1854.- Creo que naciste, mi amado Rimbe, cuando el Saladino Emperador, el que “está borracho de su orgía de veinte años”, llevaba ya dos años en su palacio de la Segunda República Francesa, como un soberano sin poetas que no hubiera hecho caso al Renacimiento. Carlos Luis Napoleón Bonaparte, tú lo sabes, fue el segundo emperador de los franceses en 1852, siendo el último soberano que reinó, como un Papa de las mil trifulcas, sobre Francia, la gran puta. A ti al principio no te importó, porque estabas con tus juegos y con tus primeras vocales, a las que luego colorearías, pero ese señor disponía de aires de grandeza y de grandes sueños para convertir el reino en un extraño campo de batalla y ansiedad colonialista. ¿No te acuerdas ahora, Rimbe? Napoleón III era una mezcla de romanticismo, mal entendido quizá, porque nunca hubiera leído a Byron ni a Shelley como tú lo harías, de liberalismo autoritario y de socialismo utópico, aunque ya en los últimos años de su feliz colaboración con la ciudadanía, de la cual tú formaste parte, fue insigne defensor del tradicionalismo y de la civilización católica, sí, amor, de tu catolicismo en el que te amparaste en tu “Una Temporada en el Infierno”. Tu rey, que no era tu rey, al que dedicaste extensos poemas de mofa y exabruptos, como en “Rabietas imperiales” y otros, quiso significar una reparación severa y contemporánea frente al anticlericalismo y el ateísmo de la Revolución Francesa.

“Tu rey, que no era tu rey, al que dedicaste extensos poemas de mofa y exabruptos, como en “Rabietas imperiales” y otros, quiso significar una reparación severa y contemporánea frente al anticlericalismo y el ateísmo de la Revolución Francesa”

Querido Rimbe: tu rey, que no fue tu rey, fue hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda y de Hortensia de Beauharnais, hija de la emperatriz Josefina. Sobrino de Napoleón I. El regente de la pequeña pilila al final se hizo heredero de los derechos dinásticos después de las muertes sucesivas de su hermano mayor y de Napoleón II. Adquiere pronto grandeza de “hombre pálido”, como tú verías, y siendo heredero del bonapartismo con “el cigarro en los dientes y vestido de negro”, qué bien lo describirías tiempo después, más residente en el Reino Unido, vuelve a Francia secretamente en octubre de 1836 (tú no eras ni siquiera una semilla), por vez primera desde que era niño, porque “piensa en las flores de las Tullerías”, para intentar un golpe de Estado en Estrasburgo. El golpe no tuvo las cervezas que hicieron falta y pudo escapar, pero el de “la orgía de veinte años” lo intentó de nuevo y dio otro golpe en 1840, cruzando el Canal de la Mancha con una leve nave, cual argonauta, con algunos militares, en Boulogne-sur-Mer.

Fue hecho preso y “(El Emperador tiene difunta la mirada)”, fue encarcelado en la fortaleza de la ciudad de Ham. Durante su encarcelamiento escribió, porque el Emperador también escribía, como un tirano dando vueltas a una filosofía que tenía que ver con su ideología romántica, su liberalismo autoritario y su socialismo utópico. Todo tan lejos de ti, Rimbe, o tan cerca, quién sabe, en algunos puntos. Consiguió escaparse de la prisión de Southport, adonde había sido trasladado, en el Reino Unido, donde con el tiempo tú pasarías largas jornadas, en Inglaterra, me refiero, junto a Verlaine, “curiosa pareja”, en mayo de 1846, intercambiando la ropa con un carpintero que trabajaba en la fortaleza de Ham.

Ahora, amor, que estamos en silencio y que todavía no has nacido, porque nacer cuesta tanto como morir, te diré que Luis Napoleón vivió en Gran Bretaña hasta la revolución de febrero de 1848, aquella que depuso al rey Luis Felipe I y que estableció la Segunda República Francesa. Libre el “Compadre de gafas” para regresar a Francia, así lo hizo un 4 de junio de 1848, donde fue elegido en cuatro departamentos y ocupó un escaño en la Asamblea Legislativa hacia septiembre. Ocurrió entonces, Rimbe, tú aún no lo sabías, que tu Emperador, aquel al que tantas jarras de boj depositarías sobre su cabeza, al promulgarse el 4 de noviembre de 1848 la Constitución de la II República y presentarse como candidato en la elección presidencial -la primera en sufragio universal masculino habitada en Francia-, ganó por efervescente mayoría en las elecciones celebradas el 10 de diciembre de ese mismo año, con 5.454.000 votos (alrededor de un 70%) contra los 1.448.000 votos de su desflorecido contrincante, Louis-Eugène Cavaignac. Aunque no fuera la brillante victoria de Sarrenbruck: “En el centro se ve al Emperador en una apoteosis / amarilla y azul, rígido en su caballo de cartón / flamígero; lo ve todo rosa, va feliz: como Zeus terrible y dulce como un papá”. Amor, tú ya estabas escribiendo todo esto antes de nacer, porque lo veías desde el infinito que inventa el orden perdido de las cosas, el aviso de que alguien viene a partir el pan y a sentar las bases de la política crítica. ¡Cuántos versos políticos te esperaban¡ Quizá demasiados. Todos hermosos como una niña que besa a su muñeca de trapo.

“Ahora, amor, que estamos en silencio y que todavía no has nacido, porque nacer cuesta tanto como morir, te diré que Luis Napoleón vivió en Gran Bretaña hasta la revolución de febrero de 1848, aquella que depuso al rey Luis Felipe I y que estableció la Segunda República Francesa”

La incontestable victoria de Napoleón III se debió, ahora te lo digo para que te vayas enterando mientras eres infinito, al irreductible apoyo de las masas rurales, a las cuales en nombre de Bonaparte siempre significó romanticismo y grandeza, contrariamente a lo de los otros que le hacían la contra, que más bien eran unos desconocidos para la gran masa. Napoleón III representaba el establecimiento ontológico y práctico para rescatar el orden tradicional y el acto funcional de poner sobre el tapete el vigor y la danza ortodoxa de la recuperación católica, amenazada por el liberalismo que venía como un tren de Burdeos a París. La globalización de Luis Napoleón, “y mira cómo humea su puro encendido”, alentaba sobremanera para el populacho francés la restauración del orden, después de meses de entreluchas políticas; significaba un gobierno de herraduras de caballo, de autoridad, de paz consanguínea, de tardes tranquilas, de la consolidación social y de la grandeza nacional. El Rey tenía sobre sus espaldas todo un nombre, el de su tío Napoleón I, héroe nacional en toda Francia, todo un voto de confianza para vivir relajadamente “como en las noches de Saint-Cloud en una azul nubecilla”.

Para ti, mi Rimbe, El Emperador puso el batidor a todos tus futuros poemas, como “Muertos del noventa y dos…”, “El dolor”, el citado “Rabietas imperiales”, “El durmiente del valle”, “La brillante victoria de Sarrebruck” conseguida a los gritos de ‘¡Viva El Emperador¡’, “La orgía parisina o París se repuebla”, “¿Qué son para nosotros, corazón mío,…”, versos que de alguna manera tenían que ver con los proyectos, guerras, colonialismos, páginas del miedo, cargamentos de las ideologías, tus propias revoluciones contra todo tipo de autoritarismo encarnado en aquel que no os dejó dormir durante la República. Sí, Arthur, saliste revolucionario, como Proudhom o Fourier o el mismo Bakunin o el príncipe Kropotkin, pero tu revolución era interior, como una sopa que quema por dentro, como un planeta que se lleva en la mano, como unas botas sucias que quieren pisar la Comuna. Ya hablaremos de eso.

Ahora te diré que en mayo de 1849 se celebraron elecciones a la Asamblea Nacional, ganándolas los monárquicos carismáticos. De tal modo que la presidencia de Napoleón estaba registrada por su oposición intrínseca a la política conservadora de la Asamblea y, como consecuencia, inició acciones un poco a la revolté: envió a Roma tropas para dominar una rebelión contra el Papa, realizó un voto de la ley Falloux, la cual era absolutamente permisiva con la enseñanza religiosa y algunas más. A ti todo eso no te hubiera gustado, cuando crecieras, dado tu ateísmo inicial, porque como dirás en “Las primeras comuniones”: “En verdad, son estúpidas esas iglesias de los pueblos / en que quince feos monigotes, sobando los pilares, / escuchan a un grotesco de negro, al que el calzado / le fermenta, gangueando las chácharas divinas”.  Cháchara sí que tenía tu rey, el que no era tuyo, pues el 31 de mayo de 1850, la Asamblea vota una ley electoral por la que se elimina el sufragio universal masculino y retorna el voto censitario, lo que castra la voluntad revolucionaria real de tres millones de personas del electorado, entre la que está la base del pueblo. Tu Napoleón se está volviendo endrina negra y su autoritarismo es más bonapartista que nunca. Presiona para que se aumente la duración de su mandato, como si fuese un mito griego al que veneran los poetas. Impone, porque era así de juglar, que el 15 de agosto fuese declarada la fiesta de San Napoleón, para regocijo de los creyentes y de los legitimadores. No contento con eso, “presentando el trasero”, el 2 de diciembre de 1851 emite un golpe de Estado, ofreciéndose como defensor de la democracia ante todos los habitantes de Victor Hugo. Fascismo lo llamaríamos hoy, tú no sabes de esta palabra, naciste en otro siglo, pero tu Rey fue hitleriano, porque tú bien lo adjetivaste y le dedicaste sabrosos exabruptos, como poeta comprometido que fuiste.

El compromiso en poesía rinde cuentas a un hombre que se siente vivo ante una sociedad a la que ve cómo le ponen los huevos de las gallinas frente a los ojos. Tu compromiso social sobrevino por un claro amor por los dedos helados. “Abajo, los militronchos que, cerca / de los rojos cañones y dorados tambores, / echaban una siesta, se levantan amables. / Y Cascorro se pone la guerrera y mirando / hacia el Jefe, se aturde de gloriosos nombres.” Sí, Arthur, lo tuviste claro: No a la guerra, a la que fue tan dado El Emperador que venía desde los ojos parentales de Santa Helena. Por fin Luis Napoleón crea por mandato de Cristus el Segundo Imperio.

“El compromiso en poesía rinde cuentas a un hombre que se siente vivo ante una sociedad a la que ve cómo le ponen los huevos de las gallinas frente a los ojos. Tu compromiso social sobrevino por un claro amor por los dedos helados”

Arthur, éste sería el fuego que desataría tus posteriores alianzas contra toda forma de fascismo, ya te lo he dicho; la cólera de Luis Bonaparte engendraría en ti, como una ciudad espléndida, la metáfora andada donde querrías redescubrir París, “¡Cobardes, hela aquí¡, ¡Vomitad en las estaciones¡, / Los paseos que una noche colmaron los Bárbaros, el sol / los ha limpiado con sus ardientes pulmones. / He aquí la Ciudad santa, sentada en Occidente¡” Ese Occidente -que es el mismo de hoy: febrero 2019- que quería dominar el rey, tu París repoblado por “profundos espasmos”, como una litigación de horas en la que nadie obedece, pero en el que todo el mundo está sometido, como un yugo a un animal de siembra, como la luna al sol, como la mujer al hombre, por mucho que Flora Tristán -abuela de Paul Gauguin- en esos mismos años anduviera con su “Unión Obrera” intentando confraternizar el feminismo y el socialismo proletario, prosiguiendo el camino de Fauré y de Saint-Simon.

Tú naciste para ganar. ¿Pero acaso ganaste? Al Emperador seguro, que hoy queda como un déspota, como un desaliento entre la multitud del mundo y tú, Rimbe, hoy simplemente quedas como un gentleman de la bohemia más ilustrada, genuina y cabrona, como un mito, como una figura imprescindible para la literatura universal. Ésa es la diferencia. Yo respeto, como se respeta a Satanás en los aquelarres, tu poesía revolucionaria, aquella que maniobró contra el régimen constituido, aquella que desarmó la guerra franco-prusiana con tu poema “El durmiente del valle”, aquel soldado prusiano muerto que, en tus caminatas por la campiña, algún día te encontraste y que “con los pies en los lirios duerme, sonriendo como / un niño enfermo sonreiría; está echando un sueño: / acúnale cálidamente, Naturaleza: tiene frío”. O la carta que luego enviarías a tu amigo profesor Izambard, sí, el que te prestaría todos los libros por leer, cuando empezó la guerra contra Prusia: “Esta hipócrita población gesticulante, estos pomposos asesinos a sueldo. ¡Tan diferentes todos ellos a los sitiados de Metz y Estrasburgo¡ ¡Y resulta tan espantoso ver a los tenderos llevando uniforme¡ Me impacta ver así a los perros, a los notarios, a los cristaleros, a los inspectores, a los carpinteros y a todos esos estómagos tan sobrestimados. Hacen patrullotismo en las mismas puertas de Méziéres. ¡Mi patria se pone en pie¡ Yo la verdad prefiero verla sentada. ¡No mováis las botas¡ Éste es mi lema.” Ésta será y sigue siendo tu anarquía, querido Arthur.

Quiero que sepas que dentro del Segundo Imperio surge el Imperio Autoritario, que se desarrolla entre los años 1852 y 1863. Tú ya estabas vivo como un lápiz en un cuaderno. Te puedo seguir contando que hasta 1860 el Rey gobierna sin oposición, en gran medida, por el contundente control policial y la censura de prensa, aunque con una leve mejora económica del país. Son los triunfos belicistas en el extranjero los que afianzan la política de Napoleón. Esos triunfos van encaminados en tres direcciones, esto es, el auge del colonialismo, el apoyo a la unificación italiana y el poderoso intervencionismo. No creo que entendieras, quizá lo entendiste ya a tus quince años, que el imperialismo francés no sólo se movió por fines económicos, buscando materias primas y mercados, sino que, a imitación del Reino Unido, se trató de un colonialismo político, ancestral y ensangrentado, donde continuó la incursión iniciada en el reinado de Luis Felipe en Argelia y Senegal, donde se vapuleó el continente asiático, donde, mediante el Tratado de Tien Tsin, en 1860, tú ya tenías dieciséis años; China se vio obligada a la apertura de sus puertos para hacer posible el comercio francés. Pero es en Indochina donde la colonización llega a extremos casi de desaliño, con el pretexto de la expedición franco-española a Cochinchina, Vietnam y Laos, por no hablar de la ocupación de Camboya en 1863.

¿Recuerdas cuando escribiste estos versos?: “Alma mía, ¡Vuélcate en la guerra, la venganza / y el terror¡, Ensañémonos en la Mordedura: ¡Ah, pasad, / Repúblicas de este mundo¡ Emperadores, / Regimientos, colonos, pueblos ¡Basta¡” Ah, la Mordedura. La Mordedura. Luis Bonaparte, el mordedor, como un perro en Saint-Cloud. “Desapareced, Europa, Asia, América. / Nuestra marcha vengadora lo ha ocupado todo, / ¡Campos y ciudades¡ ¡Seremos aplastados¡ / ¡Estallarán los volcanes¡ Y el océano herido…” Pero, Arthur, aún tendrían que pasar muchos años para que estallaran los volcanes, porque la fuerza es la fuerza y las tropas son las tropas y los soldados, como tú verías, al final acaban durmiendo en el valle. Ese valle que eras tú y ese sueño que tuviste. El ansia de soberanía del Rey alojó a los franceses en varias guerras, la de Rusia en 1854, mientras tú nacías, la de Austria en 1859, la guerra de Crimea en cobarde colaboracionismo con el Reino Unido, el conflicto de México. Sin embargo -siempre ha sido así-, los mexicanos son duros como ideologías obreras y le asestaron a Francia su primera derrota después de 50 años sin conocerla, fue el Cinco de Mayo de 1862, en la Batalla de Puebla, una ordalía de miedo y fracaso para el ego del Segundo Imperio.

Tiempo después, forzado por la diplomacia del canciller alemán Otto von Bismarck, Napoleón declaró el inició de hostilidades en la famosa guerra franco-prusiana, 1870 (¿te acuerdas, Rimbe, del poema “El durmiente del valle”?), lo cual resultó todo un derrumbe político y económico para la Galia y abrió caminos de algodón para la instauración del Segundo Reich. Luis Napoleón fue preso en la Batalla de Sedán y depuesto por un episteme yo creo que merecido cuando se levantó de su cama enferma la Tercera República en París dos días después. “Está preso. ¡Oh¡ ¿Qué nombre trenza en sus labios mudos? / ¿Qué nostalgia implacable lo muerde?” Napoleón III murió en el exilio en Inglaterra el 9 de enero de 1873, justo cuando tú ya habías decidido dejar de escribir, aunque seguiste con tu cosmorama de las Ardenas. Lo enterraron en la Cripta Imperial de la Abadía de Saint Michel, en el Reino Unido.

En carta a Ernest Delahaye, tu mejor amigo del colegio de Charleville y al que en 1888 le dedicarías el poema “Amour” -junio de 1872, Parmede, Jumphe 72-, antes habías escrito yo sé que de forma furiosa este milagro para el porvenir: “He encontrado aquí un tipo de bebida que se ha convertido en mi favorita. ¡Viva la academia de la Absomphe a pesar de la mala voluntad de los chicos que la beben¡ Es el más delicado y tembloroso de los hábitos. ¡Que llegue la borrachera gracias a esa sabia proveniente de los glaciares¡ ¡La absompha¡ ¡Para después acabar acostándome en la mierda¡

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