Ya he dedicado algún artículo a reivindicar y limpiar la figura del buen editor, que demasiados escritores frustrados o desagradecidos (normalmente de poco recorrido) intentan oscurecer en entrevistas, textos y hasta en esos vertederos de internet que son por momentos las redes sociales. La realidad me obliga a ello, pues en estos últimos meses nos han dejado dos editores destacados aunque bien distintos, en dimensión de su legado y personalidad. Hay una cuestión añadida, y es la evidencia de que el sector lo pasa mal en tiempos de pandemia, de modo que hay que celebrar y sostener cada uno de los eslabones de esa cadena mágica que es el mundo del libro.

«Siento adoración por su colección Noema, una ventana al conocimiento inigualable. Han sido y son una apuesta segura en un género tan pantanoso como el del ensayo»

El 16 de agosto moría Manuel Arroyo-Stephens, fundador de las librerías y editorial Turner. Si son lectores de ensayo, echen un vistazo a sus estanterías y cuenten cuántos libros de los que tienen muy buen recuerdo pertenecen a este catálogo. Siento adoración por su colección Noema, una ventana al conocimiento inigualable. Han sido y son una apuesta segura en un género tan pantanoso como el del ensayo. Admiro su catálogo y sus logros como editor, pero sobre todo he disfrutado siempre la sinceridad y naturalidad con la que vivía su triple vocación de escritor, editor y empresario. En una entrevista que concedió a El País en 2015 con motivo de la publicación de su libro Pisando ceniza (que les recomiendo), definía muy bien la dificultad que encuentra un profesional del libro para disfrutar de la lectura o la escritura: “Me he pasado la vida leyendo, editando, vendiendo, hasta comiendo sopas de letras. Compré mi primer libro a los nueve años en la calle Río Rosas. Y para ser buen lector es malo ser buen editor, porque esto implica un tipo de lectura profesional y perversa. Ser editor impide ser escritor por el mismo motivo pero en mayor medida. Siempre he pensado que lo mejor de ser editor era no conocer al autor.” Arroyo-Stephens vivía la edición como una sugestiva mezcla de ilusión y desengaño, y eso le convertía en una persona tremendamente compleja, como lo era su apuesta editorial, que nunca miraba hacia el bestseller. En la misma entrevista deslizaba una frase que bien podría ser su epitafio literario: “Solo escribo de la muerte, es lo único que me importa.”

Belén Bermejo fallecía el 27 de junio, después de sostener una larga lucha contra el cáncer. Desde Espasa mantuvo una trayectoria brillante, entusiasta, que propagaba un mensaje de tremendo amor por la verdadera literatura. Consiguió un paso por las redes sociales entrañable, algo tremendamente difícil en un universo tan ramplón e histriónico. Todo el mundo adoraba sus tuits, porque eran siempre una invitación a vivir la vida rodeados de arte, con el ojo puesto en la belleza, donde quiera que esta se encuentre. En mi memoria queda grabada para siempre su última escritura en Twitter, que me parece un enorme poema vanguardista que pone final a su camino de letras. Un día antes de morir, su cuenta ofrecía estas palabras que son una especie de poema póstumo: “Dicen que va a haber tormenta a las seis. (No hubo tormenta)”

«Septiembre siempre debe ser el abrazo del libro nuevo, la esperanza de la buena lectura,  la ilusión renovada en lo que las editoriales nos ofrezcan»

Septiembre siempre debe ser el abrazo del libro nuevo, la esperanza de la buena lectura,  la ilusión renovada en lo que las editoriales nos ofrezcan. En este tiempo de pandemia, los libros son un refugio magnífico, la oxigenación que necesita nuestro ser cansado. Por atípica que sea esta rentrée, tenemos que estar cerca de los creadores de la cultura, apoyarles e invertir dinero en sus propuestas. No seguirán ahí en unos meses si no lo hacemos. Agradezcamos y recompensemos los esfuerzos de tantas personas con talento entrando a esa librería de verdad, la que sabe qué nos gusta y qué necesitamos leer en este momento. Felices lecturas.

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