El ser humano es inconformista por naturaleza. Tendemos a no sentirnos complacidos con facilidad, a buscar siempre más, a no estar de acuerdo con lo que nos pasa, con lo que ocurre a nuestro alrededor… Como casi todo, esa actitud ante la vida se puede positivizar o negativizar. Se puede convertir en un acicate para el éxito personal y profesional, en un estímulo para seguir creciendo, mejorando; pero también puede transformarse en un sentimiento de frustración y de queja permanente que genera desgaste en nosotros mismos y en quienes nos rodean.

Quejarse, además, es muy fácil. Incendiarse con las cosas malas que nos pasan, o que pasan en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestra ciudad, en nuestro país… Fulminar con críticas destructivas lo que otros hacen mal, sobre todo cuando sus repercusiones nos afectan directamente (y a veces ni siquiera)… Sin embargo, estos sentimientos negativos generan infelicidad, insatisfacción, nada más.

En muchas circunstancias, ponerse en el lugar del otro suele servir para que las críticas sean menos ácidas, tal vez para llegar a entender –si no siempre a compartir– el proceso mental que le ha llevado a tomar una determinada decisión. Por otro lado, mucho más eficaz que “quejarse y punto” es adoptar una actitud constructiva, aportar ideas alternativas; no enrocarse en el problema, sino colaborar en la búsqueda de posibles soluciones.

Cuando el problema es de ámbito global, o de un alcance demasiado grande, podríamos pensar que no está en nuestra mano esa colaboración. Pero todo movimiento comienza con un pequeño gesto, y todo lo global comienza a construirse en lo local, en lo que tenemos más cerca. Si queremos que nuestro planeta goce de buena salud en el futuro tenemos que ser cada uno de los ciudadanos quienes, en nuestro día a día, adoptemos hábitos saludables para el medio ambiente. Si queremos que nuestra ciudad sea más humana, más amigable y con mejores servicios, debemos empezar por implicarnos más en lo que ocurre en nuestro barrio, en nuestra misma calle, en nuestro entorno más cercano.

Cada individuo que vive y respira la ciudad cada día, que conoce su barrio y sabe lo que en él ocurre, es un potencial elemento transformador de su realidad. Ese individuo conoce sus problemas y puede pensar en posibles soluciones para tratar de resolverlos, puede colaborar con otros agentes sociales para construir la ciudad en la que le gustaría vivir.

¿Cuántas veces hemos pensado “Esta ciudad necesita esto o aquello”, o “Si yo fuera el alcalde haría tal o cual cosa”? Hoy día, la tecnología permite que existan las herramientas necesarias para que pongamos a funcionar nuestra inteligencia colectiva en la búsqueda de soluciones conjuntas a los problemas de nuestro municipio. Pero para ello hacen falta gobernantes que crean en el valor de la participación de la ciudadanía, y ciudadanos dispuestos a activarse y a tomar la iniciativa para mejorar el lugar en el que viven.

Se trata de abandonar el “quejarse y punto” y sustituirlo por un proceso constructivo de co-creación en el que cada persona aporta un valor al conjunto, lo que permitirá, sin duda, encontrar soluciones más innovadoras a los problemas cotidianos.

Asimismo, esa mayor implicación hace que los ciudadanos adquieran una responsabilidad compartida respecto al buen funcionamiento de la ciudad, lo que al mismo tiempo refuerza su sentido de identidad, de pertenencia y de compromiso con la comunidad. Se trata, por tanto, de actuar en torno a retos comunes, y no sólo de opinar; de establecer procedimientos colaborativos basados en la gobernanza de calidad, en la transparencia y el gobierno abierto. De dar un paso más en la democracia representativa y complementarla con una democracia co-creativa que mejora la calidad de las instituciones.

Existen fondos FEDER que apoyan la implantación de medidas para hacer frente a los retos económicos, medioambientales, demográficos y sociales que afectan a las zonas urbanas, y que promueven la participación ciudadana como piedra angular en la definición de su estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado (DUSI).

Sin embargo, es frecuente encontrarse aún con ayuntamientos que instalan buzones físicos donde para que los vecinos puedan depositar sus sugerencias respecto a los presupuestos participativos; o en el mejor de los casos, que habilitan un espacio web para votar las iniciativas de su preferencia. El resultado es que la participación se queda en un quiero y no puedo que para nada es representativo del sentir general de la ciudadanía.

Hoy día, para llegar a una co-creación ciudadana realmente efectiva es necesario sacar más partido a la tecnología de lo que hasta ahora se está haciendo y apostar por plataformas como Cityzn, que permite establecer un canal directo de comunicación entre los representantes locales y sus ciudadanos a través de una app universal que se descarga en el móvil. De este modo, mientras espera al autobús o reposa  la comida, cualquier ciudadano puede colaborar con  los presupuestos participativos de su ciudad, haciendo sus propias propuestas o votando las que han hecho sus vecinos. También puede sumarse a los retos de co-creación planteados por su ayuntamiento con el fin de recabar ideas para buscar las soluciones más eficaces a una determinada problemática, o realizar cualquier tipo de propuesta para mejorar la calidad de vida o los servicios de su ciudad.

El carácter universal de soluciones como ésta permite, asimismo, crear una red global de ciudades que optimizan y comparten su inteligencia colectiva, pues es posible rastrear qué tipo de iniciativas se están llevando a cabo con éxito en otras ciudades y trasladarlas a nuestra, asimilando de este modo con mayor celeridad las tendencias más innovadoras y más beneficiosas en la resolución de los problemas comunes a los que se enfrentan las ciudades del siglo XXI.

Según la División de Población de Naciones Unidas, el 80% de la población española vive actualmente en zonas urbanas, y las previsiones indican que en 2050 el 70% de la población mundial vivirá en ciudades… No podemos desaprovechar los recursos, de ningún tipo. Y el potencial de los ciudadanos es, sin duda, uno de los más valiosos.

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