Hay profesiones que para ser reales sus protagonistas tienen que tener un lado maldito. “Si quieres ser un mito, tienes que desfasar, vivir al límite”. Ya sea en drogas o en sexo, poetas por su esperada sensibilidad o raperos por la contracultura y esas cosas. Y, por supuesto, los deportistas. Gente que alcanza la fama joven, ganando dinero a espuertas, y si nos fijamos en el cliché, sin ningún tipo de preparación. Chavales que al salir de una favela brasileña, o de una vivienda protegida de Oakland, se encuentran fuera de su mundo, mientras los espectadores que alimentan el mito (y su cuenta corriente) los idolatran pero siempre esperando verles caer y fracasar. “Mira, con todo lo que Dios les ha dado de talento, como han desperdiciado su vida. A mi jamás me hubiera pasado eso.” Y dentro de esa categoría están sin duda, los boxeadores. Mucho dinero a repartir, coto histórico de la mafia y una dureza proverbial. Y probablemente el deporte más artístico que existe, en su concepto más cinematográfico. Sudor, linimento, sangre. Y películas en blanco y negro.

Pedro Fernández Castillejos tocó el cielo un 19 de Abril de 1975 en Barcelona. Ese día, Perico, Campeón del Mundo,  defendió por primea vez su cetro contra el brasileño Joao Henrique. “Fue mi mejor combate. Mi rival era un estilista extraordinario, un atleta fenomenal”. Ese día no sólo retuvo la corona de campeón, sino que se ganó el respeto de “la cátedra”, al pasar de ser considerado un pegador a un púgil académico; La Casera se convirtió en Möet & Chandon. Era la España de los 70´s, Nadal no había nacido, y que un español ganara, en incluso participara, en Formula 1, era un sueño imposible. Era el deporte de Mariano Haro, enjuto o del hispano francés Luis Ocaña. La España dura, reseca, trabajadora y sudorosa.

1972; El madrileño Campo del Gas es el centro del boxeo español, el Sacta Sactorum del deporte de las 12 cuerdas. Un desconocido de 19 años, con solo tres combates, vence a Miguel Molleda a los puntos, causando una magnifica impresión. Ese chico, desgarbado y pegador, era un zaragozano llamado Pedro Fernández. Sería conocido como Perico Fernández. Las hemerotecas recogen que su primer combate lo disputo a los 19 años en La Coruña, en 1972, pero el peleó desde su nacimiento. Y es que los mitos, para ser de verdad, tienen que nacer mitos. Y morir así. Perico se crió en el antiguo hospicio escolar de Pignatelli. Infancia dura, castigada, incluso violenta. (“Me pegaban unas palizas de muerte”). Siempre comentaba que años más tarde se cruzó con uno de los responsables de las golpizas y le daban ganas de “irme a por él y mostrarle en lo que me había convertido”; Nunca pudo olvidar la inyección que le pusieron un día para tranquilizarlo: «Me cogieron entre diez, me desnudaron y me pincharon tan fuerte que aún tengo marcado el pinchazo. Me tiré un día entero durmiendo», recordaba en una de sus últimas entrevistas poco antes de su fallecimiento. Puro Hollywood, auténtica película de Clint Eastwood, pero sin la mágia y el halo estético de los perdedores del celuloide. Y que más cinematográfico que le entrara el boxeo en vena al ver pelear por televisión al maravilloso Cassius Clay.

“Todo fue bien hasta que un día me peleé en el hospicio y el director, Borrero se llamaba, me echó. Sin preguntar qué había pasado, quién tenía razón. Total, que me vi en la calle. ¿Dónde voy yo sin padre ni madre? me preguntaba angustiado. La solución estuvo en el gimnasio de Martín Miranda, en Torrero”

Dos años más tarde se proclamaría campeón de Europa con apenas 19 años al imponerse por KO a Tony Ortiz. Pocos meses después pelearía por el Campeonato del Mundo, en Roma, ante el japonés ‘Lion’ Furuyama al que vencería a los puntos, en una pelea en la que según comentan los expertos jamás debieron los jueces dar triunfador al español, y es que incluso las circunstancias precombate fueron muy extrañas, con la previa retirada del vigente campeón en ese momento, el italiano Bruno Arcari. Siempre se comentó que la mafia estuvo detrás de ese campeonato, cosa que los japoneses ya sospecharon semanas antes del combate. “Es como si nos obligaran a lucir un smoking con alpargatas de esparto”, tituló una de las crónicas del combate tras la extraña decisión de los jueces. Pero el caso es que en poco más de un año, un muchacho huérfano de Zaragoza, había pasado casi del amateurismo a ser campeón del Mundo. Pese a las sospechas, España se rindió ante el campeón aragonés. Pero como dijo un periodista americano, lo malo de alcanzar la cima es que a partir de ese momento solo puedes empeorar; y realmente es lo que le paso al boxeador aragonés. Tras perder el título con Muangsurin en Bangkok, su carrera comienza una cuesta abajo, que le llevar a retirarse con más pena que gloria en 1987, cuando era poco más que una anécdota en el panorama del deporte español…

Perico tenía un extraño encanto. Era tartamudo, pero realmente ingenioso, con esa chispa que tanto juego da a los entrevistadores, y que les permite reírse tanto con el entrevistado como del entrevistado. Fue una atracción en los programas de televisión y radio, donde se mostraba “su lado más humano”, en la mejor tradición de la caridad española.

Gran aficionado a la pintura, fue considerado como un pintor más que interesante según algunos críticos, con una profunda sensibilidad. Llegó a protagonizar una exposición en Maspalomas, donde cuentan que el periodista José María García, le compró gran parte de su obra sin que el expugil lo supiera, en agradecimiento por haber forzado la entrada del polémico periodista en un combate pese a no estar acreditado.

Perico Jiménez celebra su victoria ante Alfonso Redondo. ©Manuel H. De León

Y si Cassius Clay tuvo su foto mítica en la revista Sports Illustrated cuando el púgil americano observa como su rival Sonny Liston es incapaz de levantarse, Perico Fernández, a otro nivel, también tuvo si instantánea inolvidable, cuando el diario As publica una foto de Perico saltando alborozado ante un inerte Alfonso Redondo en una pelea de 1983 ya en el ocaso de su carrera. Con su proverbial inocencia Perico siempre reconoció que ese salto tenía truco, que él nunca habría podido alcanzar esa altura de no ser porque “el suelo estaba muy mullido, parecía una cama elástica. Fíjense que casi me levanto por encima de la primera cuerda.” Confesión que también podría reflejar lo que fue su vida.

Boxeador de la vieja escuela, fue engañado y se dejó engañar, teniendo 5 hijos de cuatro mujeres diferentes (a los tres varones les llamo Pedro). Arruinado, y abandonado por su pareja, en el 2011 se hace pública su situación. “Me he gastado todas las perras, que también las he ganado. Que me quiten lo bailao», «He tenido problemas, sobre todo con las mujeres. Con casi todas… que te voy a decir», lugares comunes del taller de los juguetes rotos. Se organiza un homenaje para recaudar fondos, lo que le permite acceder a una vivienda social, a la vez que su salud empeora a marchas forzadas.

Perico fue campeón del mundo. Pero fue más que eso. Fue un mito que en una España sucia, sedienta y sin confianza en sí misma. No solo fue el primer español en retener un título mundial, sino una especie de protagonista en el cambio generacional. Y es que nos vistió de smoking con alpargatas de esparto.

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