El concepto volia es fundamental porque ilustra sobre la psicología del campesino ruso y ayuda a entender los pogromos. “Las actitudes políticas y económicas de los campesinos rusos se habían forjado en los primeros quinientos años del segundo milenio”, dice el Richard Pipes, “cuando ningún gobierno ponía trabas a sus desplazamientos a través de la llanura euroasiática y había un acceso ilimitado a la tierra. La memoria colectiva de esa era anidaba en la raíz del anarquismo primitivo del campesinado y también determinaba las prácticas hereditarias seguidas por los campesinos rusos hasta los tiempos modernos”. Sólo un jefe fuerte pudo domesticar al mujik libre y arrebatarle la libertad “ancestral”; el jefe que le puso puertas al campo se transfiguró en el zar, cabeza y cuerpo del Estado; para el mujik, volia comenzó a significar “anarquía, la liberación de cualquier obligación con el Estado”.

Para el mujik, según Pipes, la autoridad más directa en su vida cotidiana la encarnaba el bolshak, es decir, el jefe del dvor o casa familiar, unidad básica de la vida campesina en Rusia. Esta casa reunía bajo el mismo techo a padres, hijos, yernos, nueras y toda la descendencia, era “la estructura familiar adaptada a las condiciones climáticas de Rusia (sobre todo de la Rusia europea), ya que la brevedad de la temporada agrícola exigía un trabajo estacional coordinado por parte de muchos labriegos, con ráfagas de un esfuerzo intenso”. Aquí, la autoridad del bolshak era lo que daba sentido a la cohesión familiar enfocada a un trabajo disciplinado; también llamado joziain, el jefe era “por regla general el padre, pero el cargo podía atribuirse, de común acuerdo, a otro varón adulto. Sus funciones eran muchas: asignaba tareas agrícolas y domésticas, disponía de los bienes, resolvía las disputas familiares y representaba a la casa en sus tratos con el mundo exterior. El derecho consuetudinario campesino lo revestía de una autoridad indiscutida sobre su dvor; el bolshak era el paterfamilias en el sentido más arcaico de la palabra, una réplica en miniatura del zar”. Los rusos siguieron conociendo popularmente al zar como “el padrecito” incluso cuando el zar se tornó rojo: era uno de los apelativos coloquiales con que se dirigían a Stalin. Como el jefe en el dvor, el zar domeñaba Rusia: no en vano el título oficial del autócrata era literalmente el de “dueño de toda la tierra” de Rusia y en sentido estricto la manera en que el mujik concebía el ejercicio del poder político se correspondía con el modo en que desde palacio se lo consideraba a él la encarnación de la auténtica esencia rusa en contraposición con la “intelligentsia occidentalizada” que se le oponía desde la Duma, el periódico y la conspiración en el extranjero.

«Con la progresiva tensión política, devenida en terrorismo magnicida, entre el zar y sus súbditos, sobre todo urbanos, la monarquía intentó “mimar” al campesinado procurando separarlo tanto de la nociva influencia propagandística de la ciudad y sus círculos proletarios como de la población judía, enemiga ancestral para los custodios de la fe del pueblo»

Con la progresiva tensión política, devenida en terrorismo magnicida, entre el zar y sus súbditos, sobre todo urbanos, la monarquía intentó “mimar” al campesinado procurando separarlo tanto de la nociva influencia propagandística de la ciudad y sus círculos proletarios como de la población judía, enemiga ancestral para los custodios de la fe del pueblo. El antisemitismo, siempre presente en la cultura popular de Europa oriental, llegó a ser un tema tan recurrente en el cambio de siglo que dio lugar en Rusia a la aparición de libelos de éxito tan internacional como “Los protocolos de los sabios de Sión”. El judío que conspira contra el trono y el altar se convirtió en un cliché que posteriormente la propaganda antibolchevique transformó en una suerte de profecía autocumplida.

El padrecito de San Petersburgo exhibía por lo común su autoridad mediante la violencia, y así lo asimilaba el pueblo, como señalaba Trilling en el prólogo de “Caballería roja”. Escribe Richard Pipes que “para el campesino el gobierno era un poder que forzaba a la obediencia; su principal atributo era la capacidad de obligar a la gente a hacer cosas que, si por ella fuera, jamás haría, como pagar impuestos, servir en el ejército y respetar la propiedad privada de la tierra. Conforme a esta definición, no había gobierno si el gobierno era débil. Las personas que tenían vlast (autoridad) y que no la ejercían de una manera que suscitara sobrecogimiento podía ser ignorada”. “El campesino”, continúa citando al escritor eslavófilo Yuri Samarin, “no conoce otra garantía inequívoca de la autenticidad de las órdenes imperiales que el despliegue de una fuerza armada. Los gobernantes débiles posibilitaban el retorno a la libertad primitiva o volia, entendida como la licencia para hacer todo lo que uno quisiera, sin los obstáculos puestos por la ley de los hombres”.

Un pogromo, en suma, sólo podía darse en un momento de ausencia total de la autoridad del bolshak. O sea, en un momento de “libertad primitiva”. La mejor descripción de uno de estos pogromos la hace Joseph Roth, el gran novelista austrohúngaro (de origen judío, hijo de la frontera oriental del imperio) en su libro “Tarabás, huésped de esta tierra”. Ambientada en una pequeña ciudad de la frontera occidental del imperio ruso en plena desintegración de la monarquía, el lector asiste al desencadenamiento de una violencia multitudinaria, feroz, irracional y bruta contra la población judía del lugar por un supuesto ultraje a una imagen de la virgen por parte del cantinero judío de la ciudad. Lo interesante de la descripción tan vívida que hace Roth del pogromo es que la crueldad de la turba sólo comienza ante los signos manifiestos de que la autoridad, encarnada por el despótico y misterioso Tarabás, no hará nada para impedirlo. También la violencia contra los judíos cesa precisamente cuando Tarabás acude con los soldados a su cargo dando salvas de mosquetería, en suma “desplegando una fuerza armada” como citaba Richard Pipes en su libro. Agitando con “sobrecogimiento” su vlast, símbolo inconfundible de la autoridad para el mujik, el mujik abandona su furia depravada y vuelve poco a poco a los cauces de la normalidad.

«Un pogromo sólo podía darse en un momento de ausencia total de la autoridad del bolshak. O sea, en un momento de “libertad primitiva”. La mejor descripción de uno de estos pogromos la hace Joseph Roth, el gran novelista austrohúngaro (de origen judío) en su libro “Tarabás, huésped de esta tierra”

Pipes cita a Stalin, que en el Quinto Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, el famoso congreso de Londres de 1907, escribió: “La estadística reveló que la mayoría de la facción menchevique estaba compusta de judíos. Por otro lado, una mayoría abrumadora de la facción bolchevique estaba formada por rusos. En este aspecto, uno de los bolcheviques (el camarada Alexinski, al parecer) señaló en broma que los mencheviques eran una facción judía y los bolcheviques, una auténtica facción rusa, por lo cual no sería una mala idea que nosotros, los bolcheviques, organizáramos un pogromo en el partido”. La referencia es heladora porque precisamente Lenin desató un verdadero pogromo contra los mencheviques una vez asaltado el poder en 1917. Stalin, que terminó de construir el Estado soviético siguiendo sobre las sangrientas bases bien asentadas por Lenin, era georgiano. Eso no le impidió que de facto emulara la tradición zarista y reorganizase la Unión Soviética de un modo predominantemente gran-ruso. Recuperó el nacionalismo ruso clásico renovando su mitología patriótica con la Segunda Guerra Mundial, Gran Guerra Patriótica para los rusos: la Guerra Patriótica original fue la victoria sobre Napoleón en 1812, paradigma propagandístico para el estalinismo.

Aunque como matarife masivo no distinguió entre judíos y no judíos a la hora de purgar las diversas capas de la población del imperio soviético y aunque se rodeó constantemente de mujeres de origen hebreo, con las que no dudaba en mantener esporádicos escarceos, es sabido que a su muerte preparaba lo que se puede llamar en puridad un pogromo. Fue lo que se conoció como el Complot de los Médicos, una purga limitada en el tiempo por la muerte del mismo Stalin y emparentada directamente con la creación del Estado de Israel. El antisemitismo inveterado de Stalin estaba seguramente muy vinculado con su juventud georgiana, con “el caldero de prejuicios irracionales” del déspota, como escribe Simon Sebag Montefiore en “La corte del zar rojo” y con el recelo geopolítico: coincidente en el tiempo con el Plan Marshall para Europa occidental, la fundación de Israel se cernió muy pronto sobre la desconfiada mente de Stalin como un peligro y “sionismo, judaísmo y Estados Unidos se convirtieron en conceptos intercambiables en la mente de Stalin”, dice Montefiore. Las viejas ascuas ancestrales, comunes a los habitantes de todas las partes del imperio ruso, fueron reavivadas por inocentes pero letales sugerencias procedentes de círculos intelectuales judíos dentro de la URSS, como que Crimea podía ser la tierra idónea para el establecimiento de Israel y cosas por el estilo. Se puso en marcha en seguida la fatídica maquinaria aniquiladora que descendía como una orden divina desde las alturas del Kremlin y recorría todos los cuerpos de la administración soviética. El Complot de los Médicos comenzó llevándose por delante el famoso Comité Judío Antifascista, creado durante la guerra como instrumento de propaganda antinazi; muchos médicos de origen judío fueron arrestados sucesivamente, incluso el médico personal de Stalin, acusados de espionaje sionista y proamericano. Se dio por tanto la cómica circunstancia de que mientras Stalin agonizaba en la dacha de Kuntsevo “el mismísimo médico de Stalin estaba siendo torturado simplemente por haber dicho que el Vozhd necesitaba descansar”, y la corte de jerarcas con los que compartía el poder, paralizados y aturdidos, no encontraba, sencillamente, a nadie ni sabía cómo actuar ante la imprevista apoplejía del dictador.

El antisemitismo seguía goteando entre los intersticios de la Rusia soviética, incluso después de la muerte de Stalin. Jrushchov, recoge Montefiore, “llegó a comentar en tono condescendiente” a unos comunistas polacos que “ya conocemos a los judíos; todos tienen alguna conexión con el mundo capitalista porque tienen parientes viviendo en el extranjero. Éste tiene una abuela, el de más allá…empezó la Guerra Fría; los imperialistas conspiraban para ver el modo de atacar a la URSS; luego los judíos quisieron establecerse en Crimea…aquí están Crimea y Bakú…a través de sus parientes y amigos, los judíos habían creado una red destinada a hacer realidad los planes de los americanos. Por eso Stalin acabó con ella”. Seguramente la mejor descripción histórica de lo judío en Rusia la hace el Babel que citábamos al principio, un escritor (purgado como tantos otros por Stalin) hijo de comerciante judío que vivió en la tensión permanente entre sus dos almas, judía y marxista, con la identidad personal, por así decirlo, desdoblada. En “El primer amor”, uno de sus “Cuentos de Odesa”, relata cómo “la turba saqueaba nuestra tienda, sacaba cajones de clavos, máquinas, y mi nuevo retrato con uniforme escolar” y su padre se acercó a “un oficial con bandas en el pantalón, con cinturón plateado de gala” que cabalgaba a la cabeza de un grupo de cosacos “despacio, sin mirar a los lados, parecía marchar por un barranco donde sólo se puede mirar hacia adelante. Capitán, musitó mi padre cuando el cosaco pasaba por su lado, capitán, dijo mi padre encogiendo la cabeza y se arrodilló en el barro, mire, están destrozando lo sudado, capitán, ¿cómo puede ser…? El oficial murmuró algo, se llevó a la gorra el guante limón y soltó la rienda pero el caballo no se movió. Mi padre se arrastraba de rodillas ante el caballo, se restregó contra sus patas cortas, bonachonas, despeluzadas. A sus órdenes, dijo el capitán, tiró de la rienda y se fue. Los cosacos le siguieron. Cabalgaron impávidos en sus sillas altas, marcharon por el barranco imaginado hasta perderse en la bocacalle de la Sobórnaya”.

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