En la postura de ‘El puente de madera’ del Kamasutra se muestra al hombre formando una figura de puente –como no podía ser de otra forma- y tensionando todos los músculos que en ese momento actúen como contención de la bóveda que dibuja su espalda. Todo el peso recae sobre las suelas de los pies y las palmas de las manos, responsables últimos los cuatro de que lo que allí se ha venido a hacer, en efecto, se haga. Sobre él, la mujer, sentada con delicadeza para no partir en dos al objeto de su excitación y dejar entonces a manos y pies sin peso que soportar y huérfanos de misión.

Una postura que, así vista, no parece fruto del apresuramiento animal que caracteriza a este tipo de situaciones. Una postura, por el contrario, más propia de la imaginación desbordante –y cabrona- del coreógrafo jefe del Cirque du Soleil –lo pongo en francés porque cuadra mejor con la temática en cuestión-, en un día de esos en que los profesores, por lo que sea, están de malas y deciden joder a los alumnos –‘joder’ la escojo por la misma razón por la que he elegido antes el francés-.

Que imagínense ustedes que le entrase a uno de los dos, en pleno ardor de la batalla, un borborigmo repentino. El buen acabar de la empresa depende de una coordinación y geometría tal, que el mínimo relieve imprevisto causado por un gas interno podría tener efectos devastadores. Una posición, por consiguiente, digna de alabanza.

Es que el tema de las posiciones no es en absoluto baladí. Es que lo que uno es, y las esporas que va soltando por el camino, son fruto de la posición que adopte en cada momento. Del papel que juegue. Todo va de posturas.

La posición que tomas en tu núcleo familiar, por ejemplo. Esto lo entenderán mejor los lectores que se hayan visto abocados a lidiar con más de un hermano durante los años infantiles y adolescentes. Cada uno de los hermanos tenemos nuestra posición en el equipo. Está el que lo sabe todo y no permite que le rechisten. Luego el que no tiene nada en común con el resto y solo ve mediocridad a su alrededor. Siempre pensará que fue adoptado. Están el mimado y el independiente, el mandón y el mandado, el simpático y el saborío, el listo y el tonto. Sí, sí. Los padres dirán misa, pero siempre hay un listo y un tonto.

O la posición del narrador en una obra literaria. ¿Primera persona? ¿Tercera persona? ¿Objetivo? ¿Omnisciente sabelotodo a lo Anna Karenina? No solo la obra en sí, sino la percepción que el lector tiene del autor, dependen muy mucho de esto.

Todo en la vida es vender tu posición. Hacerla atractiva. Para convencer al otro. Para soliviantarlo. Desde el primer amor hasta el último. Desde pedir un cigarro a un desconocido hasta conseguir que la azafata de Ryanair te deje pasar una maleta con más michelines que el primo Aquilino, ese del pueblo que engulle bocadillos de panceta. Si no sabes venderte, si tus dotes de comercial son equiparables a las de funambulista, estás abocado a la hediondez de la mediocridad. Porque la mediocridad huele mal, sí. Huele a dejadez y huele a cerrado y huele a herida con gangrena y a jornadas enteras sin mudar la piel en la que se ha convertido tu chándal.

«Si no sabes venderte, si tus dotes de comercial son equiparables a las de funambulista, estás abocado a la hediondez de la mediocridad»

Pero es que ahora ha llegado el acabose. El desdoblamiento existencial que trajo consigo la Red –el ‘yo’ material frente al ‘yo’ digital- también incumbe a los posicionamientos, claro. Las redes sociales son la versión 3.0 y deshumanizada del ágora griega. O compartes tu opinión, o te expones, o no existes. Tienes que ocupar una posición en la controversia. Si no, allá te las avengas. Es casi una imposición social. ‘Posición’, ‘imposición’. Curioso, ¿verdad?

Últimamente oigo hablar en contextos y plazas dispares de lo bien posicionado que está Fulanito, del posicionamiento que busca Menganito, de que la posición de la sobrina del panadero, que es blogger, está más allá de la 2746384ª página de Google, y un sinfín de relatos de gente que cierra el ojo por las noches ansiando posicionarse en una posición que le asegure un buen posicionamiento. Y chapeau, de verdad. Al fin y al cabo es un camino -y muy trabajoso- para un fin: el que te conozca más y más gente. Un fin igual de respetable que dejar de fumar el 1 de enero. Pero, oiga, que si no se tiene ese fin, pues tampoco pasa nada. Que si uno no está bien posicionado, o no está posicionado en absoluto y, además, tampoco quiere estarlo, no es porque padezca idiocia. Que a lo mejor prefiere que su talento se quede en la punta de su boli Bic y en la versión mañanera de ‘I will always love you’ bajo la ducha.

Recuerdo ahora el ‘Efecto Collins’ -esto me lo enseñó mi hermano, el culto-, que se refiere al probado bajón de audiencia que sufren las cadenas al programar música en prime time. Por lo visto, la primera vez que se identificó fue con una actuación de Phil Collins. Qué lastimica. A mí la canción de ‘Tarzán’ me parece un temazo.

«Las redes sociales son la versión 3.0 y deshumanizada del ágora griega. O compartes tu opinión, o te expones, o no existes»

Pues algo así como el ‘Efecto Collins’ es lo que sufre mi capacidad de atención cuando oye el palabro ‘posicionamiento’ saliendo atropellado de la glotis del que lo escupe, abriendo con un golpe seco los portones labiales y saltando al aire de cabeza, como esos chinos de Humor amarillo que se empotraban contra tablones de madera, esperando que se rompieran y les dejaran seguir la partida. Así suena ‘posicionamiento’, forzada y presionada por el furor de la audiencia, pisando y corriendo con todo el boato que es capaz de reunir, pero terminando casi siempre en fiasco.

Así que una de dos, o me entra el ataque de risa -solo reprimible mediante la proyección en la retina de la escena en la que Buzz Lightyear descubre que es un juguete-, o me abandono al ‘Efecto Collins’ y cambio de canal. Me evado. Se me pone la mirada turulata y me concentro en esos puntitos negros que aparecen cuando te levantas muy rápido de la cama o abres demasiado los ojos al brillo ofensivo de una playa de Levante. Y asiento. Asiento mucho. Asiento como si con la barbilla estuviese matando gusanos en una máquina de recreativos. Si me piden que replique, hablo con circunloquios y los cerros de Úbeda se me quedan cerca. De repente, el frío que hace en primavera es digno de todo mi interés.

No me preguntes. No tengo followers. Los likes son los mismos de siempre. Mi credibilidad no va más allá de recomendaciones de series a los amigos contados que se fían de mi criterio. Comparto creaciones y le doy al botón de ‘publicar’ como cuando me tiraba a la piscina de pequeña, con los ojos cerrados y tapándome la nariz, porque no me gusta soltar a las fieras algo fruto de la dedicación y las horas de insomnio. El posicionamiento me inquieta.

Llego a casa y solo puedo pensar en posiciones. “Tienes que posicionarte, joder. ¿O es que no quieres ser nadie nunca?”. Que puede que en la vida real desayune pan chicloso y repita calcetines de un día para otro, pero eso el usuario digital no lo sabe, y se va a tragar enterita la mandanga de mi posicionamiento.

«Que puede que en la vida real desayune pan chicloso y repita calcetines de un día para otro, pero eso el usuario digital no lo sabe, y se va a tragar enterita la mandanga de mi posicionamiento»

Entonces se me viene a la mente ‘El puente de madera’. Y el ‘Efecto Collins’. Y el marketing digital. Y me imagino a Phil, con su barba cana y su cara de buena gente, pies y manos apoyados sustentando su espalda abovedada, lanzándose a los retos del Kamasutra y subiendo una foto a Instagram con el hashtag #MakeImpossiblePossible, o #TheSkyIsTheLimit.

Y me sonrío. Y pienso que la presión del éxito está reservada para unos pocos. Y que las redes sociales son muy cansinas. Y que, oye, ‘El misionero’, para un desahogo, tampoco está tan mal, ¿no?

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