¿Quién puede matar a un niño?, esa es la cuestión. Inquietante pregunta sobre la que gira el espléndido trabajo de Narciso Ibáñez Serrador (Chicho). Matar a un niño es el acto más macabro y retorcido que puede llegar cometer una persona. De hecho, cualquier delito en el que los niños se vean involucrados directamente produce un desprecio mayor que otro ordinario. ¿Por qué? Pues porque un niño es lo contrario a un acto criminal. El niño es el representante de la inocencia, de la ingenuidad, es lo opuesto a la mentira y al engaño y, por supuesto, lo contrario a la perversidad. Por eso, cuando reflexionamos sobre la pregunta en cuestión, no encontramos más respuesta que la concepción de esa pregunta como retórica. Nadie en su sano juicio puede soportar la carga moral que supone matar a un niño. La historia del cine nos ha dado varios ejemplos de ello. El propio Tony Montana, en El precio del poder (Scarface, Brian De Palma; 1983), aborta la misión de explotar un coche bomba debido a que en su interior van niños. Su compañero pone en duda la decisión y eso le cuesta la vida. Es decir, hasta un villano arquetípico como Tony Montana prefiere matar a su propio socio antes que a unos niños inocentes. Otro ejemplo muy famoso es el de la película M, el vampiro de Düsseldorf (M, Fritz Lang, 1931), cuyo protagonista es Hans Beckert, un asesino de niños. Sus creadores, Fritz Lang y Thea von Harbou, se decidieron por este tipo de criminal porque pensaron que el secuestro y asesinato de niños es uno de los peores crímenes que pueden llegar a representarse en la gran pantalla.

«Nadie en su sano juicio puede soportar la carga moral que supone matar a un niño. El problema viene cuando los niños reflejan actitudes criminales, propias de los adultos; cuando no son cándidos e inexpertos, sino astutos y manipuladores»

El problema viene cuando los niños reflejan actitudes criminales, propias de los adultos; cuando no son cándidos e inexpertos, sino astutos y manipuladores. En el momento en el que esto ocurre los niños pasan a un estadio que, a priori, es totalmente ajeno a ellos. Las características enumeradas hasta aquí, propias de la infancia, son bellas; sin embargo, los niños que aparecen en el film de Serrador no poseen dichos rasgos, sino que se caracterizan por lo contrario. La categoría estética adecuada para designar a los niños protagonistas de la cinta es la de lo siniestro. La definición más conocida de esta categoría, y de la que se han servido muchos estudiosos de estética, es la establecida por Schelling, en la que se dice que “lo siniestro es aquello que debería haber permanecido oculto y que ha salido a la luz.” Más tarde, Freud lo definirá como lo inquietante o lo intranquilizador, lo “unheimlich”, en alemán. Si a estos niños se les puede aplicar dicha categoría es porque en ellos se observan características impropias de la infancia, como la perversidad o el instinto criminal. Se trata, en definitiva, de rasgos que no deben aparecer en una persona de corta edad y que, sin embargo, como dice Schelling, se manifiestan.

Los protagonistas de la película son una pareja de turistas que, tras ver que el pueblo de Benahavís está repleto de visitantes, deciden ir de vacaciones a Almanzora, una isla ficticia, inventada por Serrador para ambientar la trama. Desde el comienzo, las conversaciones entre los personajes tienen como tema principal el sufrimiento de los niños, a causa de los males provocados por los adultos. Hablan de la guerra o de la hambruna, por ejemplo, desgracias de las que son culpables los adultos, pero cuyo padecimiento recae mayoritariamente en los niños. Este discurso cambiará cuando la pareja de turistas llegue a la isla, donde no se concibe a los niños como víctimas de las decisiones erradas de los adultos, sino que forman un ambiente de terror generalizado, en el que estos padecen los males de aquellos.

«Los protagonistas de la película son una pareja de turistas que, tras ver que el pueblo de Benahavís está repleto de visitantes, deciden ir de vacaciones a Almanzora, una isla ficticia, inventada por Serrador para ambientar la trama»

La estancia en la isla supone un giro en el que tanto el ambiente como los personajes tienen un tono siniestro y aterrador que mantiene intrigado y atónito al espectador. La isla parece vacía, aparentemente solo están ellos dos y algunos niños que aparecen y desaparecen sin que se sepa ni cómo ni por qué. La situación sorprende a los protagonistas que, aunque fueron allí en busca de tranquilidad, no esperaban encontrar tanta. La preocupación se adueña de ellos a medida que avanza la película, hasta que se encuentran con el que parece ser el único adulto de la isla. Él les contará por qué el lugar está tan vacío y el motivo por el que Almanzora ha sucumbido al terror. Resulta que la respuesta se encuentra en la pregunta realizada al principio, que da título a la cinta: ¿Quién puede matar a un niño? El hombre relata la forma en la que los niños se organizaron para matar a todos los habitantes de la isla y cómo los adultos no pudieron responder de forma violenta porque, efectivamente, no se puede matar a un niño. Los niños acaban con los habitantes y se hacen dueños de la isla.

«En el film, la infancia no revela inocencia y bondad. Desde el primer momento en el que aparece un niño, el sentimiento que se trasmite es de inquietud e intranquilidad»

En el film, la infancia no revela inocencia y bondad. Desde el primer momento en el que aparece un niño, el sentimiento que se trasmite es de inquietud e intranquilidad. A ello ayuda de forma sobresaliente la música, compuesta por Waldo de los Ríos, que se encargará de dotar a los niños de un aura maligna y perversa, convirtiéndolos en verdugos y no en víctimas, que era como se los había tratado al principio de la cinta y como tradicionalmente se los concibe. Debido esa idea preconcebida de la infancia como etapa inocente, los niños se revelan como algo siniestro, de forma muy similar a como se muestran en El pueblo de los malditos (Village of the Damned, Wolf Rilla; 1960), donde los niños inspiran el mismo terror, suponiendo el elemento siniestro y el verdadero peligro social.

Narciso Ibáñez Serrador invierte la preconcepción inocente de la infancia para relatar una de las mejores historias de terror que se han contado en el cine español. El espectador, envuelto en el dilema moral de si se puede o no matar a un niño, se conmoverá al ver lo que son capaces de hacer estas “ingenuas criaturas”.

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