Escribe excesivamente bien para ser tan joven. No tiene ningún libro publicado, que yo sepa, pero existe su literatura en plataformas digitales, aunque reconozco que posiblemente haya editado en papel y yo todavía no tenga la textura o ese olor amarillo y robledal que sale de aquel bambú chino de la suerte que no era otra cosa que una planta de casa fuerte y atractiva muy fácil de cuidar y admirar.

Nadia del Pozo hace muchos años que es escritora y muchas más cosas. ¿Cómo escribe Nadia? Yo diría que desde una cierta melancolía acogida a un profundo pensamiento que la dirigen hacia un lugar donde ha estado mucho, pero debido a la perfectibilidad con que maneja el lenguaje, la sintaxis, la gramática, en definitiva, debido a su conocimiento absoluto del español, sus prosas y poemas adquieren el valor de la verdad, la filosofía y la armadura poética que le nace de una gran cultura y de una estética que yo no sabría si emparentarla con ciertas vanguardias o simplemente emparentarla con ella, pues, al fin y al cabo, el estilo, siempre el estilo personal -como me enseñó mi maestro Umbral- es la más grande entrada a este cine que es ya la literatura. Sólo consiguiendo escribir bien se puede dar por hecho que la literatura es cuando, como el desayuno de una hoja de brasil, se vuelve grande, querida, amada, veraniega.

Nadia del Pozo escribe como el verano, con luz y paisajes de colores, pero también con un incendio interior que es llama que no se apaga a no ser que los imbéciles de turno -digamos que la élite occidental- le pongan el muro de Donald Trump encima. Este fuego fatuo de Nadia erradica toda visibilidad de un mundo que, aun siendo aparente, se coloca entre la ordalía de la nostalgia, de la ternura o de la sublimación.

“Nadia del Pozo escribe como el verano, con luz y paisajes de colores, pero también con un incendio interior que es llama que no se apaga a no ser que los imbéciles de turno -digamos que la élite occidental- le pongan el muro de Donald Trump encima.”

Nadia del Pozo es el último descubrimiento -junto a otros que por hoy me callo- en estos últimos y largos años que he hecho en estos olores de clarinete que es la literatura, pues he leído cosas tan dispares y con tantas dobleces, argamasas lingüísticas, cohetes que no van a ninguna parte, que de repente encontrarme con una escritura que perpetúa, gracias a su seguridad, a su contención del idioma, a su lirismo desbordante, toda una proclamación que nos dice que estamos asistiendo ante una escritora que podrá, si así ella lo quisiera, -cosa que si lee esto le recomiendo- superar a estos zorrillos que escriben a base de metilendioximetanfetamina logrando con ello una mierda lisérgica que comparten con sus amiguetes. Me estoy refiriendo a estas vacas sagradas que han hecho de la poesía y de la literatura en general un nuevo marxismo-leninismo cruel, despótico, siberiano y gremial -asesinos de palomas lorquianas anidando en la amenaza de un Stalin hispano paranoico con bigote pintado a lápiz a lo Groucho Marx-, cuyo afán megalómano sigue contribuyendo a la corrupción ya investigada y real de los grandes premios literarios de un país que algunos ilusos -pido perdón- siguen llamando España. Todos sabemos quiénes son, por lo que creo que no hace falta que dé aquí la larga lista de los que escriben como un falangismo de Serrano Suñer con trajes de la División Azul que, como fanáticos de un único estilo y generación literaria -la que continúa luchando en Leningrado- incluso se han atrevido, por puros machos que son la mayoría, a alistar, en su defensa de la patria lírica al son de un cara al sol con la camisa nueva, a 146 mujeres de la Sección Femenina dentro del siempre misógino y gimnástico Cuerpo de Damas Auxiliares de Sanidad Militar. Hay una poeta de esta secta que lleva por nombre Mercedes Milá Nolla, aficionadilla al porno de los fríos gulags. Busquen ustedes, si así lo desean, su biografismo.

Nadia construye viajes, elabora intimidades, reflexiona sobre el mundo, el tiempo, el amor, la cultura, saca mucho nombre propio, ciudades, autores, gentes, paisajes y escudriña todo lo que hay de veraniego en la literatura. Su literatura es un pararrayos que indica la lluvia que nos sigue cayendo encima durante estas guerras cuya excusa es la rápida curación de las cirrosis de hígado. Cuando alguna vez sigo leyendo sus pergaminos cibernéticos -los cuales huelen a un mundo que es bello y noble y sagrado y blanco- no puedo más que continuar persistiendo en la idea que me hace reflexionar sobre lo que en verdad es auténtico y pletórico de una original salud. Pero la salud de la nueva creatividad española  sigue siendo en este país de poetas borrachos de Loewe, de escritoras casadas con los que dirigen el Instituto Cervantes -este enigma es fácil de hallar en la RED- un moñigo que nunca suele salir del ano que poetizó el cacogaláctico Quevedo, sino del wáter de El Corte Inglés, de lo que, en vez de belleza y feliz amor arrancado de la pureza más allá de los milenios, es dolarizado márketing, servicios de espionaje que hacen uso del veneno o de la hoja de la guillotina para olvidar lo que ni siquiera se atreven -yo creo que por miedo- a conocer. Todo esto -que es tan real como el Museo del Louvre- a mí me hace pensar que siempre seguirán reuniéndose en estas mansiones que sólo son casas de citas con neones y gotas de cocaína en los ojos -como hacía el médico de Hitler- las mismas amistades peligrosas de siempre que hacen de su peligro algo que sólo fabula lo mesiánico, la religiosidad extasiada y vulgar sin darse cuenta que los que escriben como Nadie del Pozo hace tiempo que leyeron el ensayo de Shelley En defensa del ateísmo.

“Nadia construye viajes, elabora intimidades, reflexiona sobre el mundo, el tiempo, el amor, la cultura, saca mucho nombre propio, ciudades, autores, gentes, paisajes y escudriña todo lo que hay de veraniego en la literatura”

Nadia mira con los ojos de un romanticismo que vuelve a escribirse en el agua, como el epitafio de John Keats: “Aquí yace uno cuyo nombre se escribió en el agua”. Nadia sabe que el melancólico Keats se despidió a los 25 años dejándonos este graffiti eterno y ya ampliamente internacionalizado: “Belleza es verdad, y verdad es belleza: tan sólo sabéis eso en la tierra, sin necesitar más”. En la escritura de Nadia del Pozo hay luz, decisión, construcción de viajes mexicanos, herraduras de alturas y obsesión. La obsesión del que escribe sabiendo lo difícil que está el mercado, donde en vez de urnas griegas se venden esos poemillas que publica un señorito algo feíllo físico e intelectualmente que un día -hace demasiados años- decidió ser el comandante en jefe de la Schutztaffel -SS- de la editorial Visor, por ejemplo. ¿Alguien sabe cuál es su nombre? Pido disculpas por no poder citar a todo este estalinismo cultural de la España profunda porque no hay trigo para tanto pan.

Nadia del Pozo es una Elisa vida mía garcilasiana que nació en Palma de Mallorca, se licenció en Periodismo y Humanidades y sacó un máster en Guión de cine. En el suma y sigue, aparte de su escritura que algunos hemos hallado en los valles de las tribus de los indios Tarahumaras, ha trabajado en productoras y en televisiones diversas. Nadia es la multiculturalidad hecha mujer y espasmo, combativa, segura de sí misma, por lo que es exigente en todo lo que hace desde su visión siempre en defensa del oprimido, de este silencio del mundo al que la Estatua de la Libertad nos obliga. También ha colaborado con textos y fotografías en publicaciones sobre arte en ABC o Telecápita, más muchas más contraculturas y otros submarinismos humanos a la busca de las profundidades de la creatividad. Nos dice en un texto que lleva por título Oaxaca: “Me había lanzado a la calle García Vigil en mitad de la tormenta tras varias horas de espera, un agua de pepino, dos clamatos con vodka y media docena de viajes al aseo para retocarme el carmín. Y debía de estar atravesando Tinoco y Palacios, entre riadas de escarabajos panza arriba, cuando el terremoto del Istmo se apresuraba hacia la ciudad…” El buen lector creo que podrá intuir que esa Ciudad es la metáfora de todo un humanismo escondido al que continúan día a día arrancándole la lengua para que calle.

Somos conscientes, pues, de la inmensa belleza interior de Nadia. Nadia escribe, fotografía, diseña vídeos que sólo pueden entenderse desde un destino incierto, se construye a sí misma a partir de la observación en stop de todo lo que le rodea, le duele, le alegra, le taladra, le hace sentir el color del humo de la tagarnina, en definitiva, a partir de un personal feminismo cada vez más completo en defensa de este hermafroditismo que es la Aldea Global.

Lanzo aquí un SOS para que el editorialismo hispano -o, mejor, el francés o el macedonio o el que posee sus despachos en esta ciudad que yo amo quizá menos que ella que es México D. F.- se ponga en busca y captura de una mujer que no es mujer sino el tálamo de una niña que nace cada día, en verano, en el Jardín de Sócrates donde nunca nieva o, más allá de todo, en las colinas de Oaxaca: “Cargados con los sacos rodeamos aquella gigantesca maraña, esquivando a las familias de la sierra y la Tlacolula que montan sus puestos ambulantes en torno a aquel organismo indomable, cuyo rugir dejamos atrás como quien intuye el abismo”. Queda claro, no sé si el lector si acaso esto leyere ya se ha dado cuenta, que Nadia del Pozo es la Calle de la Independencia.

Y es que Nadia sabe muy bien – a veces lo he intuido en ella- que para escribir o crear el mundo desde su propia generación del nuevo Arte antes hay que vivir mucho, hallar en la vida más vida de lo que la vida te ofrece de manera a veces invisible cuando estamos seguros que toda vida nunca acaba. Es en los viajes -ah, los viajes de un romanticismo lakista, Coleridge o Wordsworth- donde un hombre o una mujer se educan sin darse cuenta hasta licenciarse en los corazones y en el Huipil que va vistiendo humildemente la más bella humanidad. Nadia viste con túnica sin mangas de algodón o prendas de saco para que nos demos cuenta de una vez por todas que la historia de cualquier folklore no es historia, sino la senda ya pintada por Frida Kahlo hacia la ultramodernidad.

Nadia del Pozo usa la poesía para su narratividad, que es donde creo yo que reside la literatura más profunda, más elegíaca, más amante y más diurna. Su prosa -una fotografía puede ser una novela y eso Nadia lo sabe también- la aborda cuando se da cuenta que de la ternura siempre sale a la luz un hijo, quizá todos los hijos.  Desde México u otros fayrland su cabello largo se esparce entre los libros que le quedan por escribir. Creo saber que su largo cabello se mueve y la rodea hasta hacer de su esteticismo una extraña imaginación que es bruja, lámpara y la esbeltez de Ariadna. También -nunca lo he visto pero a veces lo sueño- le queda mucho tiempo por delante para redescubrir el cine de la imagen o la imagen del cine, porque de ese modo toda pantalla se reencarna en poema, como sucedió, por ejemplo, con Metrópolis de Fritz Lang. Nadia filma su nueva metrópolis, pero en colores para que nuevamente su verdad, como tantas verdades jóvenes que viajan, ascienden, tronan, taconean, asumen la necesaria diferencia de la más sublime vivacidad, vuelvan a considerarse, en esta nueva Metrópolis que es la Naturaleza desconocida, una Memoria del Mundo. No es necesario que salga del edificio de la Unesco. Nadia es una unesco sola y atrevida que sigue creyendo que el albatros que salió de Charles Baudelaire es el único mito universal que ya es la estatua en movimiento de un tiempo que no es tiempo, sino un fue, un es y un será. No hay en la existencia de Nadia del Pozo tiempo en pura ortodoxia, sino lo más vivo de la heterogeneidad del tiempo. He escrito este artículo escuchando el tema The Future de Leonard Cohen. Siempre lo escucho cuando empieza a anochecer.

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