Me cuentan que la universidad intenta desterrar los exámenes de septiembre, como ya se había probado en los colegios, y a mí me parece que este afán por eliminar septiembre de la mente de los españoles, o por lo menos lo que ese mes significa para muchas generaciones, es uno de los mejores símbolos de lo que nos pasa. También me dice un amigo bien informado y mal pensante (como todo el que esté bien informado) que los que mandan quisieran hacer los exámenes extraordinarios un cuarto de hora después de los ordinarios, pero esperan algo más por el qué dirán.

Quitar los exámenes de septiembre significa eliminar la única institución del fracaso que quedaba en España, borrando la imagen de ese (mal) estudiante que pasea con una carpeta y dos o tres libros una mañana de julio, o de ese escolar que despierta media hora antes de la siesta para asistir a una academia, porque su trigonometría se parece a cualquier cosa menos a la trigonometría o tiene faltas de ortografía que espantarían a cualquiera. Cuando presto atención a la gente que habla de educación en nuestro país, siempre oigo hablar de excelencia, de innovación, de generaciones mejor preparadas y no sé cuántos más términos de trapío, pero después se me dice que se eliminará el único infierno del estudiante que nos quedaba y entonces me olvido de las otras palabras grandes.

Esa condena de dos meses que el estudiante arrastraba en los veranos era necesaria, porque ejercía una justicia directa que nuestros jóvenes apenas conocen, un rigor de otro tiempo que me parece más necesario que nunca. El septiembre escolar ya se había debilitado mucho, claro, reblandecido por aquello de que los estudiantes pudieran pasar de curso con dos, tres o las asignaturas que fueran. La muerte de septiembre ya la habían notado antes que nadie las academias, porque había llegado el tiempo en el que los padres apuntaban a sus hijos sin demasiada convicción, más por una costumbre atávica heredada de su infancia de septiembres terribles en los que había que recuperar poco menos que para continuar con el estatus de ciudadano. Habrá quien me diga que ir a la academia no servía para nada, pero es porque olvida que servía para conocer a aquella chica que había sido igual de pasealibros que tú y que por tanto te interesaba.

Y así llegamos a la cuestión de que las bicicletas ya no son para el verano, jugando con la referencia al gran texto de Fernán Gómez, de quien por cierto circula un montaje muy bueno protagonizado por mi querido Patxi Freytez. Con la muerte definitiva de los exámenes de septiembre estamos en que las bicicletas han perdido su verano, entre otras cosas porque ya no son el deseo de nadie. No sé de quién puede ser ahora el verano, pero supongo que también del móvil, igual que el resto del año.

Nuestros hijos van a vivir septiembres de frío calendario, sin personalidad ni alma, y eso me apena. Porque para generaciones anteriores la palabra septiembre mantenía un vago aire cuaresmal que asesinaba la tremenda alegría del verano, el periodo de libertad máxima para un joven. Pero lo verdaderamente importante es que cuando disfrutábamos de esos veranos eternos todos éramos conscientes de que se trataba de una felicidad de tres meses que había que ganarse el resto del año, y ahí volvemos a lo de la cultura del esfuerzo. Nuestros hijos tienen que entender la noción básica de que si no trabajan ahora tendrán que trabajar después. Si no se esfuerzan en otoño, invierno y primavera, pues entonces deberán sudar en verano. Fíjense que engranaje mental tan sencillo, el de septiembre. Libertad y responsabilidad. Nada más y nada menos que dos de los grandes pilares de nuestra cultura.

A la vuelta de unos años, solamente va a ser septiembre en El Corte Inglés. Muchos no se han dado cuenta, pero al final el carácter español no lo han conformado ni los campamentos de falange y sus Manuales de Formación del Espíritu Nacional ni nuestras asignaturas de Educación para la Ciudadanía, sino El Corte Inglés. La marca del triángulo verde es la que de verdad ha marcado la españolidad, y con ellos hemos aprendido que septiembre es el mes de la vuelta al cole. En España no es verano cuando marca el calendario sino cuando ya es verano en El Corte Inglés, siguiendo la misma obediencia mental por la que compramos budas de madera como quien compra rosarios cuando llega la semana asiática, que ahora mismo no sabría ubicarla en el calendario.

Pero la liga ya ha empezado, así que lo que tiene que hacer todo el mundo es ver el fútbol y  divorciarse (septiembre también ha ostentado durante muchos años el trono del mes en el que más matrimonios deciden separarse), de modo que no sé qué hago yo hablando de esfuerzo, de exámenes de alumnos que preparamos para el triunfo sin trabajo, que es el triunfo sin triunfo, y de generaciones como las nuestras que se niegan a repetir lo que vivieron, como si todo lo que hubieran hecho, hasta sus septiembres, fuese algo que debe desterrarse a toda costa.

1 Comentario

  1. Tenga cuidado, pueden oírle, leerle que usted sabe e incluso está en esa línea totalmente inútil y preconstitucional del esfuerzo.
    Y los adalides del todo por nada podrían enviarle a un centro comercial de reeducación. Allí al final entendería que sí se puede conseguir sin esfuerzo, eso sí, también sin calidad y excelencia. ¿Para qué quiere usted que se esfuerzan en ser mejores?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here