No sé si es apropiado, o correcto, hablar del Cráneo Privilegiado, del Primer Poeta de España o de Max Estrella, el amigo del ministro, como si de un vagamundo se tratara; quizá sería preciso referirnos a su fiel y sátrapa compañero, Don Latino de Hispalis, para hablar del espíritu libre, arrogante y desarraigado, cuya máxima parece ser un grito continuo de Carpe Diem, que le acompaña en cada segundo de su pobre, mísera y romántica vida. En cualquier caso, y sabiendo que estamos hablando de los personajes principales de Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, es un honor poder disfrutar de la última noche del poeta cuya casa siempre es un palacio, aunque se derrumbe y en su interior no viva gente de sangre azul.

No sé si es apropiado, tampoco, hablar de la obra teatral indistintamente de la película homónima, Luces de Bohemia (Miguel Ángel Díez, 1985), ya que no existen diferencias más allá del formato y de la estructura, tratándose de una cinta bastante fiel al escrito original, si tenemos en cuenta que es posible verla con la obra en la mano, cosa que un servidor ha hecho en varias ocasiones. Apropiado o no, lo cierto es que, con la lectura y el visionado de estas joyas, el lector/espectador sentirá la espléndida decadencia de esta extraña pareja que, vagando por las calles de Madrid, viven una serie de experiencias propias de gente mísera, culminando con la muerte de Mala Estrella, el primer Poeta de España.

Descubrí la obra hace tiempo, en el último año de instituto, cuando el profesor de Lengua y Literatura nos obligó a leerla. Ay, si el poeta levantara la cabeza y contemplara su aventura como una obligación, cuán rápido hubiera huido de esa empresa. Y qué decir si obligaran a Don Latí (así le llama Enriqueta La Pisa Bien) a leer y explicar en un examen un libro con sus propias vivencias; qué pronto hubiera ido a la librería de Zaratustra para venderlo por cuatro duros, regalarlo o cambiarlo por la chaqueta de Max, por supuesto. Pero nosotros, entonces alumnos de Segundo de Bachillerato, no sabíamos eso. No éramos conscientes de que los protagonistas de la historia, Don Latino, sobre todo, nos hubieran tumbado un sábado por la noche. De haberlo sabido, hasta el más pasota de la clase hubiera cogido el libro sin acudir al rincón del vago, situado, realmente, en la taberna de Pica Lagartos.

La película la descubrí más tarde, ya en la universidad, cuando releí la obra de nuevo. Entonces valoré mejor la riqueza de la historia y de los protagonistas, disfrutando del universo que se esconde detrás del relato, de su lenguaje y contexto, animándome a verla. No exagero si digo que las imágenes, la ambientación y los personajes eran muy parecidos a los que estaban en mi imaginación, al haber leído la obra de teatro, y que disfruté como un niño con las magníficas interpretaciones de Francisco Rabal y Agustín González, encarnando a Max y a Don Latino, respectivamente. Es uno de los pocos casos en los que la película está a la altura del escrito original. Y son precisamente los personajes protagonistas los que dotan de un atractivo especial a la trama; ellos y su situación conforman el elemento esperpéntico, tan fascinante como demoledor; ellos llevan consigo lo grotesco y cínico de este estilo, llamativo por la ausencia de ortodoxia y por el uso de un lenguaje coloquial, lejano del academicismo y de la rectitud gubernamental, cuya confrontación natural con el pensamiento modernista conducen a Max al calabozo. El esperpento vino para quedarse como “voz tardía del habla popular, que designa lo feo, lo ridículo, lo llamativo por escaparse de la norma hacia lo grotesco o monstruoso”, en palabras de Alonso Zamora Vicente. Recogió el atractivo hacia la deformidad, propio de las vanguardias, y lo transformó en un estilo literario, cargado de elementos calamitosos y fascinantes.

Luces de bohemia demuestra que se puede estilizar aquello que no parece estético, elevando las aventuras de dos miserables, porque eso son, al fin y al cabo, nuestros queridos Max y Don Latí, a un estilo artístico. Debemos entender su historia, además de como la última noche del Poeta, como el reflejo de una España problemática, en la que los protagonistas, deambulando por las calles, se encuentran con personas que reflejan distintas partes de la sociedad. La muerte del Maestro, del Genio, su agonía junto a un Don Latino ebrio, es uno de los momentos más desgarradores y crudos del relato, siendo su velatorio una de las pocas diferencias estructurales entre el escrito y la película, ya que dicha escena sirve como introducción a modo de flashback en el documento de 1985, situándose en la parte final de la obra teatral.

Podemos afirmar, sin ponernos estupendos, que las aventuras de Max y Don Latí, sean vagabundos, vagamundos, trotamundos o cualquier cosa que se pueda relacionar con los espíritus errantes y malditos, son esenciales para entender parte de la historia de la literatura y del cine de este país, además de fascinantes y desgarradoras para cualquiera que las tenga delante.

La primera vez que me enfrente a la obra, ignoraba todas estas cosas. Lo hacía sin darme cuenta de que era “el puño que golpea en el cráneo”, al que se refería Kafka al hablar de lo que debe ser un libro. La película me ayudó a entender la fuerza del escrito original. Y ahora sí podemos llamarnos de tú en el parnaso Hispano-Americano.

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