de vista, 2017). También asoma la cabeza por medios de comunicación, de los mainstream y de los raros. A veces le han dado algún premio, pero tiene mala memoria para esas cosas. Le gustan el café y las tildes diacríticas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here