Matthias Sindelar es joven, es guapo, es talentoso. Es, era, el mejor jugador de fútbol que hubo en aquella selección austriaca inolvidable de los años 30, el Wunder Team, el equipo que hizo soñar a todos los habitantes del país centroeuropeo. Es, era, además, elegancia en estado puro, conducción del balón, olfato, efectividad. Le llamaban el Mozart del fútbol. Era hijo de familia obrera, era una persona con ideales. Era un símbolo para Viena. Era, fue, alguien a quien se llevaron demasiado pronto.

“Es, era, además, elegancia en estado puro, conducción del balón,
olfato, efectividad. Le llamaban el Mozart del fútbol”

Pongámonos en situación histórica. En marzo de 1938 el régimen de Hitler llevaba a cabo el ansiado Anchsluss, y el ridículo cabo consigue poner los pies sobre su patria chica, anhelante del sueño de la pangermanización y logrando, paralelamente, otras alucinaciones como la lanza de Longinos y demás. Simbolismo puro a costa de miles de vidas… Austria pasaba a ser, así, mera provincia del Reich, de nombre Ostmark, y todas sus administraciones e instituciones quedaban absorbidas por las del régimen nazi. Y entre ellas, claro, la exitosa selección de fútbol.

Para “conmemorar” tal fasto se celebraron sendos partidos “finales” para la selección austriaca, con, evidentemente, Alemania como rival. El segundo y ultimo tuvo lugar en Berlín, pero nuestra historia bebe del primero, jugado en el estadio Prater de Viena el 3 de abril de 1938.

Sed benevolentes, no intentéis ganar, dicen que les dijeron a los jugadores austriacos. Recordad que ahora ellos mandan. Pero Sindelar, con su ascendencia judía y checa, con sus ideas socialdemócratas, tenía otra opinión. En las calles los nazis podrían mandar, pero en el césped ellos eran mejores. Y lo iban a demostrar.

“Sed benevolentes, no intentéis ganar”, les dijeron a los
jugadores austriacos”

Comenzada la segunda parte Karls Sesta adelanta a los austriacos, ante la mirada atónita de los jerarcas nazis desplazados para contemplar la fiesta. Pero lo mejor estaba por llegar. Sindelar marca el segundo gol y, cuentan, se planta en el campo mirando al palco, señala con su dedo índice el marcador y empieza a celebrar el gol con un baile tan grotesco como emocionado. Eran los pasos de lalibertad, los de alguien que no se iba a rendir. Eran, aunque él no lo supiera (o quizá, solo quizá, lo sospechase) sentencias de  muerte pisoteadas sobre el césped.

Porque Sindelar no iba a jugar jamás para los nazis. Cada vez que la selección alemana, aquella donde se integraban ahora los austriacos, le convocaba, él estaba lesionado. Dolencias. Malestar físico. Y, claro, aquello empezaba a extrañar a los encargados del deporte en el Reich. Y a Herberger, el seleccionador nazi. Sindelar jamás debutó con el equipo de Hitler.

El problema era que Sindelar no se callaba, que hablaba siempre en voz alta, que no ocultaba su oposición al Régimen. Por cuestiones políticas, sí, razonando sus ideas, claro, pero también desde un punto de vista visceral. Le parecían ridículos todos aquellos fantoches con sus uniformes pardos o negros, con sus pasos de ocas, con sus brazos extendidos. Eran peligrosos, claro, pero también caricaturescos.

“El problema era que Sindelar no se callaba, que hablaba siempre en voz
alta, que no ocultaba su oposición al Régimen”

El 23 de enero de 1939 Matthias Sindelar acude a una timba de cartas en su Viena natal. Allí bebe vino, allí celebra la vida. Luego acude a su pequeño apartamento, donde vive con su novia Camilla Castagnola, y se duerme. Nunca más despertará. La explicación oficial es que ambos jóvenes fallecen por inhalación de monóxido de carbono. El futbolista, borracho, dicen las autoridades, abrió la llave del gas y no se dio cuenta de que se estaba envenenando. Otros apuntan a un suicidio. Pero los más piensan que fue la misma Gestapo la que decidió quitarse de en medio a Sindelar, tan molesto, tan honesto, tan poco dado a sutilezas. Y que lo hizo de la manera más radical posible.

Sindelar había muerto. El Mozart del fútbol era enterrado y a su sepelio acudían más de 15000 austriacos. Su memoria seguía viva. El pueblo… Ese se manifestó con lágrimas.

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