«Aunque pongamos muchos fotógrafos en el mismo sitio, siempre sacarán fotos muy diferentes, porque necesariamente proceden de sitios muy distintos, cada uno con su manera de ver, cada uno en función de su historia” – Sebastião Salgado.

Es imposible hablar de fotografía contemporánea y pasar por alto el extenso trabajo de este fotógrafo brasilero. En sus exquisitas fotografías, además de composiciones limpias y elegantes y de un soberbio tratamiento del blanco y negro, se refleja su vida. Y es que la historia de este maestro de la fotografía, con más de 120 países visitados a sus espaldas, es de todo menos típica.

Nació el 8 de febrero de 1944 en una idílica granja cobijada entre las montañas de la región de Minas Gerais, en el sudeste del país, la zona que más presidentes ha dado a la República Federativa de Brasil. Allí pasó su infancia y se crió felizmente junto a sus 7 hermanas, disfrutando de la posición relativamente acomodada de su familia, lo que le permitió cursar sus estudios secundarios y universitarios en Vitoria, capital de la vecina región de Espírito Santo. Tras un pequeño coqueteo con el derecho estudió economía y fue en sus años de estudiante donde conocería con tan solo 17 años a Lélia Wanick, una bella joven con la que se casaría tras finalizar los estudios.

Como una gran parte de los jóvenes del momento, simpatizaron con los movimientos de izquierda y se opusieron a la dictadura militar que controlaba el país tras el golpe de estado de 1964 hasta que, cinco años después, y sin ver un futuro en el Brasil dictatorial se exilió con su mujer a París. Allí, mientras se doctoraba, empezó a jugar con una pequeña cámara de fotos que había comprado Lélia, y con ella, descubrió la magia de fotografía. Sólo faltaba que despertara en él la llamada del fotoperiodismo, lo que llegó cuando se mudó a Londres para trabajar en la Organización Internacional del Café. Con cada uno de los numerosos viajes que por trabajo realizaba a África volvía con carretes y carretes esperando a ser revelados y desvelar los retratos, los paisajes y las historias que escondían.

La obra de Sebastião no es convencional, ni en su presupuesto ni, sobre todo, en su duración

Estos viajes marcarán a Sebastião, ya que África siempre ha sido su “musa”: ese inmenso continente mágico, diverso, colmado de belleza natural, capaz de mostrarle lo mejor y lo peor del ser humano y, sobre todo, una localización constante en todos sus trabajos. Los viajes a África acabaron siendo el detonante del salto más importante de su vida: abandonar su prometedora carrera como economista y dejarlo todo por la fotografía. Fue así como en 1973 volvió a París, invirtió sus ahorros en material fotográfico y comenzó a perseguir su carrera como fotógrafo profesional. A lo largo de los años trabajó para diversas agencias hasta que en el 79 entró en Magnum, la agencia internacional de fotografía con más prestigio y que en su día fundaron fotógrafos de la talla de Cartier-Bresson o Robert Capa.

La obra de Sebastião no es convencional, ni en su presupuesto ni, sobre todo, en su duración. Hasta la fecha, destacan 4 obras: “Other Americas” (1977-1986), “Workers” (1986-1993), “Exodus” (1993-2000) y, el más reciente, “Genesis” (2004-2013), que representa un cambio de 180 grados en su fotografía.

«Other Americas»

Fue con “Other Americas”, su primer gran trabajo fotográfico, con el que empezó a labrarse su leyenda. Durante 7 años recorrió los rincones más recónditos de toda Latinoamérica tratando de reconectar con aquel continente del que tuvo que exiliarse años atrás. Allí convivió con los pequeños pueblos extraviados de los Andes, se mezcló con los últimos indios de México y, en definitiva, buscó captar la esencia de un continente tan bello como injusto.
En este trabajo ya se aprecian claramente las características que definirán el trabajo de Sebastião Salgado y es que él se integra en los pueblos que captura, llegando a pasar semanas conviviendo, participando en su día a día, aprendiendo su cultura, y conectando con los sujetos de sus imágenes. Esto hace que sus retratos no sean instantáneas tomadas por un curioso observador externo, sino que sean fotografías íntimas que te muestran de forma explícita la sinceridad de la conexión del fotógrafo con sus retratados. Imágenes sinceras que además destilan elegancia, con unas composiciones brillantes que dan tanta importancia al sujeto como a lo que hay detrás de él.

«Workers»

Su segundo trabajo, “Workers”, consagró a Salgado como la fusión del artista con el fotoperiodista. Tras ser testigo de la desigualdad y de las condiciones extremas de los más pobres del planeta, decidió dedicarse a documentar el trabajo manual en un mundo cada vez más industrializado, recorriendo todo el planeta en una obra épica en su escala. En palabras de Andy Grundberg, del NYT: “Sebastião Salgado ha producido un elaborado y lujoso himno a los trabajadores de todo el mundo, desde recolectores de té en Ruanda hasta los bomberos de pozos petrolíferos en Kuwait. Trae a la composición del fotoperiodismo habilidades similares a las del pintor Caravaggio. Una vez publicado en 1993 empezó a trabajar en su siguiente proyecto, desconociendo entonces que le afectaría hasta el punto de colgar la cámara.

«Exodus»

En los primeros años de la década de los 90 Salgado identificó un fenómeno creciente: los desplazamientos de poblaciones, las migraciones de pueblos. Es una historia que se repite y que poco ha cambiado desde entonces, como queda patente con la crisis de los refugiados sirios.
Para la producción de este proyecto viajó a 36 países y documentó toda clase de movimientos migratorios: kosovares huyendo a Albania, latinoamericanos intentando entrar a Estados Unidos, las primeras pateras intentado llegar a Europa… Pero hay un caso en particular que le marcó enormemente, en donde presenció lo más oscuro de la humanidad. Tan terrible que significaría un antes y un después en su vida. Hablamos de Ruanda.
Allí fue testigo de un genocidio, de la muerte, del horror… presenció el infierno en la Tierra. Fruto de la guerra civil, más de 2 millones de tutsi abandonaron sus casas y huyeron del país durante un intento de exterminio por parte de la mayoría gobernante hutu. Se levantaron puntos de control en las carreteras y fronteras y se asesinó sistemáticamente todo aquel identificado como tutsi en su documento de identificación, vestigio de cuando Ruanda era una colonia belga. Se masacró a más del 75% de la población en uno de los capítulos más negros de la humanidad.
Los supervivientes que llegaron a los campamentos de refugiados no tenían un futuro mucho más prometedor, ya que las condiciones infrahumanas, el hambre y las enfermedades (sobre todo el cólera) causaron estragos y diezmaron aún más a unas personas ya castigadas tras meses de huida.

Sebastiao tuvo la suerte de sobrevivir, y aunque no resultó herido, sí enfermó. No de las enfermedades que doblegaban a los refugiados con los que convivía, sino de una enfermedad más profunda. Ser testigo del terror del que es capaz el ser humano dejó una marca en Salgado. Una marca en su alma y en su cuerpo. Perdió la fe en la humanidad y en sí mismo. Acabó abandonando la fotografía y volvió a Brasil, a aquella granja familiar de Aimorés donde nació.

Lo que se encontró nada tenía que ver con aquellas idílicas estampas de su infancia. La sequía y la desforestación habían causado estragos, transformando el paisaje en un páramo muerto. Junto a Léila se marcaron un objetivo: devolver la granja a la naturaleza y recuperar la belleza natural que un día tuvo. Así fue como fundaron el Instituto Terra. Una terapia que, con cada árbol plantado, trata de sanar las heridas de las escenas aberrantes que observó a través del objetivo. Ya van más de 10 millones.

«Genesis»

Esta búsqueda de refugio en la naturaleza y lo salvaje fue la semilla de la que brotó “Genesis”, un homenaje a la Tierra, una visita a aquellos lugares del planeta que aún no han sido castigados por el ser humano “civilizado” y la destrucción que le acompaña. Esto representa un cambio radical en su obra fotográfica, que hasta ahora había sido hegemónicamente antropológica. Ahora, el ser humano cedería el protagonismo al reino animal y el fotoperiodismo, al paisaje. Un cambio tan arriesgado que cuando Salgado comentó el plan a sus colegas de profesión, éstos intentaron disuadirle. Pero no vaciló, y sólo podemos dar gracias porque haya sido así. Y es que “Génesis”, su cuarto gran trabajo, no es otra cosa que una obra maestra. La ópera magna de un artista que encuentra la madurez dejando de lado todo lo que había hecho hasta el momento y que le habían hecho leyenda, para así poder convertirse en mito, en inmortal.

 

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