A Izzy Stradlin no le fue demasiado bien con Angela Nicoletti. El binomio estrella del rock y actriz, fuera de los guiones de seriales adolescentes, tiene todas las de perder. Lo dejaron, claro. Posible y probablemente con estupefacientes manchando la tapicería del sofá y con alguna pieza de porcelana sobrevolando la salita de estar en trayectoria suicida. Esto me lo invento para darle más chicha a la historia. Prerrogativas de escribiente.

No obstante y sin embargo, como no hay mal que por bien no venga -ni bien que su mal no tenga-, Izzy se quedó sin novia, sí. Pero compuesto. Tan bien compuesto como You could be mine, el tema que sucedió a la ruptura y que terminó no sólo siendo el segundo sencillo más vendido de los Guns n’Roses, sino dándole brío roquero a Terminator II. Cierto es que, cuando Izzy se lio a dibujar fusas y semifusas a cholón, no estaba pensando precisamente en ambientar las hazañas del T-800 y sus gafas de asiduo a la ruta del bacalao. Pero a James Cameron, director de la cinta, se le antojó incluirla en la banda sonora. Algo parecido a cuando se le antojó ser el primer humano en alcanzar en solitario la zona más profunda del Océano Pacífico. Siempre se sale con la suya, Jaimito. Entre los hollywoodólares de Cameron y las artes sugestivas de Schwarzenegger, que invitó a los GN’R a su casa para negociar, el grito a las relaciones imposibles de Izzy -“…Cause you could be mine, but you’re way out of line…”- terminó siendo el tema principal de un blockbuster. Cosa que no le vino nada mal a la banda como promoción, por cierto.

“A Izzy Stradlin no le fue demasiado bien con Angela Nicoletti. El binomio estrella del rock y actriz, fuera de los guiones de seriales adolescentes, tiene todas las de perder”

¿Cómo se sentiría Izzy? ¿Compensarían unos cuantos retratos de Benjamin Franklin en papel moneda el desconcierto de ver un grito tan profundo y personal siendo violado por un androide con la voz del robot Emilio? ¿Se creería expropiado de su propiedad intelecto-sentimental?

El artista, el creador, deja de ser propietario único de su obra en cuanto la hace pública. Es, o así lo veo, un acto de inmensa generosidad. Generosidad indemnizada con royalties, derechos, o como queramos llamarlo. Pero sólo el que crea conoce el sentimiento de despojo y el humor afligido que se le queda cuando su polluelo literario, pictórico, musical… echa a volar.

Los seres humanos -y las seras humanas, que no se me enfade nadie- asimilamos la idea de propiedad desde el momento mismo en que nacemos en el seno de una familia. Nuestra familia. Desde el momento mismo en que nos agarramos al pecho materno. El de nuestra madre. Después vienen los sonajeros, las cunas, los peluches. Todos de tu uso y disfrute. Más tarde, los tira y afloja con los hermanos en el reparto de los Action-Man para luchar. El “¡es mío!” que te vale una reprimenda de tu padre, el “compartir es vivir” que te enseña la seño Teresa el primer día de cole después de Navidad, cuando cada niño lleva un regalo de los Reyes Magos para jugar con los compañeros. Aunque, en realidad, casi siempre es para fardar.

“Los seres humanos -y las seras humanas, que no se me enfade nadie- asimilamos la idea de propiedad desde el momento mismo en que nacemos en el seno de una familia. Nuestra familia. Desde el momento mismo en que nos agarramos al pecho materno. El de nuestra madre.”

Es el concepto de ‘lo mío’, lo que me pertenece, que puedo o no compartirlo con otros, pero que es de mi tenencia en tanto en cuanto desarrollo hacia ello unos lazos de uso y de utilidad, de “provecho, conveniencia, interés o fruto” -bendita RAE- sobre los que tengo potestad y prioridad. Aun con esas, pudiendo definir la idea de propiedad en tan pocas palabras, las variantes de su ejercicio han generado, y seguirán generando, corrientes ideológicas, teorías económicas y episodios históricos que bien valdrían siete artículos. Del ejercicio de la propiedad -y su violación- han emanado sucesos de la Historia sin los cuales puede que entrar al British Museum no le llevase a uno demasiados minutos de cola y un incipiente dolor de riñones.

Las apropiaciones indebidas del patrimonio artístico de los territorios, por ejemplo, han estado ahí desde que el mundo es mundo. Véase el saqueo de las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia española. 999 obras. Entre ellas, cuadros de Murillo y Zurbarán y piezas de orfebrería como el Retablo Mayor en plata de la Catedral de Valencia. Nada, baratijas.

O los mármoles de Elgin, así denominados por la ‘hazaña’ de Lord Thomas Bruce, VII Conde de Elgin y embajador de Gran Bretaña en el Imperio Otomano, a quien en 1801 no se le ocurrió pasatiempo mejor que hacerse con las placas de mármol que decoraban el Partenón de Atenas, aprovechando la débil situación de Grecia tras la guerra con los otomanos. Toda crisis es una oportunidad, ¿verdad, Thomas? Aquellos demasiados minutos de cola y el incipiente dolor de riñones del que hablábamos antes permitirán a los visitantes del British Museum admirar tan aparatoso expolio.

“Las apropiaciones indebidas del patrimonio artístico de los territorios, por ejemplo, han estado ahí desde que el mundo es mundo.”

A veces, la necesidad y el deterioro justifican el traspaso. O lo hacen justificable para las conciencias de antiguos y nuevos dueños. Es el caso, por ejemplo, del patio renacentista del castillo de Vélez Blanco, en Almería. Vélez Blanco dependía de don Pedro Fajardo, I Marqués de los Vélez. Si algún murciano está leyendo esto -además de resoplar y sudar la gota gorda, cosas que todo murciano hace de junio a septiembre-, le sonará el nombre del marquesado, por pertenecer a la Casa de Fajardo, uno de los linajes nobiliarios más eminentes del Reino de Murcia durante más de 350 años. Al bueno de Pedro, que obtuvo el marquesado por gracia de Juana la Loca -pobre mujer, toda la eternidad cargando con el mismo mote-, se le antojó construir un castillo, como a James Cameron se le antojó bajar a las profundidades. De 1506 a 1515 se alargó el levantamiento, entre cuyos muros no podía faltar un patio de mármol. Fue un grupo de escultores y artesanos itinerantes venidos de Italia los que, con cerca de 2000 piezas de mármol blanco de Macael y a golpe de cincel, crearon arcos, galerías, ventanas, capiteles, y marcos que conformaron lo que hoy es considerado una de las joyas del Renacimiento español. Joya del Renacimiento español que cualquiera que tenga a bien visitar puede hacerlo en Vélez Blanco. Uy, no. Perdón. En el MET de Nueva York. El Nuevo Mundo siempre ha sido muy atractivo para lo provinciano. Ahí está el cocinero José Andrés, natural de Mieres -Asturias-. O Sarita Montiel, de Campo de Criptana, donde los “treinta o cuarenta” molinos del Quijote. O el mismísimo Walt Disney, emblema del éxito empresarial americano, y del cual se dice que nació en Mojácar, Almería. El patio que nos ocupa no iba a ser menos, y ahí ha terminado, en las dependencias del Metropolitan Museum of Art, muy lejos de su Mediterráneo natal.

Los viajantes que se encuentren en territorio almeriense y deseen recorrer el magnífico -por espléndido- patio del castillo de Vélez Blanco, se encontrarán con un también magnífico -por grande, sólo por grande-… hueco. Todo porque parece ser que a principios del siglo XX aún no se estilaba eso de transformar edificios antiguos en gastro-mercados con food-trucks, showrooms y after-works.  Mucha Edad Contemporánea, pero qué poco modernos que eran… Así que, en 1904, el Marqués de Medinasidonia, Pedro Álvarez de Toledo, se encontró con que era propietario de un castillo abandonado y ruinoso. Le puso fácil solución, empezando por el patio, el cual pasó a manos del anticuario francés J.Goldberg por 80 000 pesetas de . Como hubo pasta gansa de por medio, y lo de la protección del patrimonio nacional por aquel entonces sonaba a chino, ¿se salva de ser calificado de expolio? Piedra a piedra fue transportado a lomos de burros hasta el puerto de Cartagena, destino Nueva York. Cartagena, puerto de salida de lo más ilustre y granado de España, desde Alfonso XIII hasta unos cuantos bloques de mármol.

“En 1904, el marqués de Medinasidonia, Pedro Álvarez de Toledo, se encontró con que era propietario de un castillo abandonado y ruinoso. Le puso fácil solución, empezando por el patio, el cual pasó a manos del anticuario francés J.Goldberg por 80 000 pesetas de ná.”

Y por allí andaba en 1913 -por Nueva York, no por Cartagena- el banquero y multimillonario George Blumenthal, que buscaba algo sencillito con lo que vestir la zona central de su mansión en Park Avenue. “¡Pa’ la saca!”, dijo, como quiera que se diga en inglés. George, que no se podía estar quieto, pasó de ser presidente del Hospital Monte Sinaí a también presidente del MET, institución a la que legó el patio que nos ha ocupado los últimos párrafos. Y he ahí cómo, en 1941, un patio renacentista del siglo XVI construido en un pueblo almeriense pasó a manos de uno de los museos más reconocidos de Estados Unidos.

Así de flexible es la propiedad. Tanto como se quiera ofrecer -o aceptar- por ella.

Y aquí y ahora, tecleando bajo la rejilla de un aire acondicionado que me hace toser, pero también me hace feliz, me da por pensar que, aun sin patios renacentistas, mármoles exiliados o vitrinas de museo, también se puede sentir uno expropiado en otros terrenos. O expoliado, por no haber indemnización alguna que consuele el despojo.

A mí me expoliaron aquellos veranos sin conexión 3G, sin móvil siquiera. Veranos, aquellos, de perritos con tortilla francesa y kétchup, preparados específicamente para aguantar los dos pases del cine.

Veranos en los que había que recogerse pronto de la pradera, porque esa noche echaban el Grand Prix. Y todos a ver vaquillas mareadas, dando vueltas como locas, sin preguntarnos, ni saber lo que era, el maltrato animal. Sin considerar que esa vaquilla, además, era hembra, prueba fehaciente por tanto del reinado del hetero-patriarcado y la misoginia hacia la fauna ibérica.

Veranos en los que leías lo que se te pasara por delante. Empezabas con Los cuentos de Canterbury de Chaucer, seguías con El perfume de Süskind, terminabas con un Manolito Gafotas requeteleído y, de bonus track, hojeabas un manual de vela de los años 80 con las esquinas de las tapas desgastadas y un sinfín de términos náuticos que seguramente no seguirán vigentes y se habrán esfumado, como el Tang de lima-limón.

Veranos de parchís, dominó, juego de la oca y Trivial Pursuit. De horas muertas y aburrimiento. ¡Y qué sano es aburrirse!

“Veranos en los que leías lo que se te pasara por delante. Empezabas con Los cuentos de Canterbury de Chaucer, seguías con El perfume de Süskind, terminabas con un Manolito Gafotas requeteleído y, de bonus track, hojeabas un manual de vela de los años 80…”

En plena ola de calor, mirando playas instagrameadas, me pregunto: ¿Dónde quedó todo aquello? ¿Estará expuesto en algún museo de las infancias vencidas? ¿Admirarán los visitantes los patios desmantelados de mis castillos de arena? ¿Vivirán allí las redes de los cangrejos que nunca logré atrapar?

Todo eso, que era mío, ya no está. De nuevo, así de flexible es la propiedad. Y es ese carácter maleable y transitorio lo que la hace, a su vez, excitante. Porque, quizás, lo que le dé excitación al poseer es saber que te pueden arrebatar lo poseído.

Ninguno nos salvamos del expolio. Después de todo, la muerte es el expolio más cruel. Y de eso, señoras y señores… de eso, sólo se salva Elvis.

 

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