Escuchar el ruido de los ríos cuando se pone delante de los niños. Observar de qué manera los bosques nos cubren de volframio las ciudades que ya hemos dejado de amar. Intuir que el tiempo que pasamos al lado de un pájaro no es tiempo, sino la forma concreta en que consistimos y la única realidad con que lanzamos el lenguaje hacia los ojos ya ciegos de tanto observar el cemento, la política, el palco de las butacas de los teatros, las comisiones de los bancos, la inutilidad de los educadores religiosos, la lástima, el empeño por ser otros… Todo esto, enemigos míos que me calmáis el pene, no es otra cosa sino una adivinación del mundo que se está constantemente transformando sin cambio alguno. Es por eso que hoy más que nunca se hace necesario acudir a los pedacitos de pan fresco que renuncian, como ciencias reales, a las ciudades, que, como decía Mingote, ya sólo son automóviles aparcados.

Sólo el humor volverá a hacernos marxistas. Porque como dijo Enrique Tierno Galván: “Sólo Dios cree en los buenos marxistas”. Hay como un olor a sombras rojigualdas que vienen como de la precipitación de las decisiones de la geopolítica, la cual cubre de biombos sordos todo efecto natural y puro que reside en nuestras ropas, limpias de nucleares francesas. Es mejor a/lejarse de las manchas que imponen las economías sumergidas y alquilar una cabaña donde se escribió la “Oda a la vida retirada”. Nos están proponiendo que nos vayamos, que huyamos de tanto neón y de tantos anuncios de perfumes sacados con musiquitas horribles de otro mar muerto. Tal vez, y decimos quizá, sea necesario habitar las tribus en las que consistimos, el viaje al maíz y al frijol donde los indígenas de la Huasteca Potosina conviven con los magos y con antiguas historias de Moctezuma. Este primitivismo es una respuesta ascética, infundado todo lo más en una ascensión hacia la racionalidad, a esta modernidad que finge multitudes y aplasta los órganos concéntricos de todo individuo que sólo aspira a reír cuando la luna se bautiza de musical gandhiano. ¿Es que acaso estamos atrapados? ¿Quién es capaz de explicarlo? ¡Viva la Virgen de Guadalupe¡, la concha de mi madre.

Sigue habiendo lugares en donde el amor se ama con el amor que azulmente siempre está amando. Esos lugares hay que buscarlos, como si buscáramos el ghetto pronazi en donde nos han sacralizado, pero todo exterminio mantiene siempre vivo su renacimiento de huacos miliarios, de verdades que están ahí, pero que no re/conocemos, porque nos hemos a/costumbrado, lo diremos mejor, han hecho que nos a/costumbremos, a la intoxicación de los bienes materiales, a comprar lo que quieren que compremos, a una trivialización de la vida que nada tiene que ver con nosotros.

Porque, no lo dudemos, existe constantemente la respuesta, la constatación de que no todos somos iguales. ¿Y por qué sucede esto? Yo digo que porque cada uno somos una Historia distinta, una prolongación de los siglos que nos afecta o no nos afecta. Karl Marx, mejor dicho, El Doctor Marx dijo: “La última fase de una figura histórica mundial suele ser cómica. La Historia sigue este camino para que la humanidad pueda despedirse alegremente de su pasado”. Y rumano E. M. Cioran, con esa ira propia del que monta en bicicleta por los bajos fondos de París, añadió: “Cada revolución es heroica, y en ella entiendo toda la envergadura del heroísmo, que empieza con la brutalidad y termina con el sacrificio”. Pero no contento -porque siempre se le pinchaban las ruedas de la bici cuando se cabreaba de tanto pensar al darse cuenta que los intelectuales parisinos y occidentales en su varieté de café y pose para la fotografía no movían ni una palabra de los libros aprendidos de memoria de la Escuela de Hegel- sentenció: “La razón es una puta que sobreviene mediante la simulación, la versatilidad y la desvergüenza”. Somos de los que opinamos que sólo el dúo Marx/Cioran ha entendido, gracias a su arterioesclerosis anal, el sentido contrario con que debe conducirse todo ese Weltanschauung regado con whisky con el que coser este bello y necesario jersey que debería cubrir el sorpasso lógico y prolongado de la Historia presente y del porvenir.

¡Que regrese la filosofía que sabe cómo jugar al Jockey forjando ese Club antihegeliano que amenace tras la reconstrucción del Estado como única vía de reinterpretación de una ética cristiana y liberal¡ ¿Cuántos enemigos de los que me van saliendo se atreven a montarse conmigo en el pony que babea, cual raza aria, en el interior de las ferias de las ciudades de este Nuevo Occidente? ¡Lo suponía¡ ¡Nadie¡ ¡Ninguno¡ ¡Ni siquiera tú, amor de los ojos verdes¡ ¿Sabéis que os digo?: ¡Idos a vomitar el excremento que sale en forma de Vía Láctea de vuestros pezones fotografiados en Instagram¡ Y no me digáis que mis palabras nacen del rencor, en todo caso de lo que veo, de lo que sudo, de lo que huelo, de lo que me hiere la piel cada vez que os miro, porque sé -yo que también he viajado en la motocicleta del Che Guevara en tres etapas- que jamás seréis capaces de anular esa cruel alianza entre el trabajo y el capital. ¡Ah, necios, cómo os hacen tragar toda la mierda que sale de las universidades norteamericanas¡ ¡Qué pena me dais¡ Pero me da lo mismo. Hace tiempo que aprendí que el único hombre capaz de entender la película de Kubrick y su 2001 es aquel que leyó en Lorca a los negros de Harlem.

Provocar que los caballos irrumpan en estampida, en esa aceleración que les lleve a las tierras donde nadie ha estado nunca. Iremos, pues, detrás de los caballos, para que los labios dejen de llorar suites olvidadas y nos ocupemos verdemente de los grandes lirios que hoy fingen nuestros ebúrneos trajes. Sin ropa. Desnudos como las playas. Con los pies descalzos, pero sin ser carmelitas. El Carmelo destrozó a San Juan de la Cruz en Úbeda. Sin santidad, en ese tibio humanismo que nos une, digamos la palabra precisa que resuene como un eco en la Academia de los claustros de los iris. Andando, andando, an/dando.

Balarán nuestros versos en el mediodía de las jarcias, en las legumbres que con nuestras manos hagamos nacer. La naturaleza es plenamente romántica. Y ya sólo nos queda un romanticismo de formas y de luces que se dan la vuelta. Vendrán las orquestas a nuestras cabañas a beber hierbas del monte y a situar la alegría en los teatros que todavía no se han construido. Apilaremos la Cultura del hombre dentro del hombre, en un espacio que sea nuestro y que sea intocable. Leeremos más que nunca, porque del agua de los ríos saldrán peces con libros en sus bocas. Todo es fuego y una sola manta para el frío. Ser natura. Intensamente. Poderosamente. Comprendiendo todos los mensajes, los signos que hay en cada estructura de cada árbol, el lenguaje que se ad/vierte en la Torre Eiffel de la hojarasca. Labradores y amantes. Goliardos de la modernidad. Leche de vaca después de hacer el amor. Nada de cigarrillos. Los han intoxicado de amoniaco.

Sólo fumaremos las piernas del azafrán cuando suene una caja de Tayanga. Nos perderemos por las tardes, entre la hoja del café y las vocales de Rimbaud, y no regresaremos hasta que el sol anuncie que ya no hay Dios, sino sólo los síntomas del hombre en su crepitar de aurora de pueblo. La rueda gira y nos vamos haciendo viejos, tan viejos como la nanotecnología. Todo lo mágico que surja de los olivos es la palabra exacta que nos debe unir y producir como un nacimiento de tres meses. Nos vigilan. Nos están vigilando. China es HAL 9000 y la profecía de Zoroastro. Yes It Is.

Por eso todo continuará siendo un camino de huéspedes si sólo nos despedimos de esta turbulenta agonía que nos in/terfiere y decomisa los rollos de pergamino que tenemos que recuperar. No se trata de un románico, sino de un tiempo presente que solicita otra versión de los mundos. Un mundo cada uno. Sólo uno. Y descender por las montañas como si tuviéramos prisa para que las novelas pastoriles se escriban más deprisa. Antaño la ciudad, el ateneísmo, era un único tambor desafinado donde acudían los comerciantes para deshilachar las apuestas de los casinos, pero la vida, donde ocurría la verdadera vida, era allá donde las patatas se excavaban con metales nocturnos, con cánticos al rumor de los vientos, con escuadras de agua donde no llegaba la yihad. Eran aquellos tiempos de pobreza al que algunos nos quieren hacer volver. ¡No somos tan ingenuos para saber a quiénes nos referimos¡ Coño, los de siempre. ¡Carajo¡, que lo de Latinoamérica sigue siendo la cortina de humo desde que el ferrocarril unió el Este con el Oeste de los Estados Unidos de América.

Pero, no lo olvidemos, un pobre ama antes a un árbol que a un hombre. Cada uno en su sitio, compartiendo el asado con la Comuna de las aves, con el cierzo que se adelanta cuando los Papas beben aún el vino de las prostituciones. Hablemos bajo, con números delicados, con muecas de titiriteros, con 34 pieles en la blancura de los desiertos, con los espejos de los lagos en donde mirarnos y no morir como Narciso. El Narcisismo es esencialmente occidental y está trucado como una baraja de naipes. Juguemos sólo al rondó de los niños y seamos niños para siempre.

¡Llamadla¡, ¡Llamad¡, Eso es. A la naturaleza con su céntimo de tres rodillas, en el cien de las puertas tejidas como un hombre, un hombre que corre por las aguas como un hombre que sólo es el agua, la férula de los tenientes que son carne pronta, jugo de naranja, cucharas lejos de los ferroviarios, Pedro o Nadia, mientras Tetis canta y los póstumos ganados, al trasflor de la inercia de lo que ya no es vacío ni soledad, sino tiempo junto, apretado contra lo popular y lo táctil, porque es bueno tocarse y mirarse a los ojos y darse cuenta que no todo está perdido, simplemente que la ciudad ha desaparecido, porque nos han echado de ella, Vieja Puta de las supersticiones, sí, tú, Norteamérica y Europa. Y continúa saliendo de los troncos el ámbar de los salones, el hedor de los machos emperadores de las fábricas metalúrgicas, el Muro de las Lamentaciones que nos ahoga este silencio que ya no es para nosotros, en todo caso, para los hipócritas, para los pirómanos, para los que se alistan confundidamente con la ley de la oferta y la demanda, para los que invierten con acciones en el pavimento de las alfombras.

Deseamos decir que ahí ya no hay vida, sólo fermento y hambre y una codicia que supera la distancia que persiste entre la Escuela de Chicago y los goles del Liverpool. El hombre siempre está pariendo arados de sangre muerta contra la sangre viva. Unos contra otros, como si fuéramos marines entrando en Bagdag. Otra vez. ¿Y Yemen? ¿Y los kurdos? ¿Y el antisemitismo que retorna? ¿Y las niñas que siguen violando los entrenadores de gimnasia rítmica? Nos esperan. Sí. Nos siguen esperando. Están vigilando que demos otro paso en falso. ¿Quizá nos estamos equivocando de estrategia? ¿Alguien ha pensado en volver a nacer en Tréveris el 5 de mayo de 1818 y tener un padre que se llame Heinrich Marx y una madre judía que nombre Hennette Presburg? No volvamos a dejarnos engañar por aquellos que dijeron al revés la palabra “Democracia”.

Nos espera el cholo que apaga todos los teléfonos móviles, y, como átomos de espigas, es prudente entrar de nuevo en los falansterios de Fourier, donde nos sacudamos todas las fotografías de las tasas, de los pantalones de hilo, de la devastación de los bosques, de la entrada en la sede de los bancos federales. Hemos de irnos. Queremos que quede como una sentencia de cabello de mujer. Hemos de irnos a la M de las Montañas, para recuperar el calofrío de la risa, de las monedas interiores, de los días republicanos, pero no en la “República” de Aristóteles, sino en el Jardín de Epicuro o en la Tracia de Demócrito, cuyo nombre significa “el escogido del pueblo”, también apodado por “el filósofo que ríe”. Recordemos sus palabras hechas con átomos: “El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto”, “el hombre no es infeliz mientras no es injusto”.

Hemos de irnos -creámoslo- hacia el querosín del placer y de la Nueva Ciencia Humanística, nuestros pies pisando el biznieto del humo, la aventura de la yuca, la gramática sin Academia, el olor de los astros que pasan como un rumor menor de las pirámides. El hombre es Naturaleza en su estado natural de las cosas. Nacimos en ella y perduramos con ella si somos capaces de grabar el sueño en la piel original de todos los animales rosas.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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