Siempre he tenido una relación ambivalente con el miedo. El miedo me recuerda que soy humana, vulnerable. Me asienta los pies en la tierra y me avisa de que todo puede cambiar en un instante, que nada es inmutable. Sé que el miedo alerta mis sentidos y me protege. En ocasiones, me paraliza y hace sufrir. Sin embargo, es capaz también de generar reacciones intensas y excitantes, semejantes a las del placer y el deseo. Así que, hoy, he decidido disfrutar de esa extraña y paradójica sensación que produce el miedo. Me voy a sentar en el sofá, voy a apagar la luz y a cubrirme con una manta. Ya estoy en penumbra, preparada para sumergirme en una sinfonía de horror. ¿Me acompañas?

Te advierto, he optado por una joya de terror clásico. El miedo alcanza las más altas cotas de sofisticación y elaboración intelectual a través de la literatura o el cine. Nadie como los artistas para captar la esencia del miedo universal, atemporal y, al mismo tiempo, interpretar la singularidad del miedo en cada época y lugar. Os confieso mi fascinación por el siglo XIX. Tengo debilidad por sus criaturas sobrenaturales que forman parte de nuestro imaginario colectivo. Me he compadecido del Frankenstein de Mary Shelley, hijo de una noche de tormenta. He temblado al escuchar el maullido de ultratumba de un gato gracias a Poe. Pero, sobre todo, he cerrado las ventanas lentamente en las noches de verano al intuir la mirada de deseo del vampiro de Bram Stoker. La misma fascinación que, seguro, sintieron el director de cine Friedrich W. Murnau y el arquitecto y escenógrafo Albin Grau al crear a Nosferatu en 1922. Sin embargo, parece que todo pudo empezar unos años antes, durante la Gran Guerra, en las lejanas trincheras de Serbia. Allí se encontraba el joven Grau. Lo puedo imaginar junto a sus compañeros, sumidos en el hastío y la desesperación. Un hombre se acerca a ellos, tiene aspecto de campesino. Comienza a relatarles una historia espeluznante. Grau nunca olvidaría las sensaciones que experimentó esa noche, cuando el desconocido les sorprendió con una terrible revelación. Su padre fue un muerto viviente que murió sin confesión. Lo vio revolverse y desintegrarse en la tumba, al clavarle, él mismo, una estaca en el corazón.

Como no podía ser de otra manera, Murnau y Grau, atraídos por el ocultismo, volvieron los ojos hacia el Drácula de Stoker, el paradigma del mundo vampírico. Quizá la precariedad económica de la posguerra les impulsó a esquivar el pago de los derechos de autor por su recreación cinematográfica. Rodaron la película introduciendo sutiles cambios en la trama y en los nombres de los personajes que, no obstante, no evitaron la demanda por parte de la viuda del escritor. Como consecuencia, se destruyeron todas las copias existentes en Alemania. A pesar de ello, la suerte quiso que se pudieran recuperar algunas de las cintas distribuidas por EE. UU. y otros países de Europa.

Nosferatu, una sinfonía del horror es mucho más que una película de miedo. Podía haber optado por cualquier otra más sangrienta, más terrorífica. Pero hoy quiero deleitarme con la ingenuidad de sus artesanales fotogramas tintados: amarillo, azul y rosa. Emocionarme con el dramatismo único de sus luces y sombras, con la música inquietante de Hans Erdmann, con lo sutil frente a lo explícito. Dejarme envolver por la magia de su atmósfera, por su pátina de nostalgia. Captar el rico registro de sentimientos a través del aspaviento y el gesto maquillado, en donde la palabra queda relegada ante la fuerza de la mirada. Deseo disfrutar del sabor olvidado de otro tiempo. Una época no tan lejana que es, en sí misma, la personificación del miedo.

Nosferatu trasciende su propio argumento. Va más allá de una historia de amor y vampiros. La inspiración en el Drácula de Stoker queda relegada a mera anécdota al comprender que la película de Murnau es hija de su tiempo; una época en la que la creatividad del expresionismo alemán se enfrentó indomable al desastre y la desolación. Fue la respuesta intelectual airada que utilizó lo subjetivo, lo grotesco, lo desorbitado y lo siniestro. Una corriente artística que se nutrió de los grandes y eternos temas: la angustia, el miedo, lo apocalíptico, la desesperanza. Todos y cada uno de los elementos que encierra y sintetiza la historia del conde Orlok. Nosferatu habla del mal en su sentido más profundo y del mal que se cierne sobre una época en su sentido más particular. Orlok/Nosferatu (Nosphoros o portador de enfermedad) aterroriza por su semejanza a una rata portadora de la peste, de dolor y de muerte. Es un ser repulsivo, despiadado, destructivo. Y, junto al conde Orlok, encontramos otros personajes inolvidables: Hutter, el joven agente inmobiliario, ingenuo y despreocupado, que viaja hasta Transilvania para vender a un enigmático conde una casa situada frente a la suya propia. En esas lejanas tierras experimentará el auténtico terror durante su estancia en el castillo. Pero ese horror no será comparable a la angustia que sentirá por el destino infausto de su esposa cuando se instale el siniestro vecino. Hutter es la expresión de todos aquellos que viven en la falsa inocencia, que cierran los ojos al horror circundante y se enfrentan a él demasiado tarde. Knock, su jefe, avaro, desaprensivo y vil, capaz de vender su alma por razones puramente crematísticas.  La delicada Ellen, la esposa, cuya pureza de corazón reconocemos en uno de los primeros fotogramas. Una escena inolvidable en la que, al recibir un ramo de flores, le dice a su marido: «¿Por qué las has matado? ¡Pobres flores!». Ellen supone la máxima expresión del amor como redentor, del sacrifico propio como medio de salvación.

El mal frente al bien, esa ancestral lucha de fuerzas en permanente tensión. El mal que acecha por doquier, inesperado, incomprensible, inmisericorde. «El miedo se esconde en todos los rincones de la ciudad» y avanza inexorable en una desoladora procesión de ataúdes. Nosferatu es la metáfora de una época abocada nuevamente al abismo. Genera horror porque supone la posibilidad cercana y real del mal que llega al clímax al convertirse en sigilosa sombra que arrebata con sus garras un corazón puro.

En estos tiempos de incertidumbre, locura y perplejidad, me aferro a la escena final en la que la pureza de sentimientos vence, como la inexorable luz del sol, a la más abyecta de las maldades. Porque sí, las sombras acechan de nuevo.

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Mar Aísa Poderoso
He nacido en Zaragoza y vivo en Logroño. Adoro las dos ciudades porque son acogedoras y generosas como sus gentes. Soy Licenciada en Filosofía y Letras en la especialidad de Historia Moderna y Contemporánea. Ejerzo de profesora de Geografía e Historia y Filosofía. No concibo mi vida sin mis alumnos. Apasionada del cine, de la literatura y de los viajes. Escribo desde que era niña, seguramente, porque la lectura me ha hecho muy feliz. A finales de 2018 publiqué “Dostoievski en la hierba”, mi primera novela. Sigo adelante.

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