Leí hace poco un texto de W.H. Auden en el que decía que cuanto más apacible es un grupo cultural, más salvaje es la lengua en que se expresa. Lo que quería decir el poeta inglés es que el individuo socialmente reprimido necesita alguna válvula de escape, sea cual sea, y cuando no puede recurrir a la violencia física, comienza a utilizar la verbal. Los rígidos colegios privados ingleses, de alumnos en corbata y tweed, mantienen un nivel de violencia entre iguales tan frecuente y asumido por todos que parece una tradición más de la muy tradicional Gran Bretaña. Cuando leía las palabras siempre acertadas de Auden, me venía a la cabeza el tremendo contraste existente entre la continua exposición de nuestros jóvenes a la violencia virtual (televisiva o del mundo de los videojuegos) y su escasa experiencia en violencia física. Huelga decir que me parece un logro social maravilloso que la juventud actual apenas haya presenciado actos violentos, pero ello estaría realmente equilibrado si por otro lado no se les ofreciera un auténtico arsenal digital de caminos para vivir (virtualmente, pero vivir al fin y al cabo) el asesinato en cadena, premeditado o a sangre fría, el descuartizamiento, la violencia gratuita y el estado de guerra permanente. Dense una vuelta por el pasillo de videojuegos de cualquier tienda y háganse una idea de si esto que escribo es cierto o se queda corto. Los mismos padres que reprimirían y castigarían duramente a un niño por dar un empujón o una torta a un compañero de clase permiten que cada día, siete días a la semana, simule en la oscuridad de su cuarto que el apocalipsis ha llegado y solamente podemos defendernos disparando y disparando a quien se ponga por delante.

«Hay que resaltar el tremendo contraste existente entre la continua exposición de nuestros jóvenes a la violencia virtual (televisiva o del mundo de los videojuegos) y su escasa experiencia en violencia física»

Este tremendo contraste entre la negación social completa de la violencia como modo de resolución de los conflictos y la barra libre de hechos infinitamente peores en lo virtual solamente puede producir una especie de esquizofrenia funcional en los jóvenes, con cerebros bruscamente divididos entre lo que se permite en la realidad y lo que se tolera en la artificialidad tecnológica. Los que pertenecemos a generaciones anteriores conocíamos más violencia real, qué duda cabe, pero precisamente por eso sabíamos que tenía nefastas consecuencias. Piensen por un momento que una sesión de cuatro o cinco horas de videojuegos extremos, en una edad temprana, equivale al nivel de estrés al que se expone un piloto de caza profesional. Algunos me dirán que la cuestión al fin y al cabo no es real, y que al tratarse de un mero juego, la tensión es mucho menor. Pero si uno de verdad conoce la psicología del niño y le ha observado cuando ve una película o juega con el ordenador sabe que los jóvenes entran en la ficción con una intensidad y entrega –para lo bueno, para lo malo– que no conoce límites. Están más dentro de la historia de lo que un adulto puede alcanzar jamás.

Ha llegado el momento de que, como padres, profesores, o simples ciudadanos, abanderemos lo que puede llamarse un pacifismo digital. El pacifismo real que queremos para nuestra sociedad no puede convivir con franquicias televisivas tremendamente violentas y videojuegos que son auténticas carnicerías, a los que nos hemos acostumbrado tan rápido que nos parece lo normal. Pero debemos darnos cuenta de que no tendría que ser lo normal. El planteamiento cultural norteamericano, heredero de ese puritanismo de la América naciente, vive de una manera enfermiza esa esquizofrenia social de la violencia oculta, intramuros, sumergida bajo la piel. Y así ha viajado a Europa y se ha instalado en países en los que había un equilibrio de paz inigualable y se disfrutaba de una ficción bastante más sana e inocente, que ha quedado totalmente aplastada por el músculo de la industria de entretenimiento estadounidense.

«Ha llegado el momento de que, como padres, profesores, o simples ciudadanos, abanderemos lo que puede llamarse un pacifismo digital. El pacifismo real que queremos para nuestra sociedad no puede convivir con franquicias televisivas tremendamente violentas y videojuegos que son auténticas carnicerías»

La enseñanza de la escuela también aporta un elemento de extrañeza a la cuestión. La moda reciente de la ficción escolar, especialmente en la etapa primaria, ordena que las lecturas se elijan no porque sean narraciones poderosas, abracadabrantes, ilusionantes, verdaderos libros con mayúsculas que pueden hacerles amar el universo de la literatura, sino por ser pedagógicos, didácticos, enseñantes, cargados de valores. Editoriales y autores especializados en literatura infantil fuerzan tanto la cuestión para ajustarse a la moda que muchos de los libros que los niños deben leer por obligación son apenas un conjunto de buenos propósitos y enseñanzas (ecológicas, integradoras, feministas) con apenas una delgada línea de ficción para mantener unido tanto valor. Libros aburridos, en suma, con poco o ningún valor literario, narraciones de laboratorio para enseñarles mucha ética y mucha moral pero que divierten poco. Una vez que llega la tarde y las clases se acaban, esos libros hipercontrolados  desaparecen y entonces la pantalla vuelve a mostrarles que hay un mundo sin reglas en el que el atropello es puntuable, los francotiradores molan y aniquilar un barrio con un fusil es lo mejor de lo mejor.

«Los autores especializados en literatura infantil fuerzan tanto la cuestión para ajustarse a la moda que muchos de los libros que los niños deben leer son apenas un conjunto de buenos propósitos. Libros aburridos, en suma, con poco o ningún valor literario, narraciones de laboratorio para enseñarles mucha ética y mucha moral pero que divierten poco»

El uso que damos a las redes sociales y los programas de mensajería instantánea añade más facetas al problema. Alumnos que apenas se miran durante las horas del colegio, y que jamás han discutido cara a cara, se insultan durante la tarde con todo el arsenal de bajezas que conocen, mientras los amigos de uno y otro hacen lo que pueden para calentar la cuestión. Podemos decir que nuestras escuelas, en el día a día, en la dimensión real, son más pacíficas que nunca. Todo el veneno, que es mucho, corre por las tuberías de lo virtual. Ahora se debate acerca de la proporcionalidad de las penas aplicables a las injurias, amenazas y calumnias pronunciadas en esos vertederos de opinión en los que a veces se convierte internet, y no les oculto que la cuestión es realmente difícil de dilucidar. Pero la gran pregunta de fondo es la que sitúo en un futuro no demasiado lejano: ¿llegará el momento en el que dejemos de distinguir entre real y virtual, porque lo segundo nos ocupe tanto tiempo y esfuerzo de nuestras vidas que la huella verdaderamente residual y anecdótica llegue a ser la primera?

No oigo suficientes voces denunciando que nos estamos convirtiendo en una sociedad tremendamente hipócrita, de reprimidos, de violentos por lo bajini. Nos espera un futuro con humanos incapaces de hablarse, de tocarse, de sentirse en el terreno de lo real, pero capaces de hacer cualquier cosa, hasta la más baja, tras el parapeto de lo digital. Después nos llevamos las manos a la cabeza cuando un adolescente (todavía pocos en Europa, pero muchos ya en Estados Unidos) traspasa la línea que separa realidad y ficción y abre fuego de verdad, con sangre de verdad y muertos auténticos. Y cuando eso ocurre lo único que hacemos es llevar a unos cuantos tertulianos a un plató para que charlen unas horas sobre el tema. Para conseguir de manera plena una sociedad pacifista –o pacífica, si no quieren el tinte panfletario y activista–, es urgente que la consigamos también en el terreno de lo virtual. Debe preocuparnos mucho más de lo que hasta ahora lo hace esa otra vida de nuestros hijos, la que se desarrolla en esas pantallas que no vemos, en ese invisible espacio de su biografía que no deja de crecer y que, de momento, no tenemos demasiado en cuenta porque sabemos que no es real.

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