Ser fan de la ficción española (y pregonarlo) perteneciendo a la generación millenial está visto poco más o menos como una falta de criterio mainstream. Vamos, una rareza de tomo y lomo. Lo confirmo con conocimiento de causa, la de haber crecido, gracias al buen criterio de mis señores padres, adorando el cine patrio. Maravillada con los mundos cimentados por el portentoso talento de Trueba, Berlanga, Fernán Gómez o Armendáriz, pese a la extrañeza que generaban mis gustos en el resto del universo. Aún hoy, a los taintantos y moviéndome en un círculo de gente con cultura y mundo, cae de tanto en tanto una mirada rara cuando defiendo a ultranza el buen hacer de la ficción española.  Y eso que la industria cinematográfica ha conseguido deshacerse más o menos del sanbenito casposo que pendía sobre él. Ya saben, el de “solo hacen películas de tetas y Guerra Civil”. A las series, con alguna excepción, les sigue pesando demasiado a ojos del gran público la fama de un pasado de historias adolescentes y dramedias familiares, que, por otra parte, millones de españolitos nos hemos tragado en su día bien a gusto sin ponernos tan tiquismiquis.

Afortunadamente, el percal no es tan negro ya. Con parsimonia, pero paso firme, la innegable calidad de la producción española está saltando a la vista. Es cierto que la oferta de creaciones ligeras, cuya noble función no es otra que la de entretener, es una realidad. Es más, así debe de ser. Los gurús de la televisión no pueden dirigirse siempre a dejar al espectador con la boca abierta y el ansia viva de necesitar más droga como quien se engancha al House of Cards de turno. Eso sí, anda pululando  por las cadenas generalistas y por la televisión a la carta en los últimos tiempos un catálogo de series que han revolucionado el panorama y que pueden mirar de frente y sin complejos a las series de culto del Netflix o el HBO de turno.

Algunas, como El Ministerio del Tiempo, de lo mejorcito que hemos parido en este país, dicho sea de paso. Tan minusvalorada por los caprichos de programación de TVE, como absolutamente original y maravillosa.  Es un fenómeno, un producto transmedia que cada capítulo deja al espectador más anonadado con sus ocurrencias y deseoso de indagar en la Historia. Un genialísimo cóctel de conocimiento, ciencia ficción, humor, aventuras aderezado por un plantel de antores de qualité suprême. Más de un instituto debería aplicarse el cuento y enchufar a los alumnos los capítulos en bucle como antídoto a la ignorancia. La ministeria puede con ella.

Cuéntame cómo pasó

Otro ejemplo de que cuando en el ente público se ponen saben cómo apostar bien es Cuéntame cómo pasó. Con récord de longevidad en series semanales en España, forma parte ya de la historia de la televisión. Sabe reinventarse en calidad cada temporada, aguanta estoica en la parrilla cada jueves, y aún le queda cuerda. Palabra de una que se ha visto los 200 capítulos y le ha sido fiel sus 16 años de vida.

En una honda completamente distinta, en un momento en el que las ficciones de tramas constituían un rara avis en una televisión dominada por las producciones de personajes, Vis a Vis rompió esquemas en su día y se tiró de cabeza a la piscina del riesgo. Antena 3 dejó escapar a la portentosa marea amarilla cuando la audiencia se bajó del carro de los visionados tradicionales. Puede que el recorrido de la ficción de Globomedia se hubiese agotado entonces en la televisión generalista, en un panorama nada preparado para analizar que las formas de consumo han cambiado y el streaming va pisando el terreno. En cualquier caso, las nuevas aventuras de las presas de Cruz del Sur que están por venir gracias a que han sido rescatadas por Fox, prometen una concepción de la historia igual de tremenda.

Justamente, son las cadenas de pago las que, conscientes del potencial del producto de ficción nacional, están apostando por ellas sin cortapisas y maquinando superproducciones ambiciosas y en unos niveles cinematográficos. Ojito a Movistar Plus y a los títulos que tiene por venir. La Peste, dirigida por el cineasta Alberto Rodríguez (La isla mínima) ha irrumpido incluso en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, coronándose como la primera serie en proyectarse en el certamen. La comedia Vergüenza, de Juan Cavestany y Álvaro Fernández-Armero, compite en Donostia en la sección Zabaltegi. El tercer vértice del triángulo de los próximos estrenos de producción propia es La zona, que se verá primero en el Festival de Sitges.

De la nueva hornada de la televisión generalista, también destacan recientes estrenos que apuntan maneras, como Estoy vivo en TVE o Tiempos de Guerra y La casa de papel, en Antena 3. A otras, colocadas en la pole de salida para esta temporada, se les vaticina una prometedora trayectoria. Desde La Catedral del Mar, la ambiciosa adaptación del best seller de Ildefonso Falcones, a los siempre recurrentes thrillers, un género que a las cadenas españolas se les da de fábula, como ya han demostrado con títulos como Sé quién eres, Motivos Personales, El Príncipe o Mar de Plástico. Salvo excepciones, el suspense será el protagonista de nuevo de la parrilla televisiva. Entre otras, quedan pendientes de estreno La verdad, El accidente o Vivir sin permiso. Apostemos por ellas. Aunque nos miren raro.

La casa de papel

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