A las buenas, querido lector.

Creo que el título ya dice bastante de lo que te quiero contar en estas líneas, pero aún así, déjame aclararte qué me ha llevado a hacerme una pregunta tan singular. Como partimos de la base de que me puedes conocer o no, creo que es justo que te cuente a qué me dedico, aunque sea de manera breve, para ponerte en contexto. Desde hace unos cuantos años lo mío es juntar letras. Será con más o menos tino, pero lo cierto es que me dedico a crear novelas. Como tal, uno de mis cometidos es plantear situaciones en las que tú, querido lector, vivas junto a mis protagonistas su día a día. El problema vino cuando me di cuenta que mis situaciones preferidas, con las que más disfrutaba mientras las describía, eran en las que se había cometido un crimen. Pero no sólo eso, cuanto más macabro era éste, mejor. Ya desde ese momento me tuve que plantear si en realidad no era un enfermo por sentir de aquella manera. Ya no era cuestión de tener respeto o no por alguien que acababa de morir, aunque fuera de manera irreal, en mi mundo. No. Era que sentía la necesidad de ser explícito en lo que contaba. Y lo peor era que la cosa no acababa ahí. La mayoría de mis trabajos, después, siguieron girando en torno al crimen. En torno a las psicopatías. A ese lado oscuro de los seres humanos.

Las dudas seguían asaltando mi cabeza y necesité comprobar si esto me pasaba sólo a mí o era algo un poco más generalizado. Pensé en que la mejor manera de darme cuenta de eso era observando a mi alrededor. Llegué a la conclusión —y al alivio, todo hay que decirlo— de que al ser humano, en general, le pone lo prohibido. Quizá no te esté descubriendo un nuevo continente. Es sabido por todos que lo que está mal tiene un atractivo especial, uno que hace que nuestro corazón se acelere con la sola idea de tontear con él. Una de las cosas que observé para afirmar algo así fue, por ejemplo en mi campo, la venta de libros de género negro. Ver cómo se ha disparado en los últimos años es realmente inquietante. La idea del asesino en serie llama, atrapa y fascina al mismo tiempo. Autores como César Pérez-Gellida, Dolores Redondo o Lorenzo Silva gozan de una salud literaria de hierro amparada por miles de lectores que necesitan de esa maldad que impera en sus letras.

En el tema visual no nos quedamos atrás. Películas como Seven, Resurrección o El coleccionista de huesos (por poner algunos ejemplos) fueron éxitos abrumadores por los temas tratados. Y es que parece que, cuando se nos saca algo de lo normal, de lo habitual, nuestro cerebro reacciona de inmediato y nuestra ansia curiosa domina nuestros sentidos. Pero no sólo eso. Realizando esa observación sobre los hábitos de consumo en ficción me llevó a fijarme en otros terrenos. Necesitaba ver si todo esto iba más allá del papel o de la pantalla. Es innegable que cuando ocurre algo macabro a nuestro alrededor, la tendencia a ese corrillo que no nos deja mirar a otro lado es más que evidente. Es más, algunos hasta lo filman con sus teléfonos móviles para que quede constancia visual de ello y que otros puedan sentir la misma sensación. Si quieres que alguien mire algo con mucha atención, dile que no mire y no podrá ni pestañear. Sabemos que luego, quizá, llevaremos esa imagen dentro grabada en nuestro cerebro y que puede que hasta nos provoque pesadillas. Pero no podemos dejar de mirarla y sentir esa cosilla en el estómago.

A mí, particularmente me pasaba cuando iba a un tanatorio. Bajo ningún concepto quería mirar hacia la zona en la que se exponía el cadáver del difunto pero mi ojo parecía que iba solo y giraba traicionándome. Y aunque esto se sale un poco de lo que trato de ilustrarte porque lo estoy orientando al crimen, no deja de tener una cierta relación con lo que te cuento. Esa observación en las personas (entre las que me incluía a mí mismo) me hizo irme, seguramente, por unos derroteros que nada tenían que ver con el mundo en el que vivo. Llegué a pensar que, incluso, el ser humano actuaba así por una especie de frustración por haber tomado el camino complicado: el del bien. Tampoco es una barbaridad que te diga que, lo que consideraríamos hacer el mal, es el camino fácil. ¿O no?

Si no lo piensas así respóndeme: ¿Qué es más fácil: ganarte algo o tomarlo por la fuerza? ¿Llegar al entendimiento o usar la fuerza bruta? Creo que no hace falta que ni me contestes. El camino del mal siempre ha sido el más sencillo en la toma de decisiones (sin tener en cuenta las consecuencias que traerá, me refiero). Todo eso me hizo pensar en esa frustración. Si no sería que la liberábamos ante cualquier acto moral (y jurídicamente) reprobable y de ahí que nos sintiéramos como si fuéramos dos imanes de polos distintos.
Pero indagando un poquito más me di cuenta que eso no tenía nada que ver.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Todos llevamos un psicópata dentro deseando salir? Nada más lejos de la realidad. Al menos de manera general. Para interpretar por qué hay tanta fascinación habría que entender algo básico en el ser humano. Y es que nos atrae lo desconocido, que es muy diferente de la percepción de que algo sea bueno o malo. Lo que pensamos que es morbo ante una situación macabra es en realidad una incomprensión que necesita ser satisfecha. No entendemos por qué algo ha sucedido de una manera concreta y necesitamos saberlo. El problema es que no nos damos cuenta de esa sensación y confundimos una cosa con la otra. Ojo, no digo que el morbo no cumpla su parte de papel en nuestro comportamiento, pero sí es cierto que si tuviéramos que poner una balanza, el peso de la incomprensión la inclinaría a su favor de manera incontestable. Necesitamos entender. No hay más. Y cuanto menos sabemos, más tenemos que mirar, observar, aunque haciéndolo ni nos demos cuenta de por qué lo hacemos. Además, no puedo desechar del todo el factor curioso. Este nos hace plantearnos si seríamos capaces de cometer un acto semejante y también forma parte de ese polinomio complejo de emociones que nos hace no cerrar los ojos ante algo que, en realidad, nos provoca una repulsa incontestable en la mayoría de ocasiones. Y no digo siempre porque es innegable que hay personas que, aunque no llegan a desarrollar una psicopatía plena, la tienen ahí sin ni siquiera darse cuenta (aunque esto daría para un tema largo y tendido pues hay muchas maneras de manifestar una psicopatía que no tienen nada que ver con el asesinato).

Sea como fuere, el crimen tiene ese poder de adherencia oscuro por el que nos sentimos atraídos de una forma u otra. Y de esto, quizá hablo con cierto conocimiento de causa. No te asustes que no he matado a nadie. Pero cuando comprendí que en realidad lo que me pasaba era que no comprendía (menuda redundancia, pero permítemela) el porqué de ciertos comportamientos decidí estudiarlos. Tras años de darle vueltas con textos de otros autores y libros por doquier que leí por mi cuenta (ahora lo estoy haciendo de manera oficial en la carrera de Criminología) empecé a entender (al menos desde un punto de vista técnico, nunca emocional por mi parte) por qué esos crímenes eran perpetrados. Comencé a preguntarme qué había detrás de un cuerpo arrojado en el suelo, lleno de sangre y sin vida. Fue desde entonces cuando llegó el momento de verlo todo de un modo diferente. No quiero decir con ello que comprenda lo que rodea a un crimen en su totalidad. Supongo que no hay nadie en este planeta que lo pueda afirmar así, el comportamiento humano es realmente jodido e impredecible en muchas ocasiones, pero sí que es cierto que ya no siento lo mismo en el estómago ante lo que antes me producía una curiosidad tremenda. Ya no necesito no pestañear cuando hay un cadáver (o cualquier situación que podríamos entender por violenta y morbosa) sino tratar de ayudar a prevenir que eso ocurra. Eso me demostró que, en verdad, era tal cual que la mayoría de los seres humanos: un ser que no entiende algo y que sentía esa necesidad sin ser consciente de ello, no un monstruo apático que se excitaba viendo un delito. Confirmó lo que te cuento: nos fascina tanto el crimen como nos fascina todo lo que desconocemos. Somos así, animales curiosos por naturaleza.

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