Nunca dejes de hacer caso a un librero. Esta es una norma que todos los lectores seguimos, pero si el librero en cuestión es Paco Camarasa, no puedes ni cuestionártela. En una de mis visitas a la hoy añorada librería Negra y Criminal de Barcelona, me recomendó que leyera a Henning Mankell y su serie del comisario Kurt Wallander. Y como era de esperar tenía razón. En mis estanterías, las novelas de Mankell ocupan un buen espacio del poco disponible y su muerte en 2015 fue una triste noticia. Me sorprendió con una obra distinta, El chino, publicada en 2008. No es una novela negra al uso, recibió críticas en su día por apartarse del esquema al que tenía acostumbrados a sus lectores, pero vale la pena leerla. El descubrimiento de diecinueve personas asesinadas en una tranquila población sueca en 2006, llevará a la juez Birgitta Roslin a buscar el origen de la tragedia que no es otro que una venganza por hechos que sucedieron ciento cuarenta años atrás. La historia transcurre entre la Suecia y la China actuales, además de adentrarse en el sufrimiento de los inmigrantes chinos en EE.UU en el siglo XIX, algo desconocido para mucha gente. Y he podido comprobar que la ficción se basa en una realidad estremecedora que explican los libros de historia.

Entre 1850 y 1880, más de cien mil ciudadanos chinos llegaron a California para trabajar en las minas de oro y en la construcción del ferrocarril. En 1868 se firmó un acuerdo con el gobierno chino para importar toda esa mano de obra por el que ambas partes se beneficiaban a costa de los inmigrantes. Eran esclavos, explotados como tales y por supuesto despreciados por el resto de la población que les consideraba gente sucia, inmoral y portadora de enfermedades. Robarles, agredirles e incluso matarles era algo de lo que poder vanagloriarse. La situación se agravó al finalizar la Guerra Civil en 1870, dado que el desempleo aumentó y cómo no, eran los culpables de quitar el trabajo a los blancos (esto último nos demuestra lo poco originales que son los discursos de Donald Trump en pleno siglo XXI). Sufrieron linchamientos en octubre de 1871 en Los Ángeles y existen registros de lo que sucedió en 1877 en San Francisco cuando diez mil personas atacaron el barrio de Chinatown durante tres días.

© Thomas Nast, Harper’s Weekly, 1869

En 1882, el Congreso de los EE.UU promulgó la ley de Exclusión de los Chinos, por la que les prohibía la entrada en el país y denegaba la nacionalidad estadounidense a los que ya residían. Esta norma fue derogada por la alianza con China en la Segunda Guerra Mundial para luchar contra Japón. A pesar de ello siguieron existiendo restricciones y durante la presidencia de Obama, en 2012, el Congreso lamentó haber promulgado leyes perjudiciales contra ellos, pero excluyó el derecho a ser indemnizados por la barbarie sufrida. Y en una vuelta al pasado que nunca se fue, Trump ha indultado a un sheriff de Arizona condenado por racismo.

Existe una especie de árbol australiano de la familia del muérdago llamada Árbol de Navidad que tiene las raíces más profundas que se conocen. Éstas se extienden a más de 100 metros en todas direcciones, buscando otras raíces cercanas a las cuales roba el alimento como un auténtico depredador. Las raíces de la xenofobia las superan, todavía van más allá, alcanzan el centro del planeta y lo rodean, en un abrazo tóxico y mortal. La ignorancia y el odio al extranjero son sus alimentos principales y solo podemos combatirlas con el conocimiento. Henning Mankell decía que “un libro no puede cambiar el mundo, pero el mundo no se puede cambiar sin cultura”. Deberíamos pensar más a menudo en este mensaje.

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