Sergio Larraín Echenique nace en Chile en 1931 en el seno de una familia acomodada. Por aquél entonces el país sufría con el resto del mundo la Gran Depresión y un movido clima político. Las consecuencias de esta crisis las sufriría su generación y las siguientes, pero no así el propio Larraín. Su padre era un famoso arquitecto. Decano de la Facultad de Arquitectura de la escuela de bellas artes que él mismo fundó y premio nacional de arquitectura, los Larraín Echenique contaron con todas las seguridades que el dinero puede granjear. Además, el ámbito cultural se desarrollaba en primera persona frente a ellos. El domicilio familiar es hogar de tertulias y entre los amigos de su padre se contaban, entre otros, personajes como Pablo Neruda. Como joven, estudia en el colegio Saint George, uno de los más exclusivos de Chile, que todavía existe hoy en día y ha acogido a algunos de los empresarios e intelectuales de más éxito del país. Sergio Larraín sin embargo solo percibía la frivolidad propia de quién no tiene realmente problemas, nunca se sintió plenamente identificado. Sentía pertenecer a otro lugar.

Este mundo establece los pilares de la contradicción a la que Larraín se enfrenta gran parte de su trayectoria, presentándose o difuminándose según la tensión con que esta realidad se hacía más o menos insoportable. La tensión entre lo que se quiere ser y uno espera de sí mismo, frente a lo que somos y se espera de nosotros, de dónde venimos frente a dónde queremos dirigirnos. Larraín nace en una familia rica, pero detesta los lujos y el estilo de vida intrascendente de su familia que piensa le aleja de lo que en última instancia es importante para él, una especie de elevación espiritual que le permita vivir el momento sin distracciones; disfruta conduciendo el coche de su padre, pero sabe que es incompatible con la vida que busca, quiere ser invisible pero su posición social ofrece precisamente ojos y oídos dispuestos a escuchar… ¿cómo y por qué medio encontrar la salida a esta situación que parece sumamente privilegiada pero que le ahogaba?

Sergio Larraín decide estudiar Ingeniería Forestal en la Universidad de Berkeley, una carrera que su padre aprobaba y le permitía descubrir otro mundo en los Estados Unidos, precisamente en California que ya por aquél entonces era uno de los estados más progresistas del país. No podemos saber si de verdad en algún momento trató de convertirse en ingeniero, pero la historia recorre el camino esperado: Larraín abandona la carrera y se dedica a disfrutar de lo que la ciudad permite experimentar a un joven independiente de 18 años. Un día decide mientras pasea comprar lo más bonito que encuentre, y como sucede a veces con algunos de los más extraordinarios giros que nos ofrece la historia, por pura casualidad se topa con una Leica IIIc que adquiere, cámara con la que trabajará desde ese momento, hasta que tristemente es requisada y perdida para siempre tras el golpe de estado que en el futuro acabará con Salvador Allende.

Junto a la cámara compra también una flauta. Busca experimentar y encontrar qué puede ayudarle a llegar a un lugar que con 18 años solo puede sospechar, pero como veremos, con el tiempo consigue aclarar, perseguir y alcanzar. Esta decisión, en el momento pequeña, será el motor de otro de los ejes que marca la vida de Larraín, la fotografía.

Al llegar 1950, se muda a Michigan, donde estudia y trabaja en el laboratorio fotográfico de la universidad, parece que ahora sí, realmente interesado en unas destrezas que le permitirían moverse con la libertad y pequeña carga que una cámara ofrece. Ahora que parece disfrutar la relativa paz de haber encontrado una dedicación, un suceso trágico sacude a la familia: su hermano Santiago muere tras complicaciones no detectadas derivadas de una caída montando a caballo. La familia decide entonces comenzar un viaje por Europa y Oriente Medio que se extenderá 8 meses. Este período de pausa, como un limbo en el que intentan distanciarse para digerir lo sucedido, le permite volver a contraponerse frente a la forma de vida de su familia. Larraín ya ha vivido solo, sabe mejor qué busca y el encuentro con su mundo anterior provoca la necesidad de posicionarse en línea con los ideales que ya ha empezado a definir y quiere encarnar.  No duerme en los lujosos hoteles donde su familia se aloja, localiza pensiones y duerme en ellas. Se dedica a vagabundear. Quiere vivir cada lugar que visita de cerca, no como un mero visitante. Quiere empaparse del momento y ser atravesado por el mundo que le rodea. Queda impresionado por artistas italianos y parece resonar con algunos místicos que conoce en París. Recordemos que en 10 años el movimiento hippie explotaría, pero ya en esta década podemos encontrar el germen, carente todavía del catalizador que lo llevaría a las proporciones gigantescas que alcanzó. El contacto con estas doctrinas darán forma a su estilo de vida en el futuro.

Trafalgar Square en su viaje a Londres 1958-59

Este largo viaje familiar tiene un efecto potente sobre él, parece haber visto el camino que desde la vida de lujo no podía discernir unos años antes: alquila una pequeña casa de adobe en la comuna La Reina, en Santiago, dónde pasará los días meditando, haciendo yoga, leyendo y como diría más adelante, conociéndose a sí mismo. Un joven que teniendo todo, elige renunciar. La vida privilegiada con la que muchos sueñan era una vida vacía para Larraín, que tiene la valentía de seguir sus convicciones. Durante esta época quita peso a su existencia para sentirse en contacto consigo y su entorno, reduciendo su círculo social, liberándose de posesiones y comprometiéndose con sus nuevos hábitos de introspección. La fotografía que realiza no puede ser separada de esta conexión. Como un hilo que une a Larraín al mundo que le rodea, la cámara solo es una intermediaria. Las veces que sintió alejarse de ese estado místico, veía sus imágenes palidecer, como si la magia que captaba en el pasado se esfumase, como si no dijesen nada y quedasen en mero acto estético. Su mejor fotografía, siente, nace de una claridad que conquista yendo y viniendo sin ataduras, ligero, fundiéndose con lo que mira para que la foto hablase de él mismo y del momento pescado. Para poder captar un momento iluminado, él mismo tenía que ser iluminado por el momento. Como Cormac McCarthy apunta, solo podemos hablar realmente de lo que nos atraviesa y Larraín había encontrado su peculiar modo de ser atravesado.

Primer trabajo fotográfico: Los huérfanos de Chile

Durante esta época, alrededor de 1952 y en adelante, por fin pone su atención en un fenómeno concreto, lo cuál genera lo que se considera el primer trabajo fotográfico de Larraín: las tomas acerca de la vida de los niños huérfanos de Chile, particularmente en los puentes que atraviesan el río Mapocho de Santiago. Las imágenes hablan tanto del Santiago de la época como del propio Larraín, que de nuevo se contrapone a su origen. Es fácil imaginarlo recorriendo las calles, haciendo amistad con los niños para poder capturar los momentos como si no hubiese cámara. Agachado. Porque él se agachaba para tomar las imágenes. Siempre buscando sumergirse en la realidad que fotografiaba, y la realidad de un niño está unos centímetros por debajo. Había encontrado su lugar entre los más pobres, entre los que eran invisibles, ofreciéndoles una voz que nacía de una profunda comprensión de la injusticia a la que esa generación de niños se veía sometida. Una mirada, además, respetuosa y carente de lástima, que en ocasiones llega incluso a mostrarnos los momentos de alegría que hasta las vidas más duras atesoran, como en la foto del niño bañándose en el río. Esos niños colgados del puente, en una posición precaria, mirando el vacío de abajo mientras dan la espalda al fotógrafo cuenta una historia de abandono, pero también nos abre sin prejuicios la puerta a su universo.

Las claves de la fotografía que más adelante captará la atención del mismísimo Henrie Cartier-Bresson se encuentran ya en estas imágenes. Cercanía, composiciones limpias con un aura de espontaneidad que nos introduce en las escenas, llenas de movimiento, bellas, aún siendo una temática cruda, cada una con una narrativa propia que nos cuenta la pequeña historia de ese instante pero que en conjunto multiplican para describir una realidad, como las mejores series fotográficas hacen. Larraín siempre se mueve alrededor sin alterar el instante que fotografía, porque él ya está allí como algo más que un fotógrafo o mero observador externo.

La imagen de arriba ilustra esto a la perfección. Dos de sus imágenes más icónicas de los niños del río Mapocho nacen aquí: los niños durmiendo juntos sobre la rejilla, apoyados en la acera y arropados entre sí, y los pies inertes sobre las barras. Consigue absorber el momento y sin influirlo, captar a la vez varios ángulos de la historia, como parando el tiempo. Vacío y liberado de su vida anterior, Larraín se mueve sin constricciones por primera vez. Él mismo dice que su fotografía se vuelve, milagrosamente, mágica.

 

Estas fotografías permiten a Larraín empezar a trabajar para dos asociaciones que ayudaban a los niños, el Hogar de Cristo y la Fundación Mi Casa, solidificando su posición como fotógrafo. Es posible que esto le animase a seguir persiguiendo esta carrera, pero sin duda también fue clave que, tras enviar unas imágenes al MoMA, un par fuesen adquiridas para su archivo. El joven Sergio Larraín, apenas empezada su carrera, ya formaba parte del selecto acervo de fotógrafos cuya obra formaba parte de uno de los museos más importante del mundo.

Sergio Larraín, fotógrafo

A mediados de la década, Larraín consigue entrar a formar parte de la revista O Cruzeiro Internacional (importante en la época), lo que además de permitirle ganarse la vida como fotógrafo completamente, ofreció la posibilidad de viajar por distintos países de Sudamérica, desde Chile, pasando por Perú, hasta Argentina. Si bien esto ya empiezan a ser trabajo más o menos definidos, se sigue sintiendo libre. Puede cumplir su labor para luego seguir buceando entre los momentos que se le ofrecían. Su fotografía sigue brillando.

La bella composición y juego de miradas que más adelante darán lugar a algunas de sus mejores imágenes ya pueden verse en la fotografía de la pareja en la barca, con la vela recogiendo el viento. Es una imagen vibrante y vida, que captura también las emociones de los personajes. Larraín capta todo, no deja nada. Nos transporta a la isla de Chiloé de hace más de 60 años. Las imágenes carecen de complejos, el Queco, como llamaban sus amigos a Larraín, se libera también de las limitaciones de las reglas y la técnica para mostrarnos horizontes torcidos, imágenes desenfocadas y oscuras. Hasta cierto punto, su técnica también es liberarse de la técnica. Aprende a romper las reglas cuando el centro de la fotografía así lo solicita. La imagen de las niñas, hijas de un pescador, colgadas jugando, parece torcida. No es así si nos damos cuenta de que el centro de esta imagen, el motivo mismo por el cuál parece viva y nos permite sentir la brisa del mar y sus risas, no es el horizonte, sino las niñas. Es precisamente esa falta de equilibrio lo que refuerza lo importante del instante capturado.

La fotografía, a diferencia de la pintura, es el arte de quitar. El mundo existe frente a ti y debes elegir qué entra y cómo quieres que aparezca. Esto provoca la parálisis de en ocasiones, no saber qué retirar, porque no sabemos qué hace una imagen buena. No sabemos qué mirar. Larraín con maestría ejecuta el arte de quitar. Nos muestra solo lo importante, lo que a él mismo le dijo algo, es capaz de saber qué tiene significado, por eso algunas de sus imágenes a pesar de parecer ser tomadas en un instante veloz, guardan una coherencia interna que nos atrapa. La imagen de la mujer peruana caminando por la calle es perfecta. Las sombras nos ocultan los detalles que nos distraerían de su movimiento, de los otros viandantes, del muro que sostiene a la montaña que parece se desliza hacia la ciudad.

Cuando llega 1958, un encuentro en Río de Janeiro sella definitivamente el destino fotográfico de Larraín. Coincide con René Burri, fotógrafo de Magnum, la cooperativa de fotógrafos más importante y prestigiosa del mundo, entonces y en la actualidad. Fundada entre otros por fotógrafos ya legendarios en vida como Bresson y Capa, es para muchos un sueño la colaboración o pertenencia a este especial grupo. Algunas de las miradas más privilegiadas de nuestro tiempo, han formado o forman parte de Magnum, como Cristina García Rodero, primera y única española por el momento en llegar a ser miembro de pleno derecho.

El encuentro con Burri, autor de por ejemplo el archiconocido retrato del Ché Guevara fumando su puro, mirando atento con la cabeza ligeramente hacia atrás y un mechón de pelo solitario cayendo sobre su frente, le conecta con la agencia y el miembro fundador Henri Cartier Bresson, lo que impulsará como veremos su ascenso. Esto dará a Larraín la oportunidad de realizar impresionantes trabajos desde la posición privilegiada que Magnum podía ofrecerle. Conoceremos su viaje a Sicilia en busca de un poderoso capo de la mafia, Giuseppe Genco Russo, y sabremos de la decisión de Larraín acerca de cómo vivir su vida y la fotografía. No olvidemos que la contradicción que se establece en su juventud, aunque parece que a veces se ausenta, siempre sobrevuela de cerca al entonces fotógrafo.

Sergio Larraín fotografiado por René Burri en 1958

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