Hoy, 28 de diciembre, la tradición católica y la de otras iglesias cristianas conmemoran la matanza de los santos inocentes. Según el relato bíblico, el rey Herodes asesinó a los niños recién nacidos de su reino, temeroso de que entre ellos estuviera quien le arrebatara el trono.

Algunos historiadores creen que el relato bien puede tener una base histórica, pues Herodes se ganó merecidamente su fama de monarca cruel y sanguinario. Otros ven en el relato una reelaboración de las narraciones del Antiguo Testamento.

Sin duda, para el creyente la lectura bíblica tiene un valor especial, pero como todas las grandes obras de la literatura universal, sus relatos, símbolos y metáforas ofrecen, a cualquiera, cristiano, ateo o agnóstico, posibilidades de reflexión para conocernos mejor y a nuestra época.

La matanza de los inocentes: ¿mito o realidad? | La Ventana | Cadena SER
«La matanza de los inocentes» Rubens

Pensemos en la matanza de los inocentes. La muerte de niños y de inocentes es habitual en la historia hasta en nuestros días. Lo asombroso es como los observadores somos capaces de serenar el dolor y la angustia que sucesos así deberían provocarnos. Esto me recuerda a otro relato bíblico: el sacrificio de Isaac.

Quien más quien menos conoce la historia del primer patriarca hebreo. Abraham era un hombre afortunado en bienes y fama militar. Sólo se lamentaba de carecer de heredero de su esposa, Sara. Una criada, Agar, le había dado un hijo, Ismael, pero la ilusión de su vida era un engendrar un hijo con Sara.

La avanzada edad les había hecho renunciar a toda esperanza, pero entonces la intercesión divina operó un milagro y Sara dio a luz a Isaac. Abraham se encuentra desbordado de alegría, pero entonces, Dios le pide que le sacrifique a ese hijo tan esperado. Obediente, Abraham lleva al niño a la montaña y se dispone a degollarlo sobre una piedra, la roca fundacional, lugar sagrado de Jerusalén para las tres religiones. Justo alza el cuchillo el ángel le interrumpe y salva al muchacho.

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Estatua de Moloch

Tradicionalmente, este relato se ha leído como la prueba de fe definitiva. Dios pide a un padre la vida de su hijo, tan amado, tan deseado, y el padre obedece sin vacilar. Más recientemente, se ha empezado a dar importancia a la prohibición de los sacrificios humanos que se expresaría claramente en la Ley de Moisés.

A mí, sin embargo, me gustaría invitaros a una nueva lectura. Y es que poco o nada se ha reparado en la aterradora naturalidad con la que Abraham vivió la petición divina.

Entre los pueblos que habitaban la región de Mesopotamia, especialmente entre los fenicios y otros pueblos semitas, a los que pertenecía Abraham, los sacrificios humanos no eran desconocidos. Especialmente, el de los de niños era muy común.

En la Biblia se mencionan los cultos a Baal y Moloch. Al último se le sacrifican niños recién nacidos pasándolos por el fuego. El bebé era depositado entre las manos de su estatua suspendido sobre una pira en llamas. Algunas versiones sugieren que conforme el fuego de la pira calentaba la estatua, las manos metálicas de esta se separaban o se derretían y el bebé caía a las llamas. Más probable parece que el fuego de la pira fuese aumentando hasta abrasar al niño. Fuera como fuera, no es difícil entender por qué san Agustín consideraba a Moloch y Baal demonios, en vez de dioses.

Sin duda Abraham debió de sentirse contrariado, después de tanto esperar a aquel hijo, pero ¿acaso no era Yahvé el Dios que le había bendecido y colmado de fortuna? ¿No era natural que le pidiera un hijo en sacrificio? Hoy la idea no puede resultarnos más macabra, pero en una época de elevadísima mortalidad infantil, los niños ni siquiera se veían exactamente como a seres humanos, sino como seres incompletos. Especialmente en sus primeros años eran algo así como una prolongación del feto fuera del claustro materno. De ahí que para ciertas culturas su sacrificio fuese menos doloroso que el de un adulto.

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Tan arraigada estuvo la tradición de sacrificar hijos que no hubo forma de apartar de ella a los judíos hasta la primera diáspora, cuando los babilonios conquistaron Jerusalén, derruyeron el Templo de Salomón y los dispersaron por su imperio, la primera diáspora. Por más que Samuel, Isaías, Elías y otros profetas protestaran contra esta costumbre, durante la existencia de los reinos hebreos de Israel y Judá está práctica se mantuvo entre la población.

Las crueldades de un rey al inicio de nuestra era tampoco eran extrañas. Imaginad que un gobernante hoy decidiera matar a todos los bebés de pocos meses de un país. Sin duda no haría falta esperar a que uno de esos pequeñuelos llegara a adulto para que alguien lo derrocara. En cambio, entonces, se aceptaba con cotidianidad esa crueldad del poder. Se había normalizado ese dolor.

¿A qué dolores somos inmunes hoy? ¿A la pobreza? ¿Al hambre? ¿A la prostitución forzada? ¿A los crímenes de guerra en países lejanos? ¿A la muerte de inmigrantes? La matanza de los inocentes o el sacrificio de Isaac parecen invitarnos a aceptar el dolor de la empatía, a indagar en el dictado de nuestros sentimientos, sin sedarlo con la normalidad. Entonces la cotidianidad ya sostendrá más nuestra indolencia.

Por supuesto, las veinticuatro horas del día dan para mucho, para conocernos un poco y ponernos ciertos, pero también para honrar la tradición bromista que de un tiempo hasta parte se ha puesto de moda. ¡Feliz lunes! ¡Feliz Navidad!

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