Con Abraham, rige toda la Biblia, y desde ese inmenso e inagotable libro, late para siempre en nuestra civilización, pues —quién lo duda— es nuestro gran y legendario legislador; no en balde recibió el código prístino del mismísimo Dios en el monte Sinaí. Y ante tan apabullante figura, los arqueólogos se han afanado, desde sus primeras excavaciones en el Medio Oriente, por encontrar rastros indudables de su existencia o, a falta de ellos, por recurrir a fenómenos constatables, acaecidos en aquella época remota, con los que dotar de verosimilitud a su peripecia. No obstante y por mucho que esas explicaciones nos hayan subyugado y todavía nos sigan subyugando, tanto cuando las encontramos en escritos de mitógrafos como en reportajes más o menos científicos de televisión, Moisés aún reside, como todos los patriarcas de Israel, en la brumosa leyenda; si hasta su nombre, del que siempre nos contaron que significaba “el salvado de las aguas”, parece que, más bien, proviene de la voz egipcia mesu (hijo de) —fíjense en este ejemplo tan conocido: Ramsés, que significa hijo de Ra; o en este otro nombre de faraón: Tutmosis (o Thutmose), hijo de Thot (el dios de la sabiduría egipcio)— y que, por tanto, Moisés —Moshé, en hebreo— tal vez sea el apócope de otro apelativo más complejo cuyo antecedente, fuera el que fuese, ya se había perdido cuando los judíos transcribieron su memoria nacional.

Y si su nombre ya nos presenta sugerentes incógnitas, qué decir cuando, tras su nacimiento, fue arrojado al Nilo por su hermana Miriam en una canastilla, calafateada con brea, para que el fluir de las aguas lo condujese hasta la hermana del faraón; un pasaje demasiado preñado de concomitancias legendarias cuanto augurales. Pues, para comenzar, Miriam se nos desvelará durante el Éxodo como una hechicera —o sacerdotisa, que tanto daba en aquella época— de los hebreos, mientras que abandonar a un recién nacido al curso de las aguas para que los dioses —en este caso el Dios único— lo retornen muchos años después con todo su esplendor y entonces sea reconocido por los suyos que lo daban por muerto —la anagnórisis helénica—, es un episodio característico de la infancia de muchos héroes. Ya mencioné un par de acontecimientos semejantes cuando les resumí la leyenda del tartésico Habis y en mi artículo anterior, cuando les expuse las andanzas del intrépido Perseo. Pero si nos remontásemos hasta Mesopotamia, lo encontraríamos casi idéntico en la leyenda del gran Sargón (aprox. 2270 a 2175 a. C.), fundador del imperio acadio, cuya madre, una sacerdotisa, según parece de Isthar, diosa ancestral del amor, lo arrojó recién nacido al Éufrates, también en un cesto calafateado, para que fuera a caer en manos del hortelano del rey de Kish. Por tanto, en Moisés, más allá de los sucesos singulares que nos vienen de inmediato a la memoria cuando lo mencionamos, descubrimos significativos elementos que lo encastan con los más poderosos y venerados héroes del Mediterráneo. Pero, al contrario de los semidioses helénicos, cuyas proezas son fruto de temerarios retos, Moisés se magnifica sobre la ascesis; esta sería su asombrosa peculiaridad.

En efecto, toda su epopeya transcurre sobre una sucesión de aleccionadoras depuraciones; la primera de ellas, cuando siendo príncipe de Egipto, fue desterrado al desierto del Sinaí, donde vivirá entre madianitas y se casará con la hija de uno de sus sacerdotes, Jetró. Allí, tras años de purgación como mero pastor, recibirá la llamada de Dios para que se circuncide; o sea, para que se integre definitivamente en su verdadera nación, pues si de algún modo ya lo estaba al desempeñar el oficio inmemorial y predilecto de los suyos desde Abel, le faltaba distinguirse con la genuina señal de la alianza entre Abraham y Yahveh. La siguiente llamada divina es la más conocida: el mandato de regreso a Egipto, pese a su entorpecedora tartamudez —paradójica tara para quien deberá de convertirse en el gran promulgador de leyes—, como el paladín que rescatará a su pueblo de la esclavitud.

Y una vez sometida la cerrazón del faraón a su propósito por medio de las Siete Plagas, aún le aguardaba el Éxodo; o sea, otra depuración, pero esta vez de todo un pueblo durante cuarenta años, antes del retorno al ansiado país que había concedido Dios a Abraham, Canaán. Aquellos duros cuarenta años de merodeo por el desierto, constituyen el periodo necesario para purgar a una generación todavía infectada por la idolatría egipcia, a la par que Moisés iba forjando a sus descendientes en la nueva ley, que le había dictado Yahveh en la cima del Sinaí, durante cuarenta días de absoluta soledad y, evidentemente, de ásperas austeridades. En fin, otra, aunque iluminadora, ascesis.

Sin embargo, Moisés no escaparía al peregrinaje depurativo de su nación, por más que hubiese sido su guía y hasta el profeta legislador de la nueva ley divina, pues como los semidioses helénicos incurriría en la hybris. Solo que si los griegos pecaban de soberbia desafiando a los dioses; Moisés simplemente dudó del apoyo divino, el mismo con el que había provocado las terribles plagas e incluso abierto el mar Rojo, y sucedió cuando debía de extraer un manantial de una roca, en Meribá. Su castigo –de sobra lo conocen— consistió en contemplar Canaán desde el monte Nebo, pero morir sin pisarlo. Por tanto, su leyenda encierra rasgos netamente heroicos, aunque bajo una constante purgativa; quizás, ahí resida su sufrida grandeza.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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