Relatar las peripecias de Teseo, el gran héroe ateniense, me aboca a un novelón decimonónico de aquellos que se recomendaban como pasatiempo cuando alguien padecía de tisis o, ahora mismo, cuando a cualquiera lo recluyen por infectado en la habitación de huéspedes, porque dan para una cuarentena y media, y quizá me quede corto si pretendo que mi hipotético lector llegue con desahogo hasta su muerte en Esciros, cuando Licomedes lo despeñó en mitad de una borrachera. Sí, porque en la epopeya de Teseo encontramos de todo y en abundancia: múltiples y disimiles proezas, matrimonios por doquier, hijos repartidos por toda la Hélade, viajes desde el Helesponto a Creta, descensos al Averno en busca de novia para su amigo Pirítoo y hasta, de cuando en cuando, alguna intervención ejemplar de su modelo y pariente, el gran Heracles. En fin, que las suyas son andanzas tan prolijas y fatigosas que los mitógrafos para interpretarlas las dividen en leyendas independientes; de lo contrario, se internarían en un laberinto de acontecimientos aún más fosco e intrincado que aquel que burló el propio Teseo con el famoso ovillo de Ariadna o, según otros, con la corona iluminadora que le entregó la nereida Tetis, cuando se lanzó al mar en busca del anillo de Minos; que hasta en este detalle, los antiguos difieren al cantar sus hazañas.

«…Pero si por algo lo recordamos hoy, es por haber matado a puñetazos al Minotauro dentro del célebre laberinto construido por Dédalo»

Pero si por algo lo recordamos hoy, es por haber matado a puñetazos al Minotauro dentro del célebre laberinto construido por Dédalo, donde ocultaron aquella bestia de la mirada avergonzada de su padre, Minos, rey de Creta. Y también por cómo se resolvió este pasaje de la biografía de Teseo, cuando durante la travesía de vuelta a Atenas, abandonó a su auxiliadora Ariadna en Naxos. Aunque, la verdad, la joven princesa mucho tiempo no penó este despiadado desaire, pues presto apareció el jacarandoso Dionisos para desposarla y poblar de bebés la septentrional Lemnos. En cambio, a Teseo, le aguardaba, tras el bailoteo en Delos, el suicidio de su padre, Egeo, porque el muy descuidado, con la euforia del regreso, se olvidó de sustituir las velas negras por las blancas al embocar El Pireo. Y claro, el viejo rey, a la vista de la nao y ofuscado al creer que había perdido a su heredero predilecto, se arrojó desde la acrópolis.

Como ven, en su trapisonda, abundan los desbarrancamientos; de momento, he mencionado un par. Pero antes, cuando aún era un mozo e iba camino desde su natal Trecén hasta su hogar solariego en Atenas, Teseo había matado a unos cuantos sujetos de muy mala catadura por el procedimiento de arrojarlos por los aires o por los acantilados; a saber: Sinis, Escirón y Cerción. Aunque estos son episodios menores respecto a su triunfo sobre el Minotauro o ante ese otro lío doméstico que a veces rememoramos sobre la escena: la tragedia de Fedra e Hipólito. Sucedió mientras Teseo se encontraba preso en el Infierno; Fedra, su esposa de entonces —por cierto, hermana de Ariadna—, se enamoró durante un certamen religioso de su hijastro, el austero Hipólito, que había llegado a Atenas desde Trecén, donde se educaba, como su padre, con su bisabuelo Piteo. Fedra lo convocó a su alcoba, y el joven, horrorizado ante el adulterio que se le ofrecía, huyó. La madrastra, desmelenada y con el peplo rasgado, armó un escándalo monumental gritando que Hipólito había tratado de violarla. En mitad del alboroto, regresó Teseo del Hades, y claro, maldijo con tal ferocidad a su hijo que suplicó el castigo a su divino padre, Poseidón —al parecer, Egeo solo era putativo—. El señor de los océanos, cuando Hipólito, en su fuga, atravesaba el istmo de Corinto, le envió un fogoso toro marino con tal espanto para sus caballerías que destrozaron su carro y arrastraron de las bridas a Hipólito hasta matarlo. Fedra, arrepentida de su cruel chanza, se ahorcó. Esta leyenda muchos mitógrafos la emparentan con la de José y la esposa de Putifar y, qué duda cabe, deudoras ambas de otra más antigua de origen mesopotámico, y, por otra parte, tan arraigada como para que posteriormente el Cristianismo convirtiese, con apenas unos cuantos retoques, a Hipólito en santo.

«Pero antes Teseo había matado a unos cuantos sujetos de muy mala catadura por el procedimiento de arrojarlos por los aires o por los acantilados…»

Relatados sucintamente el par de episodios más conocidos de la peripecia de Teseo, permítanme que me ahorre la intervención en su nacimiento y en su llegada a Atenas de la pérfida Medea, o su sacrificio del toro de Maratón, vero padre del Minotauro, o su victoria sobre los astutos palántidas, o su boda con la amazona Antíope, madre de Hipólito, o sus alianzas con Deucalión, heredero de Minos, o su rapto de la casquivana Helena, o su descenso al Hades, y que añada en cambio que Teseo quizá tuviese un origen real en algún arriscado caudillo ático, allá por mediados del II milenio a. C., cuando los minoicos dominaron el Egeo, al que muchos siglos después —más o menos por época de Clístenes (570-507 a. C.)— los atenienses, al descollar como metrópoli democrática, le atribuyeron no solo la creación de la federación del Ática, su primitiva división en doce tribus y en tres estamentos —eupátridas, georges y demiurgos— y, además, la fundación de casi todas sus festividades, incluido el lugar de privilegio que ostentaban en los juegos Ístmicos, y por supuesto gran parte de este manojo de proezas, con tal de elevarlo a la altura del poderosísimo Heracles, para presumir de un patrón tan admirable como el inmortal forzudo.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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