“El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: desea las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que conservan la vida, es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias, y está hostilmente predispuesto contra las verdades que puedan tener efectos perjudiciales y destructivos.” Friedrich Nietzsche

El año 2017 nos dejó muy buenos títulos en lo referente a cine español. Muchas películas, de diferentes estilos, han permanecido en las salas con un éxito no esperado a priori. Es el caso de Perfectos desconocidos, de Álex de la Iglesia, que, siendo el segundo film dirigido este año por el ya altamente reconocido director bilbaíno, ha tenido una recepción por parte de la crítica y del público totalmente inesperada. En marzo, Álex de la Iglesia estrenó El bar, un trabajo tétrico, grotesco y perturbador, que sigue la línea estilística predominante en el realizador. Meses después, en diciembre, estrenó Perfectos desconocidos, marcando así un ritmo de producción que recuerda al del Woody Allen de finales de los años ochenta.

La película es una comedia que tiene como tema central la influencia de las nuevas tecnologías en la sociedad actual. Supone una excepción dentro del cine del director porque apuesta por el género de la comedia, cosa que aborda de forma tangencial en todas sus películas, exceptuando 800 balas, película en la que homenajea al Spaghetti western y en la que sí se encuentran momentos plenamente humorísticos, y es un remake de una película italiana homónima, Perfetti sconosciuti, de Paolo Genovese; cosa que de la Iglesia no había hecho nunca. Hasta su último filme, todas las películas han sido el resultado de un trabajo de guion conjunto, hecho con Jorge Guerricaechevarría, mano derecha del director, o el resultado de un guion que había escrito él solo, como en el caso de Balada triste de trompeta. Esta nueva aventura ha resultado satisfactoria tanto para el director como para el público y para el cine de comedia en general, pues, de entre todas las cintas destacables de este año, hay al menos tres que son comedias. Sobresalen también La llamada, de Javier Ambrossi y Javier Calvo, o Fe de etarras, de Borja Cobeaga. Perfectos desconocidos se concibe como una de las comedias más importantes de este año, gracias, también, a su excelente reparto compuesto por la experimentada pareja formada por Belén Rueda y Eduard Fernández, pasando por la de Juana Acosta y el espléndido Ernesto Alterio, hasta llegar a la pareja principiante compuesta por Dafne Fernández y Eduardo Noriega y al solitario Pepón Nieto. En la película se percibe un ambiente inseguro y a la vez humorístico que convence tanto a la crítica como al público.

Conviene mencionar, además, que aunque la película sea un remake, el director ha sabido mantener perfectamente el estilo tétrico y tenebroso característico de su quehacer cinematográfico. Esta es una de las muchas diferencias que la película tiene con respecto a la cinta de Paolo Genovese. El tema de la falta de privacidad provocada por las redes sociales es el núcleo en ambos trabajos, pero el guion, los actores y el humor mostrado durante el metraje difieren bastante. También hay una gran diferencia en cuanto al desenlace de las dos historias, que se verá, brevemente, después.

Hay, sin embargo, dos elementos que son similares en ambos trabajos: la concepción pesimista del amor y de las relaciones humanas y el carácter surrealista de la historia. El primer elemento va unido a la especie de crítica que de la Iglesia hace de las nuevas tecnologías y de las redes sociales. La publicidad que se ha hecho del film gira en torno al pensamiento generalizado y, por otra parte, comercialmente exitoso de que las nuevas tecnologías nos tienen atrapados de algún modo. En este sentido, cabe mencionar que los engaños y mentiras que se descubren en el film, mediante los teléfonos móviles de los protagonistas, son previos a la era digital y, por tanto, lo que se requiere no es una educación respecto al uso de la tecnología −cosa que no se propone en ninguno de los dos filmes− sino una educación respecto a las relaciones sentimentales y humanas, que son el problema profundo del relato. Es decir, las redes sociales y la era de la información no son más que un medio contingente para representar un fin mayor y universal, por mucho que venda y que guste su rechazo. Así, en la película, durante la cena, las relaciones humanas se vuelven tensas y molestas, pudiéndose gritar, dependiendo del personaje al que se atienda, la polémica e irresponsable frase de Sartre de que “el infierno son los otros”, anunciada en la obra de teatro A puerta cerrada. Lo importante aquí es que “el infierno” no se encuentra en los móviles situados encima de la mesa, sino que ya viene de casa. La cena no es sino una pequeña muestra de lo corrompidas que están las parejas realmente; sobre todo dos de ellas. Entonces, el problema central de la historia se encuentra en que no hay lugar para una buena relación sentimental entre dos personas, sino que, más bien, las relaciones amorosas monógamas conllevan problemas, traiciones y mentiras. El problema que exponen Paolo Genovese y Álex de la Iglesia es, por tanto, tecnológico en la superficie, pero esencialmente sentimental. Si se comprendiera y se respetara la privacidad de la otra persona, de “el otro”, los móviles y las redes sociales no supondrían ningún tipo de problema.

Esta pequeña reflexión conduce al segundo elemento común en ambos filmes: el surrealismo que otorga el eclipse en la historia. La cena tiene lugar durante un eclipse lunar que afectará psicológicamente a los protagonistas. A medida que este avanza, van a pareciendo verdades ocultas de la vida en pareja. Poco a poco, lo que empezó como un juego y una broma entre amigos se transforma en algo problemático y perturbador que comienza a ser molesto. Es como si el eclipse llevara consigo las verdades más duras de la vida sentimental de los protagonistas. Los finales de sendas películas son diferentes: la de Genovese da un toque surrealista a la historia, quedando la cena y las verdades descubiertas por los personajes como hechos y situaciones efímeras que, al igual que el eclipse, han pasado, ya no están. La de Álex de la Iglesia opta más por la confusión entre sueño y realidad, con un desenlace diferente, pero otorgando las mismas connotaciones al fenómeno natural.

El eclipse se concibe como el revelador de la triste realidad en la que viven las parejas. El resto del tiempo es una mentira, una farsa que envuelve la cotidianidad de sus vidas. Por eso, el verdadero eclipse de la película no es el que sucede mientras los protagonistas cenan, sino la realidad engañosa y eclipsada de la que vienen y a la que vuelven tras su reencuentro.

Una de las moralejas de la película podría ser la de que los individuos en pareja necesitan mantener el respeto por la privacidad; sin embargo, otra de las lecturas que se sacan es que las relaciones en particular y los seres humanos en general necesitan de la mentira para vivir; prefieren una vida falsa y feliz a una vida auténtica y triste. Si la reflexión acerca del problema tecnológico y sentimental conducía a la famosa frase de Sartre “El infierno son los otros”, este segundo pensamiento lleva a la concepción de la mentira como elemento indispensable para el desarrollo y la supervivencia de las relaciones humanas; conduce, en definitiva, a la frase citada al principio del texto, en la que Nietzsche explica la hostilidad con la que las personas pueden llegar a recibir una “verdad destructiva”.

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