“Nijinsky nos descubrió que en el aire hay columpios secretos y escaleras que llevan a a alegría”. Ernesto Sábato

Primeros años del Siglo XX; Europa bullía y se regodeaba en su suerte. La modernidad era imparable, se había popularizado la electricidad y avances técnicos como la fotografía, el cine o el automóvil contribuían a cambiar el modo de entender la vida, y por supuesto también la producción del arte. Y como capital y ombligo de Europa, París. La mejor Paris, una ciudad alegre, creativa, pagada de sí misma, mitad circo mitad museo pero siempre epicentro de la creación artística. Picasso imaginaba el cubismo con sus Señoritas de Avignon, Kandinsky rompía con el arte figurativo y Brancusi reinventaba la escultura. Todo era posible, todo era admitido. Y en esa maravillosa fiesta desembarcó el empresario Sergei Diaghilev con sus exóticos Ballets Rusos, que incluían un elenco de los mejores bailarines de Rusia. La llegada de la compañía de Diaghilev revolucionará la forma de entender la danza con increíbles espectáculos que aunaban a los mayores talentos de la moda, la música y la pintura, con coreografías que rezumaban creatividad y unos bailarines de un virtuosismo deslumbrante. Era otro mundo, un torrente creativo, un redescubrimiento del ballet, lo nunca visto. Ahí estaba la delicada y etérea Ana Paulova, cuya forma de bailar había superado las tradicionales trabas formales del ballet que exigían bailarinas de físicos poderosos y musculados. Y junto a ella un joven bailarín nacido en Ucrania de origen polaco, del que todo el mundo hablaba maravillas, llamado Vátslav Fomich Nizhinski, que más tarde sería conocido mundialmente como Vaslav Nijinsky.

Nijinsky siempre fue supo que iba a ser una estrella, en el sentido obsceno y deslumbrante de la palabra. Sorprendió y maravilló a público y crítica cuando protagoniza “El Dios Azul” o “Dafnis y Cloe”, y su “pas de deux” había causado furor en los mejores teatros de Europa. Pero esos éxitos simplemente eran el preludio de su genialidad. Porque Nijinsky no quería ser solo un gran bailarín, el mejor bailarín, sino que quería ir más allá, amaba el ballet en toda su extensión. Con el apoyo de Diáguilev, su amante, Nijinsky comenzó a trabajar como coreógrafo, y así el 17 de Mayo de 1912  salió al escenario del Theatre du Châtelet de Paris para bailar una pieza llamada “L’après-midi d’un faune” (“La Siesta del Fauno”) que el mismo había coreografiado.

“Nijinsky ha interpretado groseramente la palabra satisfacer”, declararía Debussy, pese a ser el autor de la música de “La Siesta del Fauno”.

“Nijinski es un genio, “La Siesta de un Fauno” es arte, y quien no esté de acuerdo es un retrógrado” escribirá Rodin en un diario francés, dedicándole a Nijinsky una de sus creaciones escultóricas.

Y es que su vanguardista coreografía dividió la opinión de los críticos y provocó enconadas discusiones. Nijinsky quiso representar el aspecto de un bajorrelieve griego en donde las bailarinas debían desplazarse con el pie al suelo, posando primero el talón y terminando el movimiento en los dedos (en total oposición a las reglas clásicas del ballet), con unos pocos bailarines  que debían ubicar el cuerpo de frente al público, la cabeza  y los miembros de perfil y los brazos mantenidos en posiciones angulares diversas. Nijinsky quiso recalcar la animalidad del fauno, a la que contribuyó también el traje pintado por Baskin, y la sexualidad de la ninfa, que quería que apareciera como una mujer real y no un espíritu. Aunque introdujo novedosos movimientos donde la cabeza estaba mirando de lado con el cuerpo de frente, la verdadera innovación fue el hecho de romper la regla de que los hombros siempre debían estar sobre las caderas. Esta hecho, así como el hecho de bailar con piernas paralelas (y no con las rodillas hacia fuera) y sin zapatillas, se pueden considerar uno de los cimientos de la danza contemporánea. La expresividad y armonía de su baile así como el dramatismo de la interpretación deslumbraron. Curiosamente una de las cosas por las que Nijinsky era célebre es por sus portentosos saltos, y a pesar de ello (o quizás precisamente por ell), en su coreografía del fauno sólo efectuaba un salto. Pero con todo ello, faltaba la traca final de la provocación, que sería la masturbación figurada que Nijinsky llevaba a cabo con un pañuelo de las ninfas. Todas las representaciones de la obra tuvieron lleno absoluto y objetivamente se podría decir que la interpretación del genial bailarín ucraniano fue sin duda espectacular. Había nacido la danza moderna. Pero Nijinsky quería más.

Primavera de 1913, Diaghilev anuncia a bombo y platillo el estreno de una pieza compuesta por Igor Stravinski con escenografía y vestuario de Nicholas Roerich, y coreografiada nuevamente por Vaslav Nijinsky. La expectación es máxima y en los círculos artísticos de Paris no se hablaba de otra cosa. Y es que este estreno era largamente esperado. “Vi en mi imaginación un rito pagano solemne: los ancianos sabios, sentados en un círculo, observando a una muchacha que baila hasta morir. La están sacrificando para propiciar al dios de la primavera.” explicaría años más tarde el bailarín y coreógrafo ucraniano. Diaghilev se enamoró inmediatamente de la partitura que le había ofrecido Igor Stravinsky, llamada “Le Sacre de Printemps” (“La consagración de la primavera”), una pieza totalmente revolucionaria incluso para los estándares rupturistas del compositor y Diaghilev era consciente de que esa pieza iba a producir un impacto enorme. Deseaba que el ballet fuera tan apremiante y rompedora como la música, de manera que encargó a Nijinsky que hiciera la coreografía, buscando una vuelta de tuerca a la ruptura que el ucraniano había provocado con su exitosa Siesta del Fauno. Al empresario le encantaba provocar en sus espectáculos, y en sus manos tenía un tesoro en forma de partitura. Tanto el empresario como Nijinsky se obsesionaron de una manera enfermiza con la obra; querían que fuera algo inolvidable, el principio del todo. La compañía llamaba a los ensayos de la Consagración “las terribles clases de aritmética”, porque, debido a la total ausencia de melodía en la música, los bailarines tenían que sincronizar sus movimientos contando las barras. Y es que los ensayos presentaban grandes dificultades ya que no solamente tenían que entablar relación con música de una complejidad sin precedentes, sino que con frecuencia tenían que bailar independientemente de esa música. Stravinsky trabajó en estrecha colaboración con Nijinsky porque estaba especialmente preocupado acerca de la relación de la danza con la música. El compositor tenía en mente imágenes específicas y las anotó en las instrucciones para Nijinsky en la partitura. Y tras la monstruosa cifra de 120 ensayos por fin la obra, tan largamente esperada, iba a ver la luz.

El Téâtre du Champs Elysées de París se presenta abarrotado ese 29 de Mayo para asistir al estreno de “La Consagración de la Primavera” que con el subtítulo, “Imágenes de la Rusia pagana en dos partes” iba a describir el episodio del rapto y sacrificio de una doncella que debía bailar hasta morir para que los dioses permitieran el demorado estallido de la primavera. Al comienzo de la actuación un silencio sepulcral invade el patio de butacas. Pero poco a poco a poco el público comienza a sentirse desconcertado. Primero murmullos, que van subiendo de volumen. Los primeros silbidos, que se acompañan por risas y maldiciones. Pero por otro lado, hay quienes perciben que se trataba de algo nuevo y valioso, y responden con insultos a los insultos, comenzando a volar sombreros y bolsas con comida. Nijinsky, tras las bambalinas, seguía dando instrucciones a los bailarines para que no se desorienten en medio del desbarajuste mientras la orquesta intenta seguir como puede la partitura. El prestigioso músico Camille Saint-Saëns abandona el teatro indignado. Romola Pulsky (que más tarde se casaría con Nijinsky) declaró “Una dama elegantemente vestida que estaba en un palco sobre la orquesta se puso de pie y le dio una bofetada a un joven que estaba chiflando en el palco de al lado. El acompañante de la dama se puso de pie y se intercambiaron sus tarjetas como preludio de un duelo.” Jean Cocteau observó a la anciana condesa de Pourtalés ponerse de pie y gritar, “¡Esta es la primera vez en sesenta años que alguien se ha atrevido a tomarme el pelo!”

¿Pero por qué ese escándalo? Para empezar la partitura de Stravinsky contenía muchas características novedosas para la época, con experimentos en la tonalidad, métrica y ritmo que en ese momento no fue comprendida. Para muchos autores influidos por los cánones románticos y neoclásicos,  era una sucesión estruendosa e incomprensible de sonidos y ruidos. Y es que esta pieza puede considerarse como una obra inicial de la música clásica del siglo XX. A partir de ella este estilo rupturista dominará todo el panorama musical europeo en todas sus dimensiones, tanto en la melodía, como en la forma y el timbre. Pero con eso y con todo, lo más probable es que la desaprobación se dirigió más que a la partitura de Stravinsky a la inconexa y excéntrica coreografía de Nijinsky que para muchos estudiosos fue un bailarín inmenso pero un coreógrafo más que discutible.

Curiosamente si bien el estreno se puede considerarse un absoluto fracaso, esta obra fue recibida con calma e incluso entusiasmo en las dos funciones restantes que se dieron en París y en las siete funciones que se hicieron en Londres. Tras esa breve gira londinense la obra no fue representada de nuevo hasta la década de los 20, cuando se presentó una versión con coreografía de Léonide Massine, que reemplazó la original de Nijinsky (cuya coreografía no se volvió a representar hasta casi 70 años más tarde). La percepción sobre la pieza fue cambiando con los años, llegándose a ser introducida por Walt Disney en el film “Fantasía” en 1940, y siendo en la actualidad una de las piezas más representadas de la historia musical del Siglo XX.

Poco después del estreno de la Consagración, durante una gira por Sudamérica Nijinsky (hasta ese momento amante y protegido de Diaghilev), pidió inesperadamente matrimonio en Buenos Aires a Romola de Pulszky, una joven aristócrata húngara. Al enterarse Diaghilev, que se había quedado en Europa, montó en cólera y despidió de mala manera a Nijinsky. Al poco tiempo el bailarín manifestaría los primeros síntomas de esquizofrenia, viviendo desde entonces y hasta su muerte en 1950 internado en hospitales psiquiátricos donde oscilaba entre la pasividad más absoluta y una violencia incontrolable. Solo bailó una única vez más cuando sorpresivamente ofreció un “solo” en un hotel suizo en 1919, que ha pasado la historia como uno de los episodios más recordados y míticos de la historia moderna del ballet.

Dicen que el genial bailarín ucraniano nunca se llegó a recuperar del fracaso en el estreno de la “Consagración de la Primavera”; así cuando 50 años más tarde del estreno se devolvió a Stravinsky la partitura manuscrita de la Consagración, este escribió en la última página: “Ojalá quien quiera que escuche esta música jamás experimente la burla a que fue sometida y de la cual fui testigo en el Théátre des Champs Elysées, en París, primavera de 1913.” Y es que hubo un antes y un después de ese 29 de mayo de 1913 para la historia del ballet.

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