“El Barco Ebrio”:

“Cuando yo iba bajando por impasibles Ríos, / sentí que no me guiaban ya los sirgadores: / chillones Pieles-Rojas, tomándose por blancos, / desnudos los habían clavado a unos postes de colores. /      /Maldita la falta que me hacía tripulación alguna / -transportador de trifo flamenco y de algodón inglés / Cuando se terminó todo aquel alboroto a la par que mis hombres / de sirga, me dejaron los Ríos descender hacia donde quisiera. /      / He corrido, el invierno pasado, por furiosas marejadas, / más sordo que el cerebro de un niño; las Penínsulas / desamarradas nunca habían sufrido / confusión tan triunfante. /       / La tormenta mi despertar marítimo bendijo. / He bailado en las olas más ligero que un corcho, en las olas / que tienen fama de arrolladoras incesantes de víctimas, / diez noches, sin echar en falta el ojo atontado de los fanales. /   Más dulce que para un niño las ácidas manzanas, / el agua verde traspasó mi corazón de abeto / y me lavó las manchas de vino azul y vómitos, / dispersando los garfios y el gobernalle. /     / Desde entonces me he bañado en el Poema de la Mar / infundida de astros, latescente, devorando los verdes azules, / por donde macilenta y embelesada flotación, / desciende un pensativo ahogado, a veces; /     /donde tiñendo de repente los azules, delirios / bajo el día rutilante y ritmos lentos, / más fuertes que el alcohol y más vastas que nuestras / liras, fermentan las rubias amarguras del amor. /   (…)    / Así pues, yo, navío extraviado bajo las cabelleras de las ensenadas, / arrojado por el huracán hacia el éter sin pájaros, / a quien los Monitores ni los veleros del Hansa / no me hubieran sacado a flote la carcasa ebria de agua; /       / libre, echando humo, coloreado de brumas violetas, / yo que agujereaba el cielo como un muro rojizo, / cubierto de exquisita confitura para los / buenos poetas, líquenes de sol y azules muermos; /       / Yo que corría, moteado de lónulas eléctricas, / loca tabla, escoltada de hipocampos negros, / cuando los julios hundían a garrotazos / los cielos de ultramar en ardientes embudos; /      / yo que temblaba oyendo desde cincuenta leguas / gemir los encelados Behemots y los Maelstroms, / arriando sin cesar inmóviles azules, / me acuerdo de mi Europa de murallas antiguas. /  (…)    / Realmente, yo he llorado demasiado. Las Albas / son desconsoladoras, toda luna es atroz, y todo sol amargo: / el amor me ha llenado de embriagador sopor. / ¡Que reviente mi quilla¡ ¡Que me hunda en el mar¡ /      / Si yo deseo un agua europea, es el charco / negro y frío donde, hacia el crepúsculo ungido, / un muchacho agachado deja, triste, un barquito / tan frágil como una mariposa de mayo. /     / Ya no puedo, bañado en vuestra languidez, / ondas, borrar la estela de los mercantes de algodón, / ni tampoco traspasar el orgullo de las banderas y las llamas, / ni nadar bajo los pavorosos ojos de los pontones.”.

Puedo decirte, querido Arthur Rimbaud, que, después de escribir este poema, hay un antes y un después en la evolución de tu estética literaria. Con “El Barco Ebrio” abres una nueva etapa que será la que te llevará poco después al barroquismo de “Una Temporada en el Infierno” y a las “Iluminaciones”. Te has convertido en un nuevo poeta, el que deja atrás ya definitivamente el Parnaso –ya lo habías hecho antes, todo hay que decirlo- y te propones crear un estilo personal, una voz inconfundible, un lenguaje distinto como hasta ahora nadie hasta el momento, ni siquiera en París, estaba realizando. Se trata del Rimbaud II, el que pasará a la posteridad desde la seducción de las vanguardias y toda la poesía de “pavorosos ojos” de la modernidad, la contracultura, el posmodernismo, la Internacional situacionista, la generación beat, el concubinato del rock & roll y el sistema de la música punk, la poesía visual, el surrealismo de la generación del 27 español, todo lo que represente subversión y rompimiento dentro de los cánones de la literatura nueva enfrentada a la añeja, hasta el punto que hasta hoy sigues siendo referente de las nuevas generaciones de jóvenes poetas que procuran realizar del poema los gemidos encelados de los Behemots y los Maelstroms; todo esto me parece que ya te lo he contado, pero me parece que debo insistir en ello justo cuando aparece en ti el punto de inflexión de tu albergue renovador, de tu happening estilístico y gramatical, de tu uso de las palabras como si fueran la destrucción de la Edad Media con el Pantocrátor adjetivado en leches de tradicionalismos.

Con “El Barco Ebrio” rompes definitivamente con el Pasado y te enmascaras en un poeta actual, rejuvenecido, capaz de hacer uso de términos insospechados, palabras inventadas que vienen de la maestría de tu propio cosmos interior, un lenguaje fuera del tiempo que no es del siglo XIX, sino del futuro, más propio de Huidobro o de Lorca que de los campos azules que veías en las Ardenas. Tu rebeldía fascinante y aquella etiqueta que te pusieron -para mí completamente desafortunada-, esto es, “L’Enfant Terrible”, deslumbraron a las generaciones del XX en todo tipo de triángulos esferoides e hipotenusas de una cultura alternativa o combativa, como son los casos de Ferlinguetti, Allen Ginsberg, The Doors, The Cult, Bob Dylan, Patti Smith, Leonard Cohen, Delmore Schwartz, Bowie o Van Morrison, por pararnos aquí, pues es tan larga la lista como la de esta lastra de este machismo internacional que hoy seguimos padeciendo. Tú fuiste más mujer que hombre u ambas cosas a la vez. ¿Quién será capaz de negarlo?

Después de escribir “El Barco Ebrio” –sobre todo en los poemas en verso que seguirán a esta composición, en la que ya a menudo abandonas la rima y el metro regular- lo realmente importante no es ya la calidad, que se da por segura, sino algo mucho más profundo, es decir, lo que te vengo contando, ese salto sin red hacia la poesía moderna. Después de “El Barco Ebrio” –poema, todo hay que decirlo, que escribes para admiración de Verlaine, para demostrar que tú podías escribir el mejor poema de aquel tiempo, ya hablaremos de eso- no sólo consigues escribir tu gran poema, sino que escribes otra naturaleza de obra, magnífica no sólo por ser sublime en sí, sino, como digo, por ser parte de tu evolución como escritor. Con este poema partes de la originalidad de convertir las palabras en música y a considerarlas como sonidos musicales, pero no lo confundamos con la musicalidad a secas, con lo que se entiende el verso musical, eso ya lo habían hecho los parnasianos y sobre todo Baudelaire y más tarde lo encontraremos en Mallarmé. No se trata, pues, de musicalidad en el sentido estricto de la palabra. Tú vas mucho más allá. Buscas la profundización de lo musical, es decir, tratar las palabras como objetos abstractos en el espacio del mismo modo que un compositor, por ejemplo, Mahler o Jim Morrison, tratan educada o salvajemente los sonidos, que al fin y al cabo la misma cosa son. Se sabe que la música no es imitativa, que cualquier tipo de imitación de un proyecto musical o bien se aplica sólo a obras de deliberado carácter grotesco –estoy pensando en Stravinsky- o bien recompone en pocas palabras un deterioro. Había que llevar la música de los grandes maestros, Chopin, Beethoven, Liszt, a la literatura y fuiste tú el encargado de realizarlo. A lo que tú tendiste fue a la simbiosis de poesía y música en cuanto artes abstractas: artes de abstracción solidificadas en el sonido de las palabras en el espacio.

Todo esto de intentar renovar tu poesía se produjo porque te negabas a aceptar que la miseria que bullía a tu alrededor, como un asco de monstrencas visiones, y que te producían verdaderos vómitos contra todo y contra todos, no fuera más que una miseria que, al fin y al cabo, dejara de afectarte, con su significación de fuego y su incendio de bosques. Desde tu más indeleble infancia, cuando Vitalie Cuif, tu madre autoritaria, te llevaba a misa a la iglesia de Charleville, sentiste el pájaro arrollador de la videncia de Dios y creíste encontrarlo. Con los años, agobiado por el descrédito, te rebelaste contra él: “A la mierda con Dios”. Lo odiaste, pues que lo identificaste con el Pantocrátor, es decir, con la tiranía y el oscurantismo, con las recesiones que no te permitían una evolución mental natural y dichosa. Necesitaste entonces algo diferente, algo que diera sentido a tu vida, algo que te aproximara a la perfección y a la verdad más absoluta. Escuchaste la voz de Baudelaire en torno a todo esto. Urgía un encuentro contigo mismo. No te bastaba con la urgencia del pecado y el paganismo. Tu propia rebeldía, de la que ya te he hablado ampliamente, contra todo lo que el mundo aceptaba sin remisión, como si las cosas no pudieran ser cambiadas jamás, te empujó ahora a desmembrar el descubrimiento de una realidad que de entrada sólo percibías aparentemente, pero que, en el fondo, permanecía dentro de ti como una hoguera que te quemaba, como el fuego en que ardió Giordiano Bruno, quemado vivo en Campo di Fiori, Roma, bajo sentencia del Papa Clemente VIII en 1600, acusado de hereje, impenitente, pertinaz y obstinado. Cuando lo iban a ejecutar dijo: “Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”. Sin duda, Arthur, en aquella época tú habrías ido tras los pasos de Bruno.

La poesía, de este modo, dejaría de ser una educación personal, espejo de la realidad misma que te rodeaba; se puede decir que no sería un fin en sí misma, sino un instrumento para la exploración del más allá y la cosificación para llegar hasta él. Todo más allá siempre se abatana en un más acá, que ya es una manera de toda “Disolución”. La literatura, en tal caso, residiría íntimamente en la mantequilla del don del profeta en que te estabas convirtiendo y con ella en un misticismo propio del ángel caído, la manera más analítica de expresar lo indecible. Te estabas añadiendo a un tipo de poesía que te iba a colocar en la estela del médium, en los elementos del subconsciente de los poderes que se establecían en su referente. Estabas, cómo te lo diría, prendiendo el vuelo, demasiado alto quizá, junto a las mezquitas de los muertos o de los vivos, por encima de las realidades palpables y pippermint, para aventurarte en un mundo secreto más allá de lo vivible y lo aparente, convirtiéndote en reflejo de una oscuridad de mens eterna. Ocupado, como estabas, en estas nuevas visiones, te despreocupaste por un tiempo de los acontecimientos políticos y sociales.

Fue el momento en que un tal Charles Bretagne, al que conociste en tus embriagueces de los cafés de Charleville, empezó a influir sobre ti de la misma manera en que tiempo atrás lo había hecho tu profesor George Izambard. Bretagne, hombre extravagante que tocaba el violín y dedicaba su tiempo a la afición del dibujo, mostraba cierto interés por la magia y el ocultismo. Por las tardes tú te pasabas horas enteras en el café Dutherme junto a tu actual compañero, quien siempre alababa tu inteligencia y, quien sabedor de tus crisis económicas, acostumbraba a pagarte la bebida y a llenar de tabaco tu pipa de fumar. Los dos, nacidos tal para cual, os arrimasteis a la moneda del vicio y tú reías -luego dirías aquello de “la sonrisa horripilante del idiota”- a carcajada los chistes que Bretagne contaba con salvaje ironía. En la Edad Media, según tu amigo Delahaye, se le hubiera confundido por un demonólogo o alquimista, pues participaba de la magia y es posible que hubiese sido quemado en la hoguera por hereje, como en el Renacimiento, ya te digo, hicieron con Giordano Bruno. Fue él quien te inició en la cábala y te prestó libros en los que aprendiste el ocultismo y todas las disciplinas que tenían que ver con este tipo de enseñanza.

Fue a partir de la filosofía india lo que te inspiró para escribir las famosas “cartas del vidente”, esta teoría de la videncia pone en evidencia -son palabras distintas con distintos significados: videncia y evidencia- que tú tenías pleno conocimiento de la filosofía oriental estrechamente orientada hacia el budismo. Es propio de esta teoría que la sabiduría de Oriente ha sido desalojada por la influencia de la zapatería de la carcasa occidental. No obstante, todo hay que decirlo, esta afición por el Oriente ya te venía de tus estudios de la poesía parnasiana, que se conocía muy bien la historia del budismo de Burnouf, la traducción de los “Rig Veda”, el “Ramayana”, el “Bhagabad Gita” y el “Bhagabata Purana”. Fueron las enseñanzas ocultistas de los libros que te prestó Bretagne, más sus largas charlas en el café Dutherme, las que verdaderamente te provocaron esa especie de iluminación que luego llegó a formar parte de tu particular estética literaria. Sin duda te influenciaron las fuentes del pensamiento romántico y posromántico en tanto en cuanto tenían de manifestaciones de lo oculto. Victor Hugo, por ejemplo, se introdujo en el mantenimiento de la iluminación y la cábala. No se puede entender a Gérard de Nerval si no es por su relación con la alquimia, y la doctrina iluminista saturó la Francia del siglo XVIII, en ciudades como Burdeos o Lyon. No pongo tampoco en duda que esa influencia se prolonga posteriormente en autores románticos como Joseph de Maistre, Ballanche, Sénancour, Charles Nodier, etc. El swedenborgismo inundó de oleadas visionarias el siglo XIX gracias a la traducción de Le Boys des Guay. Y para más inri ¡cómo olvidar el enfrentamiento que tuvo Baudelaire con todo lo que tuviera que ver con este tipo de ideas¡ Otros iluministas fueron Père Enfantin, Pierre Leroux, Hoené Wronski, Esquiros y Eliphas Lévi.

Es algo más que residencial el hecho habitable por el cual tú entraste en contacto con todos estos escritores y que esa superposición elevó todas tus teorías ocultistas que, a no tardar, se plasmarían en tu forma de escribir. Pero lo que sin duda más satisfacción te dio y con quien te enredaste hasta los caballos al trote de los prados fue con la alquimia de Charles Baudelaire, gran responsable, en cierta medida, de la carnalidad de tus teorías del vidente.

No cabe duda, entonces, que quien más influyó en el transcurso de tu nuevo método creativo por esas fechas, en que transmutó como cambian los movimientos literarios a lo largo de la Historia, fue Baudelaire, no sólo en tu estética poética, sino en tu actitud ante la vida. Baudelaire, quien por entonces ya permanecía enterrado en el cementerio de Montparnasse, fue uno de los primeros poetas que condecora en su literatura la vida en toda su extensión de comunicación y conocimiento. Baudelaire, como tú, poseía el torbellino de luz del hombre romántico inserto en la modernidad, aspiraba a la mixtura perenne de la realidad y las frecuencias espirituales. A esa mezcolanza -tú ya te las habías leído, amor- él las llamó “correspondencias”, y fue a través de los símbolos cómo logró ese objetivo tan original, pasando a defender lo que entonces se denominó la escuela simbolista. Estos símbolos se podían considerar como el lenguaje de la naturaleza, un lenguaje a veces indescifrable que nos perturba y nos hiere la duda. Swedenborg creía a todas luces que los poetas eran capaces de acometer con palabras la desnudez de los entes misteriosos. Con Baudelaire Swedenborg se hubiera tenido que poner un pañuelo rojo en la boca. Para Baudelaire el artista es mejor que tenga el don de la traducción o el desciframiento. El autor de “Las Flores del Mal” perduraba en su visión de una completa unión de todas las artes, enraizadas en una única, inefable, perfecta expresión de belleza que motivara el relampagueo de todos los sentidos. Baudelaire trató de aproximarse a la música no con la intención de imitar los armoniosos sonidos de una melodía con sus palabras poéticas, sino para conseguir la misma sugestión y evocación en el estado de ánimo. Muchos de tus críticos han mencionado el poder de la armonía musical que disponía tu poesía, sobre todo a partir de “El Barco Ebrio”, ya te he hablado yo de ello tan sólo hace unos instantes, y esa comparación es puramente baudelairiana.

Por otro lado, Baudelaire tenía gran empeño en describir los sueños y experimentó diversas teorías para lograrlo. Dijo: “Soñar magníficamente no es un don que se conceda a todos los hombres. La facultad de soñar es una facultad divina y misteriosa, porque mediante el sueño el hombre se comunica con el mundo tenebroso que le rodea”. Tú tomaste al pie de la letra estas palabras y con la intención de comunicar lo tenebroso recurriste al mundo de las drogas, que Baudelaire había descrito en sus “Los Paraísos Artificiales”, para dar rienda suelta a los sueños y a las visiones que, según él, le pertenecían a todo poeta. El alcohol te daba más libertad para la escritura y ya por entonces te preguntabas qué pasaría si pudieras hacer realidad el uso de medios más potentes, como el hachís, que Baudelaire trata como forma de alucinación perfecta en su libro. Estabas, desde entonces, preparado para probar esa droga, que aletargara los sentidos y las sensaciones y agudizara el método de tu creatividad. Sabías, según Baudelaire, que con el uso del hachís se producía la sinestesia, es decir, la combinación de sonidos y colores, la música y la pintura. Sin embargo, no hay que confundir a Baudelaire, pues para él el uso de drogas, aunque lo utilizara, significaba un acto inmoral cercano al suicidio, un suicidio lento pero seguro. ¿Hipocresía baudelairiana? Yo estoy dispuesto a aceptar esta interrogación, pues el maestro de la poesía moderna, todo hay que recordarlo, perteneció al famoso Club des Haschichins, donde compartía delicias y horas de alucinaciones junto con el doctor Jacques-Joseph Moreau, en el Hôtel de Lauzun, Théophile Gautier, Eugêne Delacroix, Gérald de Nerval, Alejandro Dumas. El hachís lo ingerían más que fumarlo. Gautier escribió un artículo titulado “El Club des Haschischins” en “Reveu des Deux Mondes” en febrero de 1846. El doctor Moreau había estudiado los efectos del hachís en sus viajes a Egipto, Siria y Asia Menor y regresó a París con la intención de montar el Club en 1844. Baudelaire no sólo experimentó con el hachís sino también con el opio. A eso añadimos su afición al vino, que tantas veces aparece reflejado en sus poemas. Es decir, lo de los problemas morales es una excusa en Baudelaire consumada por su fervoroso sentimiento religioso y católico. No te equivoques, Arthur, tu maestro era un dandy predispuesto a la buena vida, un “bon vivant”, un pecador (según Cristo) que supo disfrutar la vida hasta sus últimas consecuencias. Hizo de la alucinación la medida de su pelo verde en un París provinciano. Ah, pero qué vida y que obra tan justamente empalmada en aquel contubernio que todavía a la hora de morir era aquella modernidad de París. El Gran Charles Baudelaire. Yo siempre que voy a París le llevo un tetrabrik de vino y lo dejo en su lápida del cementerio de Montparnasse.

Te llegó el momento, pues, de preparar tu nueva teoría literaria, alejada de todo tipo de influencias del pasado, una teoría personal y subjetiva con la que ibas, con el tiempo a asombrar al mundo. Tu original doctrina estética quedó reflejada en dos cartas escritas en 1871: la primera a Izambard el 13 de mayo y la segunda a Paul Demeny el 15 del mismo mes. Estas dos cartas son el punto de inflexión de todo tu arte poético. Ya no cabe la menor duda de que extrajiste aquellas novedosas ideas de la cábala con la que te había puesto en contacto Charles Bretagne, de los libros de magia y de las obras de los artistas ocultistas que tan apasionadamente por entonces estabas leyendo, y, por supuesto, como te acabo de comentar, de tu acercamiento a la luminiscencia de Baudelaire, con sus sueños de sabiduría y sus hojas de oro. Habías decidido ya para siempre ser un “vidente”. Tenías claro que él había encontrado el sistema forjador de acudir a la libertad total enfrentándose a las inhibiciones morales y a los prejuicios y que los paraísos artificiales, el uso de las drogas y el alcohol te iban a ayudar a fabricar un mundo donde por fin romperías las cadenas que todavía mantenían preso a Prometeo y que seguían paralizando el alma humana.

CARTA A GEORGE IZAMBARD

“Charleville, mayo de 1871

¡Querido señor¡

Aquí está de nuevo el profesor. Nos debemos a la sociedad, me dijo; usted forma parte del cuerpo de maestros: va por el buen camino.

     Yo también voy por el buen camino: me hago mantener cínicamente: desentierro antiguos imbéciles del colegio; todo lo que inventar es estúpido, malo, tanto de acto como de palabra, se lo doy; me lo pagan con cañas y con vasos de vinos – stat Mater dolorosa, dum pendet filius.

     Me debo a la sociedad, es justo –y tengo razón- Usted también, usted también tenía razón hoy por hoy. En el fondo, usted sólo ve en el fondo poesía subjetiva: su obstinación en reincorporarse al pesebre universitario -¡perdón¡… ¡pobre¡ Pero usted terminará como un satisfecho que no ha hecho nada, porque nada ha querido hacer. Sin contar con que su poesía subjetiva siempre será horriblemente sosa. Un día espero –y muchos otros esperan lo mismo también- espero ver al principio su poesía objetiva, ¡la veré más sinceramente de lo que usted nunca sería capaz¡

     Seré un trabajador. Es la idea que me retiene cuando la ira loca me empuja hacia la batalla de París. ¡Y sin embargo están muriendo tantos trabajadores mientras yo escribo¡ Trabajar, ahora, jamás, jamás, estoy en huelga.

     Por ahora lo único que hago es encrapularme lo más que puedo. ¿Por qué? Quiero llegar a ser poeta y me esfuerzo en convertirme en vidente: no lo comprendéis en absoluto y no podría explicároslo. Se trata de llegar a lo desconocido mediante el desarreglo de todos los sentidos. El sufrimiento es enorme, pero hay que ser fuerte, haber nacido poeta y yo me reconozco poeta. No es culpa mía en absoluto. Es mentira cuando decimos yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras.

     Yo es otro diferente. Mala suerte para la madera que se descubre violón, ¡y a la porra los inconscientes que se muestran pedantes sobre lo que ignoran por completo¡

     Usted, para mí, no es docente. Le regalo esto: ¿es sátira, como usted diría? ¿Es poesía? Es y será siempre fantasía. Pero, se lo ruego, no subraye nada, ni con lápiz ni tampoco demasiado con la mente.

                               MI CORAZÓN ROBADO. POEMA.

   Esto no quiere decir nada. Contésteme, a casa del señor Deverrièrre a través de A. R.

    Saludos de todo corazón.

Rimbaud”

 

Para ti, después de la poesía griega, la literatura se convirtió en un verdadero acomodo y en una forma de pasar el tiempo. Los poetas no fueron otra cosa que destartaladores de folios, emborronadores de páginas que a ningún sitio llevaban. Desde la época griega hasta el Romanticismo sólo existen letristas y hombres de versos, pero no verdaderos poetas. La poesía se había convertido en una acidación de estrofas rimadas, una diversión social, un “avachissement” propio para necios y gente sin sentido de la estética. La poesía, según tus teorías, había muerto con la llegada del cristianismo. Sólo los románticos empezaron a ser verdaderos videntes, aunque sin que ellos se dieran cuenta.

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