La etimología de la palabra pogromo es muy interesante y sobre todo, muy ilustrativa. Si vamos al DRAE, encima de su definición (masacre, aceptada o promovida por el poder, de judíos, y por extensión, de otros grupos étnicos) viene su origen (del ruso pogrom, “devastación, destrucción”). Descomponerla es aún más revelador. El prefijo po indica “por, encima”; definitivo es el grom, literalmente, “trueno”. Del ruso se integró en las lenguas de Europa occidental para describir una persecución torrencial, explosión furibunda y más o menos espontánea aunque breve, atronadora, contra las juderías. Su uso era recurrente y popularmente extendido al menos hasta que las masacres organizadas y sistemáticas patrocinadas por el Estado nazi durante la Segunda Guerra Mundial la hicieron parecer incluso ridícula, por todo lo que tenía de contrario a esa matanza metódica e industrial de seres humanos a cuenta de su condición étnica. No obstante sigue revelando mucha información pese a su obsolescencia, tanto su origen semántico como geográfico, de ese fascinante “acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”, como dijo Churchill, que es Rusia.

El elemento judío y el elemento violento son inevitables a la hora de acercarse al imperio ruso y de entender algo de la convulsión que lo agitó entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. Ambos elementos son consustanciales a la desintegración del zarismo y a la forja del Estado soviético; ambos se entrelazan dramáticamente explicando muchas de las personalidades literarias y políticas fundamentales en estos dos procesos históricos consecutivos, también en la percepción de lo ruso y de lo soviético fuera de las fronteras del imperio, en la influencia de fenómenos como la emigración procedente de sus territorios en naciones luego aliadas y enemigas como los Estados Unidos o Francia. Lionel Trilling, crítico literario estadounidense, escribió en el prólogo de la edición española de los cuentos del (judío) escritor Isaak Babel “Caballería roja” a cargo de Barral Editores (1970) que “con respecto a la violencia y la brutalidad, el lector occidental difícilmente puede tener, a no ser que se empeñe en adquirirla, una idea adecuada del lugar que ocupa en la vida de la Europa oriental. Tal y como nos han enseñado, la tendencia hacia la violencia es propia del género humano. En. ciertos grupos humanos esta tendencia es más libremente tolerada que en otros. Los americanos son conscientes y están avergonzados de la realidad o de la potencialidad de la violencia en su cultura, pero la violencia norteamericana no es nada comparada con la de la Europa oriental; las gentes para quienes los empalamientos colectivos y el látigo forman parte del recuerdo del ejercicio de la autoridad sobre ellas, tienen su peculiar modo de expresar su rabia. En comparación con lo que se puede conseguir con la navaja, o la pica construida en casa, o la bota, no cabe duda de que el revólver es un instrumento de delicada diversión y tierna piedad…”

“El elemento judío y el elemento violento son inevitables a la hora de acercarse al imperio ruso y de entender algo de la convulsión que lo agitó entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. Ambos elementos son consustanciales a la desintegración del zarismo y a la forja del Estado soviético”

Lo judío y lo violento están íntimamente relacionados porque a menudo la autoridad ejercía una brutalidad, física o administrativa, sobre la población judía de sus vastos territorios; una brutalidad sancionada por el zar y reproducida por mímesis en todas las capas de la sociedad rusa, en diferentes grados. En el mejor de los casos el judío era tratado con un desdén proverbial. La autocracia (y esto no cambió con el totalitarismo soviético, al contrario) procuró desarrollar un Estado-nación étnicamente ruso, que se correspondía grosso modo con las fronteras históricas del principado de Moscovia y con sus habitantes nativos, los llamados gran-rusos. Lo ruso dominaba los resortes de una administración imperial que gobernaba un territorio multiétnico, con las tensiones implícitas que cabe imaginarse.

En 1917 el Partido Bolchevique destruyó la precaria “república parlamentaria” (por llamar de alguna manera a aquel gobierno fallido articulado en torno a la Duma de Petrogrado que compartía el poder fatalmente con su Soviet) que sucedió a la abdicación de Nicolás II. Había muchos judíos entre sus cuadros de mando. En realidad toda la intelligentsia rusa que llevaba décadas conspirando para derruir los cimientos de la autocracia estaba plagada de judíos, en un porcentaje asombroso comparado con la proporción de habitantes judíos sobre el total del imperio de los Romanov. Uno de los temas nucleares de la propaganda antibolchevique dentro y sobre todo fuera de Rusia fue a partir de entonces el antisemitismo: la identificación entre marxista, bolchevique y judío cuajó con enorme éxito entre los segmentos de población europea que veía con pavor lo que estaba sucediendo en Rusia. En realidad había más judíos entre los mencheviques, e incluso formaban un partido propio (el Bund) dentro de la gran matriz del movimiento revolucionario ruso marxista, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, de la cual como se sabe los bolcheviques constituyeron su más exitosa escisión (los mayoritarios, que acabaron deglutiendo a todas las demás escisiones). Una de las razones del exagerado número de judíos en la constelación de agitadores, intelectuales y terroristas que promovieron la revolución y llevaron a cabo el golpe de octubre era la ya comentada marginación sistemática de los judíos en los territorios administrados en nombre del zar. El ejemplo paradigmático es ese tercer astro del firmamento bolchevique, Trotski, nacido Liev Davídovich Bronstein. Sin embargo, el mismo Júpiter del Olimpo comunista, Lenin, tenía sangre judía: un bisabuelo por parte de madre, Moshko Blank, era “un comerciante judío de vinos y licores” de Starokonstantinov, en los confines de la Rusia europea, “una población pequeña” donde “la mayoría de sus habitantes eran judíos”.

“Toda la intelligentsia rusa que llevaba décadas conspirando para derruir los cimientos de la autocracia estaba plagada de judíos, en un porcentaje asombroso comparado con la proporción de habitantes judíos sobre el total del imperio de los Romanov”

Lo cuenta Robert Service en su excelente biografía de Lenin. El bisabuelo materno de Lenin se convirtió luego al cristianismo aunque cabe dudar de su profesión de fe ortodoxa a la luz de lo que escribe el historiador británico, puesto que así “eliminaba obstáculos en el camino del ascenso social y económico”. Había pocos judíos, relativamente, en Rusia hasta el último tercio del siglo XVIII cuando Polonia es descuartizada por los tres ogros de la Europa oriental, Rusia, Austria y Prusia. La incorporación de Polonia implicó, dice Service, “que los zares adquirieron un gran número de súbditos judíos”, sobre los cuales cayó de inmediato la prohibición de desplazarse fuera de la Rusia occidental y de acceder al codiciado estamento aristocrático. No es despreciable esto: en Rusia significaba encontrar cerrada la puerta del inmenso aparato burocrático, auténtico Leviatán administrativo sobre el que se hacía efectiva la autoridad emanada de San Petersburgo y que empleaba a cientos de miles de individuos en todo el territorio. Por tanto, el fenotipo del judío “revolucionario” ruso manifestaba incluso rasgos de antisemitismo, como reacción generacional de adaptación a un entorno en extremo hostil; en todo caso mostraba un desapego evidente de sus raíces étnicas y religiosas, rechazo, hacía profesión de ateísmo e irreligiosidad y procuraba ocultar su rastro genealógico en forma parecida a la del bisabuelo del fundador del Estado soviético, con rasgos de verdadera apostasía: aun después de la destrucción del Estado zarista, pervivió en muchos herederos de la raza hebraica la convicción de que les iría mucho mejor renunciando a la fe de sus ancestros, circunstancia que se fundía con el ateísmo militante de los bolcheviques y en general de los propulsores del cambio político en Rusia.

El mismo Service, en su igualmente interesante y bien documentada biografía de Trotski, señala que éste, “aunque no reniega abiertamente de sus orígenes judíos, procuró que escasearan las referencias a este hecho”. Una de las razones es también la convicción entre los apóstoles del bolchevismo de que el nuevo hombre socialista debía diluir todos los elementos “heredados” de su identidad personal para definirse sólo, precisamente, por el socialismo. Por su “heredabilidad” y autoafirmación comunitaria, lo hebreo precisaba de ser soslayado con vehemencia en la creación del homo sovieticus. Y es que Trotski era genuinamente judío, hijo de padre y madre judíos y criado en la Nueva Rusia, una provincia del sur de Ucrania tomada por Catalina la Grande a los turcos y parcialmente despoblada por el magnetismo que ejercía la joya comercial del Mar Negro, Odesa. “Los sucesivos emperadores”, escribe Robert Service, “temían que los judíos contaminaran el corazón de Rusia con su religión, su sagacidad en los negocios y su habilidad en la educación. Los rusos vertebraban demográfica y espiritualmente el imperio y sus sensibilidades debían tenerse en cuenta. Pero los judíos tenían que vivir en algún sitio si no se iba a deportarlos, y el gobierno nunca soñó con la posibilidad de expulsarlos, como se había hecho en España en 1492. Los mismos judíos deseaban quedarse, el éxodo masivo a Estados Unidos no empezó hasta finales del siglo XIX y el movimiento sionista para una patria judía en Palestina todavía tenía que iniciarse”. Se creó por tanto la Zona de Asentamiento, una faja de territorio que atravesaba verticalmente el imperio desde el Báltico hasta Crimea y que en la práctica iba a funcionar como un gueto gigantesco del que sólo podía escapar el judío rico, al que sí se le permitía asentarse en las capitales.

Aunque la mayor parte de la población judía del imperio ruso permaneció en la mitad norte de esa ancha faja llamada Zona de Asentamiento (entre Polonia y Ucrania, en la costa báltica, en regiones mestizas como Galitzia), la familia de Trotski respondió al llamado de Alejandro I y marchó a colonizar la Nueva Rusia. Los judíos del imperio ruso vivían en aldeas y villorrios propios y separados de las aldeas y comunas que habitaban los mujiks. No obstante la distancia entre estos núcleos de población era relativa en las desperdigadas comunidades campesinas de la rusia rural. En todo caso judíos y mujiks, y los campesinos polacos y los ucranianos de toda la Rusia occidental, compartían unas condiciones de vida parecidas, de pobreza y miseria. Los judíos “conservaban las costumbres de sus antepasados: se mantenían las tradiciones de la caridad, el apoyo mutuo y la escolarización. Estudiaban la Torá y sus niños adquirían un nivel de alfabetización y de conocimientos muy superior al de los polacos, rusos y ucranianos, pues desde tiempos inmemoriales incluso los judíos más pobres ahorraban para que sus retoños pudieran estudiar los libros sagrados. Se observaban las normas kosher en la alimentación y el calendario religioso tradicional. Se reverenciaba a rabinos y solistas del coro y se apreciaba la erudición”. Es decir, se cultivaba la diferencia, una diferencia, que como señala Richard Pipes en su obra canónica “La revolución rusa” estaba relacionada con la percepción de “extranjero” que seguía teniendo el judío para el campesino ruso merced al vínculo religioso que unía a las masas de población ortodoxa con la fe nacional del imperio. “La Iglesia ortodoxa -entre las diversas instituciones al servicio de la monarquía rusa- era la que disfrutaba de mayor apoyo popular; representaba el principal vínculo cultural con los ochenta millones de de gran-rusos, ucranianos y bielorrusos que profesaban la fe. Es indiscutible que las masas de la población ortodoxa observaban fielmente los rituales de su iglesia. La Rusia anterior a la revolución estaba visual y auditivamente llena de símbolos religiosos: iglesias, monasterios, iconos y procesiones religiosas, el sonido de la música litúrgica y el tañido de las campanas. A ojos tanto de las autoridades como de la población ortodoxa, un polaco o un judío, por muy asimilados que estuvieran y muy patriotas que fueran, seguían siendo foráneos”.

“Los judíos del imperio ruso vivían en aldeas y villorrios propios y separados de las aldeas y comunas que habitaban los mujiks. No obstante la distancia entre estos núcleos de población era relativa en las desperdigadas comunidades campesinas de la rusia rural”

Esto es sustancial porque es el mujik quien tradicionalmente se descargaba como un trueno (grom) sobre el judío en los célebres pogromos. Estas agitaciones sanguinarias sacudieron el imperio ruso a lo largo del siglo XIX y estaban vinculadas, en su fermento y en su virulencia, tanto con el antisemitismo oficial de la Iglesia ortodoxa como con la concepción patriarcal del poder del mujik. Escribe Pipes: “En tiempos de agitación interna, la Iglesia cumplía su papel en apoyo del orden público por medio de sermones y publicaciones. Presentaba al zar como el vicario de Dios y condenaba como un pecado los actos de desobediencia. En relación con ello, la Iglesia ortodoxa recurría a menudo al antisemitismo. Era la más antisemita de las iglesias cristianas y había desempeñado un importante papel en la exclusión de los judíos de Rusia con anterioridad a las particiones de Polonia en el siglo XVIII y, con posterioridad, en su confinamiento en las provincias de lo que había sido ese país. El clero culpaba a los judíos de la crucifixión de Jesús y, aunque no aprobaba los pogromos, tampoco los condenaba”. Esto es importante porque la erupción volcánica contra la población judía solía suceder tras una fase previa de instigación pública por parte de popes, archimandritas, ermitaños y todo tipo de personalidades religiosas que pululaban constantemente por las comunidades rurales; el trueno sanguinario era permitido por la autoridad civil, que miraba hacia otro lado hasta que las cosas se desbordaban y tras el estallido, todo volvía lentamente a su cauce: los pogromos se producían en momentos de volia desbocada, eran, por utilizar otro término ruso, bunts iracundos de una turba exaltada.

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